“La revolución libertaria hace tiempo que se ha terminado”

El hombre de pelo blanco camina entre las fotos de El sitio de Leningrado como por su casa, como por su vida: no ha estado ahí, no comió sopa de cinturones hervidos, no durmió en un cuarto adornado con estalactitas, no miró el gesto meses y meses asombrado de un cadáver que quedó fijado bajo una capa de  hielo. El hombre es de acá, del Sur, pero tuvo el corazón mirando a Moscú y por eso sabe que, por más que se parezca, el barbudo que adorna el salón del sindicato (en la foto) no puede ser León Trotsky: ya lo había mandado a asesinar Stalin, el hombre que gobierna sobre Leningrado en 1942, la fecha de la foto.
El hombre sabe todo, sabe que aunque en la foto los habitantes de Leningrado estén paleando una barricada para proteger su Biblioteca, la van a terminar quemando para calentarse los huesos. Fueron casi novecientos días, cuarenta grados bajo cero, un número impreciso que ronda el millón de muertos. Hitler había resuelto “borrar a Leningrado de la faz de la Tierra”. Ni su capitulación la salvaría.

“Miren”, dice el hombre, “muchas veces no se sabe si es un hombre o una mujer”. Miren bien ese sobretodo tirado en el suelo, que termina en un fusil: los zapatos ¿no tienen taquito?, la cabeza ¿no lleva trenzas?

A partir de ese detalle, a las fotos que están colgadas en el Centro Cultural Recoleta (Junín 1930) les salen mujeres por todas partes. Ya habíamos visto a las que paseaban los cadáveres queridos por la avenida que va al cementerio, pero ahora están entrenando, en cuclillas, activando la alarma antiaérea, dirigiendo el tránsito, formadas con bayonetas. No se sabe cómo, pero están peinadas, impecables. No se sabe por qué pero sonríen a la cámara.

En las últimas fotos de la muestra, junto a las risas del fin del sitio, hay una serie de obreros trabajando. Una tornera que “supera dos veces y media la cota de producción”, dice el epígrafe. Son obreros estajanovistas, su credo es la productividad. Hacia el final, un grupo escucha el mensaje que les manda Stalin. La revolución libertaria hace tiempo que se ha terminado.
El hombre de pelo blanco disimula, pero se limpia los ojos.

 

Incorrección política en 140 caracteres

Quizás lo mejor de la entrega de los premios Argentuits estuvo cuando la Doctora Pignata, por teléfono y amplificada, gritó su indignación porque la diputada porteña María José Lubertino acababa de dar un rato de discurso cuando “no había ganado nada”.

Las cosas no eran tan así o eran más o menos así. Los premios Argentuits se dieron por votación de tuiteros, a partir de –y para promover– el libro Argentuits. Pasiones políticas en 140 caracteres en el que el periodista Diego Rojas –el mismo de esa fabulosa investigación que es Quién  mató a Mariano Ferreyra– recopila los tweets con los que se hizo una parte de la discusión y la chicana política en los últimos tiempos.
Lubertino sí había ganado algo: había quedado tercera con el 17% en la votación de estrellas políticas, detrás de Jorge Asís, con el 27 y Aníbal Fernández con el 25. Lubertino tiene en su haber tuitero perlas como esa en la que, hablando de dos madres de un bebé, escribió “Ya están ambas madres allí? Prensa les armó alguna entrevista? Q german las adoctrine q hablen de MI proyecto”. No era un mensaje privado.

Pignata, en realidad, había ganado su categoría y había sido la más votada, con el 51%. Pero en realidad-realidad, corre con ventaja, porque Pignata no existe. O bueno, es una figura de Twitter, un “fake”. No es público quién o quiénes le dan letra a esa cuenta de un personaje que se presenta como “Abogada derecha y humana”, larga acíbar antiK y pone frases así: “ESTATIZAME LAS TETAS MONTONERA DE MIERDAAAAAA” o “QUESO RALLADO: cuando la mucama ralla queso, oblíguela a silbar. De esa manera se asegura de que no se lo coma”. Todo tan divino que hay gente que le contesta en serio, aunque en general se entiende que es una ironía. El premio era en serio, unos pajaritos celestes que se van a ver en cualquier repisa. Asís recibió el suyo y se fue, el periodista Alejandro Bercovich, que le ganó a Rial por poquito habló y se quedó, Lubertino lo dicho y la conductora Florencia Etcheves, que conducía, se declaró “trotskista de @zonarojas (nick de Rojas). El premio al activista lo ganó el periodista Lucas Carrasco, que, dijo Etcheves “es tan activista que no va a recibir un premio de una multinacional” (por la editorial Planeta). Pignta acusó recibo en 140 caracteres: “Me llegó el premio horrendo de #Argentuits celebraré bebiendo whisky y luego lo incineraré.”

No sólo de promoción y asados vive el arte

Se ha contado ya muchas veces aquella vieja anécdota de que Atahualpa Yupanqui respondía con un lacónico “Mi guitarra no come” cuando se lo invitaba a un asado con la intención –para nada oculta– de que animara gratuitamente la reunión. Ese famoso “tocate algo” que siempre llega cuando hay un músico en la sobremesa. Claro que pocos le pedirían a un ginecólogo en idéntica situación, por ejemplo, que le revise las mamas. El tema da que hablar en las redes sociales y los artistas disparan desde sus muros: “Hay gente que piensa que la Música no es una profesión sino un hobbie y que todos los músicos son ricos, no comen ni pagan servicios, por eso sólo necesitan promoción”. Lo dicho, ¿cuánto hay? 

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