La revolución del joven Ratzinger

La revolución del joven Ratzinger
Nota de Juan G. Bedoya, publicada en Fe Adulta

En 1962, un joven y brillante teólogo era llamado a Roma para que participara como perito de un Concilio Universal al que había convocado el Papa Juan XXIII. Ese teólogo era el Padre Joseph Ratzinger, que participaba por entonces de la necesidad de renovar la Iglesia Católica.

Como profesor de teología, adhería a pensadores que en aquel momento eran considerados avanzados, y que incluso tuvieron problemas con la Jerarquía católica, como Yves Congar o Henri de Lubac, además de a los grandes autores protestantes como Karl Barth, Oscar Cullmann o Dietrich Bonhoeffer. También sostenía el joven profesor que «el primado del Papa no puede entenderse de acuerdo con el modelo de una monarquía absoluta, como si el obispo de Roma fuese un monarca sin limitaciones».

 

“Pero sus afanes reformistas –expresa Bedoya en su artículo- duraron lo que el polaco Juan Pablo II tardó en atraerlo al santuario del poder vaticano para encumbrarlo a la presidencia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que es como decidió llamar al viejo y terrible Santo Oficio de la Inquisición”. Entonces, el Ratzinger teólogo se convirtió en juez de los teólogos, a muchos de los cuales ha perseguido y castigado por sostener lo que antes él mismo pensaba.

LA REVOLUCIÓN DEL JOVEN RATZINGER

 

Desde el tejado las cosas se ven de distinta manera que a ras de tierra. Es lo que le ocurrió a Joseph Ratzinger cuando era un joven teólogo llamado a Roma en 1962 por Juan XXIII como perito de un concilio -el Vaticano II- que quería dar un revolcón a las estructuras de una Iglesia anti moderna.

Entonces escribió que «el Concilio marca la transición de una actitud conservadora a una actitud misional» y que «la oposición conciliar al conservadurismo no se llama progresismo, sino espíritu misional».

También dijo que «lo que necesita la Iglesia de hoy (y de todos los tiempos) no son panegiristas de lo existente, sino hombres en quienes la humildad y la obediencia no sean menores que la pasión por la verdad, y que amen a la Iglesia más que a la comodidad de su propio destino».

Pasaron años, hasta 1970, y Ratzinger seguía convencido de que su Iglesia necesitaba reformas radicales. Fue por entonces cuando reclamó con sus colegas alemanes la revisión de la doctrina del celibato.

También sostuvo el jovencísimo profesor que «el primado del Papa no puede entenderse de acuerdo con el modelo de una monarquía absoluta, como si el obispo de Roma fuese un monarca sin limitaciones».

Este era el Ratzinger profesor brillante, teólogo libre y compañero de viaje de los mejores pensadores cristianos del siglo (Karl Rahner, Yves Congar, Edward Schillebeeckx, Hans Küng, entre los más conocidos).

Pero sus afanes reformistas duraron lo que el polaco Juan Pablo II tardó en atraerlo al santuario del poder vaticano para encumbrarlo a la presidencia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que es como decidió llamar al viejo y terrible Santo Oficio de la Inquisición. Entonces, el Ratzinger teólogo se convirtió en juez de los teólogos, a los que ha castigado sin miramiento por sostener lo que antes él mismo pensaba.

Estos son algunas de sus ideas, sacadas de su fascinante libro El nuevo pueblo de Dios. Se publicó en alemán en 1969 y fue traducido al español en 1972 por la editorial Herder.

Constantinismo.

«Nos referimos al estrangulamiento de lo cristiano que tuvo su expresión en el siglo XIX y comienzos del XX en los Syllabi de Pío IX y de Pío X, de los que dijo Harnack, exagerando, desde luego, pero no sin parte de razón, que con ellos condenaba la Iglesia la cultura y ciencias modernas, cerrándoles la puerta; y así, añadimos nosotros, se quitó a sí misma la posibilidad de vivir lo cristiano como actual, por estar excesivamente apegada al pasado.

¿Quién podría poner en duda que también hoy se da en la Iglesia el peligro del fariseísmo y del qumranismo? ¿No ha intentado efectivamente la Iglesia, en el movimiento que se hizo particularmente claro desde Pío IX, salirse del mundo para construirse su propio mundillo aparte, quitándose así en gran parte la posibilidad de ser sal de la tierra y luz del mundo?

El amurallamiento del propio mundillo, que ya ha durado bastante, no puede salvar a la Iglesia, ni conviene a una Iglesia cuyo Señor murió fuera de las puertas de la ciudad» (pp. 404-405).

Colegialidad

«El punto de referencia no solo es el obispo de Roma, sino también los que son obispos como él: la cabeza y los restantes miembros del colegio. Nunca es posible mantener una comunión solo con el Papa, sino que tener comunión con él significa necesariamente ser ‘católico’, es decir, estar igualmente en comunión con todos los otros obispos que pertenecen a la Iglesia católica» (p. 198).

La libertad del cristiano.

«No es azar que los grandes santos no solo tuvieron que luchar con el mundo, sino también con la Iglesia, con la tentación de la Iglesia a hacerse mundo, y bajo la Iglesia y en la Iglesia tuvieron que sufrir; un Francisco de Asís, un Ignacio de Loyola, que, en su tercera prisión durante 22 días en Salamanca, aherrojado entre cadenas con su compañero Calixto, permaneció en la cárcel de la Inquisición, y todavía le quedaba alegría y fe confiada para decir: «No hay en toda Salamanca tantos grillos y esposas, que yo no pida más aún por amor de Dios». No cedió un ápice de su misión, ni tampoco de su obediencia a la Iglesia…

Lo que necesita la Iglesia de hoy (y de todos los tiempos) no son panegiristas de lo existente, sino hombres en quienes la humildad y la obediencia no sean menores que la pasión por la verdad; hombres que den testimonio a despecho de todo desconocimiento y ataque; hombres, en una palabra, que amen a la Iglesia más que a la comodidad e intangibilidad de su propio destino» (pp. 290-295).

Nueva teología

El profesor de teología que era entonces Ratzinger definió así la esencia y los límites de una teología correcta tras el Concilio Vaticano II (en primer lugar, critica ásperamente la que él llama «teología de encíclicas». He aquí su tesis:

«En muchas manifestaciones teológicas, antes del Concilio y todavía durante el Concilio mismo, podía percibirse el empeño de reducir la teología a ser registro y -tal vez también- sistematización de las manifestaciones del magisterio.

El Concilio manifestó e impuso también su voluntad de cultivar de nuevo la teología desde la totalidad de las fuentes, de no mirar estas fuentes únicamente en el espejo de la interpretación oficial de los últimos cien años, sino de leerlas y entenderlas en sí mismas; manifestó su voluntad no solo de escuchar la tradición dentro de la Iglesia católica, sino de pensar y recoger críticamente el desarrollo teológico en las restantes iglesias y confesiones cristianas; dio finalmente el mandato de escuchar los interrogantes del hombre de hoy como tales y, partiendo de ellos, repensar la teología y, por encima de todo esto, escuchar la realidad, ‘la cosa misma’, y aceptar sus lecciones.

Hasta entonces era costumbre mirar la Edad Media como el tiempo ideal cristiano, cuya plena equivalencia entre Iglesia y mundo se consideraba como la meta última de las aspiraciones; la Edad Moderna, en cambio, se concebía como la gran apostasía, comparable con la historia del hijo pródigo, que toma su herencia y sale de la casa paterna, para luego -con la segunda guerra mundial- sentir hambre de las bellotas de los cerdos; en tales comparaciones resonaba también la esperanza del pronto retorno a la casa paterna… El conjunto, empero, conduce en el Papa del Concilio a una teología de la esperanza, que casi parece lindar con un optimismo ingenuo» (p. 350).

Primado papal y obispos

«El romano pontífice no se llamó príncipe de los obispos ni sumo sacerdote ni cosa por el estilo, sino solo obispo de la primera sede. Pero la Iglesia romana, a la que nosotros no negamos ciertamente la primacía entre hermanos, se ha separado de nosotros por su sublimidad, al asumir la monarquía (lo que no era su oficio) y, dividido el imperio, ha dividido también a los obispos de Oriente y Occidente (…)

Si el romano pontífice, sentado en el alto trono de su gloria, quiere tronar contra nosotros y desde su alto puesto dispararnos, por así decirlo, sus decretos y juzga no por nuestro consejo, sino por su beneplácito y propio arbitrio, de nosotros y de nuestras iglesias y hasta impera sobre ellas ¿qué fraternidad y hasta qué paternidad puede ser ésa? En tal caso podríamos llamarnos y ser verdaderos esclavos y no hijos de la Iglesia. (pp 148 -150)

Infalibilidad y concilio

«El concilio no es, por esencia, otra cosa que la realización de la colegialidad. Este magisterio no es ciertamente (a Dios gracias) infalible en todas sus manifestaciones particulares; quiere, efectivamente, traducir la palabra a la vida y presentarla de un modo concreto a los hombres…

La infalibilidad normal de la Iglesia tiene forma colegial; lo otro es ‘extraordinario». Por eso «la infalibilidad del Papa no existe per se, sino que ocupa un lugar perfectamente determinado y limitado y, en modo alguno, exclusivo, dentro del marco de la presencia perenne de la palabra divina en el mundo (…).

El primado del Papa no puede entenderse de acuerdo con el modelo de una monarquía absoluta, como si el obispo de Roma fuera el monarca, sin limitaciones, de un organismo estatal sobrenatural, llamado ‘Iglesia’ y de constitución centralista». (pp. 23-51).

El Papa roca y escándalo.

El antiguo profesor de Tubinga descubre, a lo largo de la historia del papado, la supervivencia de esta doble faceta dialéctica:

«Es la figura de Pedro, a quien en Mateo 16,19 se le promete el mismo poder que en Mateo 18,18 transmite el Señor a toda la comunidad de los Apóstoles… Prescindiendo por completo del problema de la localización histórica de la promesa del Primado, podemos afirmar independientemente que, para el pensamiento bíblico, la simultaneidad de roca y Satanás (y skándalon=piedra de tropiezo) no tiene de suyo nada de imposible.

¿Y no ha sido fenómeno constante a través de la historia de la Iglesia que el Papa, el sucesor de Pedro, haya sido a la par petra y skándalon, roca de Dios y piedra de tropiezo? Lutero conoció con opresora claridad el factor ‘Satanás’ y no dejaba de tener alguna razón en ello; pero su pecado estuvo en no aguantar la tensión bíblica entre Cefas (petra) y Satanás, que pertenece a la tensión fundamental de una fe que no vive del merecimiento, sino de la gracia».

Institución y hombres

El teólogo Ratzinger advirtió contra el peligro de distinguir entre «institución» y «hombres de la institución»: «No pueden separarse sencillamente la «Iglesia» y «los hombres de la Iglesia»; la abstracta pureza sin mácula de la Iglesia que de este modo destilaría, no tiene sentido alguno real histórico. La Iglesia vive por medio de los hombres en el tiempo y en el mundo presente y, a pesar del misterio divino que lleva dentro de sí, vive de manera verdaderamente humana. Hasta la institución como institución conlleva la carga de lo humano; también la institución conlleva la inquietante arbitrariedad de lo humano para poder ser piedra de tropiezo» (pp. 285-288).

Fue el teólogo español José María González Ruiz (1916-2005) el primero en reprocharle a Ratzinger tan radicales cambios de criterio. Lo hizo en una «carta abierta» publicada en la revista Misión Abierta en 1987. Le dijo al todavía cardenal: «Su reciente intervención en el tema de la Teología de la liberación, sobre todo a través del Informe sobre la fe, ha producido no poca perplejidad y confusión en una no despreciable mayoría de católicos en todo el mundo». La carta, de 25 páginas, enumera una docena de cambios de criterio del futuro Papa, instándole a que ofreciese una explicación de su actitud. (1)

Juan G. Bedoya

(1) Texto de Juan G. Bedoya (Extracto)

EDICIONES EL PAÍS S.L.

Artículo publicado en FE ADULTA

www.pregoncristiano.com

 

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