La revolución tunecina: democracia y segunda independencia

La situación local de Túnez, por debajo de los espejismos, se ajustaba plenamente a la situación general del mundo árabe descrita en el conocido informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) de 2005. Provinciana y periférica, mimada por la Unión Europea y los Estados Unidos, adulada por el Fondo Monetario Internacional (FMI), fotografiada por los turistas e ignorada por los grandes medios europeos, la nación norteafricana parecía sustraerse en la imaginación a todos los males de la región.

 

Fotografía: Laura (Ayla Escalera, ww.flickr.com).¿No era un país “moderado”? ¿No ocupaba el puesto 41 en el ranking de desarrollo humano? ¿No tenía un crecimiento del cinco por ciento anual? Españoles, italianos, franceses, ¿no invertían sin parar en el sector turístico y textil? ¿No era el país más competitivo y el más “occidental” de África? Todavía hoy, dos meses después del 14 de enero, la entrada “Túnez” de la Wikipedia afirma con desparpajo: “A Túnez le faltan los inmensos recursos naturales de los países vecinos, pero la dirección económica cuidadosa y exitosa ha traído una prosperidad razonable”. Entonces, ¿cuál ha sido la situación real que ha empujado a la población a levantarse?

En Túnez, la dirección económica “cuidadosa y exitosa” había puesto en torno al 60 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB) en manos de la familia gobernante, la de Ben Ali y su esposa, Leyla Trabelsi, en un proceso de privatización feudal-capitalista beneficioso para los grandes intereses europeos y ruinoso para las regiones más desfavorecidas del país. De pronto, tras la fuga del tirano, los gobiernos que lo apoyaban y los medios que lo ignoraban descubrieron que Túnez era un país dictatorial, corrupto y pobre.

La fractura tradicional Este/Oeste se ha agravado en las últimas décadas y, frente al modesto desarrollo de las costas orientales, el centro y suroeste se han mantenido sumergidos en un abismo humillante. Vías de tren abandonadas desde la época colonial, carreteras comidas por la arena y los arbustos, sin hospitales ni escuelas ni obras hidráulicas para la agricultura; el Estado mafioso de Ben Alí, sin embargo, no olvidaba a los parados y a los pobres, hasta los que alargaba sus tentáculos para succionarles sus últimas fuerzas y sus últimos recursos.

Una dictadura política y policial

Para entender el impulso revolucionario tunecino, y árabe en general, y la fuerza material de sus consignas (dignidad y democracia) es necesario llamar la atención sobre este proceso general, íntimo, capilar, de contaminación popular a manos de un poder que no desdeñaba ninguna fuente de riqueza. Todos los tunecinos, y muy particularmente los del interior, tuvieron que dejarse mancillar durante años, cotidiana e ininterrumpidamente, por unas instituciones con las que tenían que negociar cada minuto del día para reproducir su vida desnuda, su pura existencia biológica.

La dictadura política y policial se desprendía de este sistema de corrupción general; para robar a todos y cada uno de los tunecinos era necesario humillarlos, ofenderlos, encadenarlos, golpearlos y enfangarlos sin cesar. El grito karama (dignidad) era y es el impulso rabioso de una catarsis compartida que incluye todos los órdenes de la existencia, íntimos y colectivos; y el grito dimocratiya (democracia) demanda, más allá de las transformaciones institucionales, trabajo, escuelas, hospitales, distribución justa de los recursos del país. Esta fusión totalitaria entre dictadura, corrupción y pobreza explica por qué en Túnez, como en el resto del mundo árabe, la democratización pasa necesariamente por una ruptura institucional y una recuperación de soberanía nacional.

Naturalmente, la revolución tunecina no es una revolución socialista. Lo que sí sorprende, aquí como en Egipto, es que no ha sido tampoco, o aún menos, una revolución islamista. Los árabes necesitaban una victoria para reingresar en la historia del mundo; y todo hacía temer que, de llegar, lo hiciese a través del islamismo que las potencias occidentales habían promovido desde los años 60 para acabar con comunistas y panarabistas. No ha sido así. El partido Nahda en Túnez reconoció enseguida su nulo protagonismo en el levantamiento popular y la Hermandad Musulmana, mucho más fuerte, fue cogida a contrapié en Egipto y despidió a Mubarak negociando con él. Paro, pobreza, miseria vital, represión juvenil, frustración política… Estaban dadas todas las condiciones, en ausencia de una gran organización de izquierdas, para un formidable estallido de alienación religiosa.

Ha habido, sin embargo, una colosal explosión de pureza libertaria en la que el concepto mismo de democracia ha adquirido enseguida una indudable potencia anticolonial. Condenados por Occidente al letargo oriental o al fanatismo religioso, tunecinos y egipcios, sin ninguna tutela, han reclamado ingenuamente, seriamente, sacrificando sus vidas, esa cosa que a tantos parece vacía o engañosa: “democracia”. No han lanzado esta palabra al aire angelical de las ideologías abstractas. La han arrojado violentamente contra nosotros, se la han echado en cara a las potencias occidentales que apoyaron a los dictadores y que no han dejado de intervenir para reproducir dependencias políticas, económicas y culturales. “No queremos una democracia importada”, “no queremos lecciones de Francia”, “no a la intervención extranjera”, eran consignas repetidas una y otra vez en la doble ocupación de la Qasba de Túnez (del 21 al 28 de enero y del 20 de febrero al 4 de marzo) y que expresan claramente la dinamita anticolonial contenida en las demandas políticas de los árabes. Francia, Italia, España, EE UU no son el modelo; los países occidentales, al contrario, tienen pendiente su propia democratización.

Como señala el escritor libanés René Naba, la revolución árabe es “la primera revolución democrática del siglo XXI que se ha llevado a cabo, a diferencia de las de Europa del Este en la década de 1990, sin ayuda exterior, contra los opresores y los patrocinadores de los opresores, por articulación de la dialéctica del enemigo interior sobre el enemigo exterior”.

Revolución social, democrática y nacional

La revolución tunecina la puso en marcha un “accidente” que implicaba a todos los tunecinos, pero muy especialmente a las víctimas de las tres infamias entrelazadas (dictadura, pobreza y corrupción). Una vez desencadenada, la estrategia de las potencias excoloniales, y sobre todo de EE UU, ha sido la de convertir los levantamientos árabes en “revoluciones postmodernas” de blogueros y ciberactivistas, privilegiando ciertos sectores de clase media descontentos con las dictaduras, pero que se conforman ya con algunas transformaciones formales en el terreno político.

Si se tiene en cuenta que en las regiones del interior de Túnez, abandonadas y sin recursos, en torno al 60 por ciento de la población juvenil no tiene trabajo, podemos ya evaluar la manipulación interesada que subyace a esta versión difundida por los medios. Mohamed Bouazizi, el vendedor ambulante que se inmoló el 17 de diciembre, procedía de Sidi Bouzid, la zona más campesina del país; Qasserine, la ciudad donde más jóvenes murieron durante las revueltas, es una ciudad obrera devastada por el paro; Gafsa, otra de las ciudades más belicosas, es el centro de la cuenca minera, escenario en 2008 de una insurrección popular brutalmente reprimida que preparó, en cualquier caso, las jornadas de enero de 2011.

Al contrario de lo que tradicional, la revolución tunecina ascendió de la periferia a la capital, donde sólo en el último momento se sumaron las clases medias que hoy ya se desmarcan de ella. Como escribe el analista tunecino Fathi Chamkhi, se trata “de una revolución social, democrática y nacional”. También “inter-nacional”, en el sentido de que, mediante esta sacudida, Túnez se ha reinscrito de forma inesperada en el mundo árabe refundando a la vez, frente a la Umma o comunidad islámica, la unidad material y política de un nuevo mundo árabe insurgente.

Ya no es el panarabismo de Nasser y Bourguiba, padres de una independencia malograda y finalmente antidemocrática que ahora hay que “volver a hacer”. Pero no es un exageración considerar los levantamientos del mundo árabe como una “segunda independencia”, como un volver a empezar contra la intervención colonial y contra las dictaduras locales. Eso explica la rehabilitación de los himnos y banderas nacionales e incluso, si se me apura, la reaparición en Libia de la bandera que llaman “monárquica”, que es en realidad la bandera de la independencia (frente a la de la Yamahiriya, símbolo de la dictadura de Gadafi).

Regreso a la escena de la Historia

Desde el 14 de enero, la presión popular en Túnez ha logrado tumbar tres gobiernos, forzar la dimisión de 24 gobernadores e imponer elecciones para una Asamblea Constituyente. La ocupación dos veces de la Qasba, sede del primer ministro y del Ministerio de Finanzas, evidenció una fractura de clase que no podrá contenerse con puras medidas formales ni promesas aplazadas.

La izquierda, por su parte, está tratando de aprovechar este inesperado espacio abierto por el impulso popular para reorganizarse y, si ha sido sorprendida a contrapié, como los islamistas y la Unión Europea, cuenta con algunas pequeñas ventajas. La constitución del Frente 14 de Enero, coalición de partidos marxistas y “patrióticos” hasta ahora divididos, anticipa la esperanza fundada de una mayoría relativa en la futura Asamblea Constituyente (que se escogerá el 24 de julio). Para ello habrá que mantener esa unidad y trabajar sobre el terreno a partir de un mapa político cuarteado y poco homogéneo. Durante los años de dictadura, las fuerzas progresistas ilegales tuvieron que actuar a la sombra gigantesca de la Unión General de Trabajadores de Túnez (UGTT), el poderoso sindicato oficial cuya dirección colaboró y se benefició de la corrupción benalista.

Un recorrido por la geografía tunecina evidencia la diferente musculación política de las ciudades y pueblos, según la mayor o menor presencia de la izquierda en los sindicatos locales. En algunos lugares, como Redeyef en la cuenca minera, hay autogestión; en otros espontaneidad; en otros pura desesperación; en otros ya, sobre todo en los medios pequeñoburgueses de la capital, reivindicación del “orden y la estabilidad”. Junto al esfuerzo de organización, la izquierda tunecina aborda la necesidad de nuevas movilizaciones contra los activos rescoldos del aparato del Estado dictatorial, todavía intacto y empeñado en una obra permanente de represión y terrorismo selectivo, y contra todas las formas de intervención extranjera, económicas y militares, que se ciernen sobre la región.

Poco sabemos sobre cómo evolucionarán las revueltas que voltean el mundo árabe entero, desde Marruecos y Argelia hasta Iraq, Arabia Saudí, Yemen y Bahrein; y sabemos que, más allá de Gadafi y el petróleo, una posible intervención de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en Libia podría obstruir y cerrar de golpe este abanico subversivo. Pero lo cierto es que esta Gran Revuelta Árabe, vinculada a la crisis del capitalismo, es de alguna manera ya mundial y pone en aprietos por igual a imperialistas y anti-imperialistas, atrapados en el trágico pero confortable esquema, prolongación de la Guerra Fría, de amigos y enemigos. Seamos sinceros: una “verdadera revolución democrática” incomoda a todos.

Que las zonas consideradas más atrasadas del planeta, contra toda lógica y previsión, emprendan una “revolución democrática” extempo- ránea no sólo desconcierta a los bombardeadores humanitarios, con sus pretensiones de universalidad y sus patentes de democracia, sino también a los que desde la izquierda han motejado de “tramposa” la idea misma de democracia o a los que consideran que la “auténtica democracia” sólo puede ser un efecto secundario del socialismo pero no su fuente o su motor.

Nos asustaron con Al-Qaeda y el fanatismo musulmán, pero da mucho más miedo, la verdad, esta salvaje reclamación de libertad, y de Asamblea Constituyente y Ley Electoral, que no encuentra apenas partidos u organizaciones en las que confluir, debilitadas por las dictaduras, y que puede volcarse en cualquier dirección. Da miedo, y con razón.

Pero el socialismo del siglo XXI, si de verdad quiere serlo, tiene que contar con dos nuevos datos, uno geográfico y otro político: un mundo árabe que regresa inesperadamente a la escena de la Historia y una avalancha global y sin fronteras contra la tiranía. Un nuevo muro de Berlín está cayendo y lo que se entrevé al otro lado es sobre todo un gran bullicio. Todo puede ser peor, pero todo, en cualquier caso, es ya distinto. Y es la izquierda la que debería hacerse cargo de ese discurso emancipatorio y democrático antes de que lo hagan, como siempre, los bombardeadores humanitarios y sus mercados.

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