La renovación cultural china

Los turistas occidentales en Plaza Tian´anmen buscan fotografiarse en la puerta de entrada a la Ciudad Prohibida, donde cuelga la gigantografía de Mao Zedong. A los chinos el retrato no les basta y se dirigen hacia la esquina sur de la plaza, al Mausoleo que alberga los restos del líder. Al este, pasando casi desapercibido a pesar de su monumental tamaño, se encuentra el Museo Nacional. Nacionales son también en su mayoría los visitantes. Son pocos, pero siempre en grupo. Turísticos, escolares, deportivos, de jubilados. En China todo es en grupo.

El edificio que hoy alberga el Museo Nacional es el producto de la unión del Museo de Historia con el Museo de la Revolución. Y de esa fusión salió el museo más grande del mundo en términos de metros cuadrados bajo un mismo techo. Todo un símbolo cultural de cómo se construyó el pasado reciente de China. En este museo, la muestra estrella es “El camino hacia la renovación”, que recuenta la historia moderna de China, los últimos ciento cincuenta años. Diseñada para dar la línea histórica. La exhibición plasma cómo China está construyendo (se) un relato épico revolucionario de sí misma, su historia y su lugar en el mundo.

El anunciado próximo presidente de China Xi Jinping estuvo en noviembre pasado y la calificó como “una retrospectiva sobre la nación china, una celebración de su presente y una declaración sobre su futuro”. La muestra es probablemente la única ventana (abierta) que tenemos a cómo la potencia ascendente del siglo XXI, el actor central del sistema internacional del futuro se piensa a sí misma. La muestra resignifica el pasado, legitima el presente y proyecta el futuro, en un país cuyo idioma no tiene pasado. En chino mandarín, el tiempo verbal se deduce del contexto. Esa cualidad lingüística es un punto de partida para comprender la configuración de las estructuras mentales, que forman los filtros perceptuales con los que se lee la realidad.

Así, ese pasado se cuela en el presente. La narrativa no es la de una permanente y orgullosa y perenne grandeza, sino la de recuperación de la dignidad luego de una humillación impuesta por colonialistas extranjeros y corruptos cómplices nacionales. Al ingresar, el prefacio advierte al visitante que la muestra exhibe el camino del pueblo chino que “reducido a una sociedad semi-colonial y semi–feudal, se alzó contra la humillación y la miseria; para renovar la nación”. Pero inmediatamente se menciona que resalta la “gloriosa historia de China bajo el liderazgo del Partido Comunista (PCC), que unió al país, alcanzó la liberación e independencia nacional y se esforzó por construir  un país fuerte y próspero para el bienestar del pueblo”.

La exhibición está dividida en cinco secciones: el colonialismo y el “siglo de humillación”; la Revolución de 1911; la revolución rusa y el comienzo del comunismo revolucionario chino; los avatares del sistema socialista y finalmente la apertura y reforma. Esta periodización histórica no es neutral. Y su interpretación es una selección deliberada: escoger esos puntos de inflexión de la historia china y presentarlos como las coyunturas críticas que dieron forma al presente tiene un fuerte contenido político. La linealidad ascendente de “El camino” es ilusoria. Se omiten episodios incómodos al prolijo relato, como los años del Gran Salto Adelante –donde Yang Jisheng ha estimado que 36 millones murieron de hambre– ni tampoco la Revolución Cultural (1966-1976). El faccionalismo interno y las criminales purgas cuestionan la “épica magnifica de solidaridad, resistencia, autosuperación y resiliencia” que se dio en el último siglo bajo el mandato del PCC.
Curiosamente, a pesar de la excepcionalidad que se pretende, “El camino” reedita la estructura subyacente común a los relatos mitológicos del mundo: creación, caída y redención.

El ciclo es análogo al motivo escritural básico de la religión cristiana: creación (del hombre en un caso, de la nación en otro), caída (por la tentación de una serpiente o las intenciones viperinas de imperialistas) y redención (a través de Jesucristo o del Partido). Y aunque ambos puedan funcionar como “opio del pueblo y grito de los oprimidos”, lo que se repite es el surgimiento de un grupo de poder. Que se autodenomina esclarecido y construye un relato único que legitima sus acciones y suprime el surgimiento de caminos alternativos. En realidad es el camino de un grupo, para asegurarse dominación.
Si bien en la naturaleza de la historia se encuentra la idea de ser un campo intelectual en permanente contestación, es distinto cuando el estado sanciona una versión oficial porque puede acabar sirviendo como sustrato intelectual del régimen.

Un relato histórico mítico y heroico es casi condición necesaria para explicar el origen de las naciones. Fija la memoria colectiva y justifica los lazos de solidaridad que generan pertenencia y comunidad. La operación es simple: tomar un conjunto de valores como base de poder y autoridad. Buscar en el pasado personajes y eventos emblemáticos de esos valores, entronizarlos como ejemplo para aceptar el presente y proyectarlos como única garantía de felicidad futura.

La disposición física de la muestra refuerza el contenido simbólico del mensaje: el visitante se desliza a través de diferentes salas, en las cuales se va generando el clima estético para avanzar el mensaje político. A través de una sagaz combinación de imágenes fotográficas, vitrinas con objetos, pinturas e instalaciones, se va construyendo el continuo que va desde la degradación a la revolución, de infamia a gloria. “El camino” se va transformando estéticamente. El prefacio, epílogo y las secciones del Partido Comunista Chino están escritos en vibrante dorado; lo que contrasta con los inexpresivos tonos de las secciones anteriores. El color mismo aumenta a medida que se va avanzando en la historia, como realce visual del sentido ascendente del relato.

La elección de los valores que se celebran y se condenan tampoco es casual. Tiene una carga política que sirve para legitimar el poder y la gobernabilidad del Partido. Como el partido necesita un relato de unidad, debe necesariamente construir una historia antinómica, un relato de ellos vs. nosotros. “El camino” enaltece al “pueblo chino” bajo el liderazgo –infalible e incuestionable– del PCC y denuncia a los enemigos. Un cuadro gigantesco de la rendición japonesa se exhibe sobre las armas capturadas a su ejército. El racismo imperialista de las potencias europeas aparece como constitutivo de Occidente. Fotografías en blanco y negro responsabilizan personalmente. La estética como mecanismo de denuncia política. La historia como enfrentamiento maniqueo entre los que son buenos, justos y nobles y los villanos malvados e inmorales.

“Lograr la gran renovación de la nación china es el mayor sueño de la historia moderna” dijo Xi al cerrar su visita a la muestra. China busca traducir su creciente prestigio en poder, su renovada importancia en influencia.

Para y por ello, repiensa su identidad.

*Doctor en Relaciones Internacionales y Director del Programa de Asia Pacífico de la Universidad Torcuato Di Tella.

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