La Química y el Medio Ambiente

La Química del siglo XX asistió también y no precisamente como testigo pasivo a la época del desarrollo creciente y múltiple de los problemas ambientales desatados por la actividad del hombre.

 

La producción de alimentos para una población mundial creciente, problema que se planteaba desde inicios del siglo, demandaba una revolución en los rendimientos agrícolas. Fertilizar adecuadamente las tierras era una exigencia y la reserva natural existente de sales nitrogenadas no permitía dar respuesta a esta necesidad.

 

Así las cosas, la fijación del nitrógeno atmosférico mediante una adecuada transformación química se erigía como un problema de muy difícil realización. La síntesis del amoníaco, precursor de los fertilizantes nitrogenados, mediante la reacción entre el dinitrógeno y el dihidrógeno chocaba con dificultades prácticas.

 

El tristemente célebre químico alemán Fritz Haber, iniciador de la guerra química,  encontró en la primavera de 1909 las condiciones, en pequeña escala, para obtener poco más de una gota del amoniaco por minuto. Estos resultados experimentales fueron expuestos ante los dirigentes de la Badische Anilin und Soda Fabriken (BASF) la mayor empresa de productos químicos de la época.

 

Los directivos de la BASF comprendieron la significación que tendría la solución del problema del escalado, y confiaron esta tarea a dos expertos  Carl Bosch (1874 – 1940) y Alwin Mittasch (1860 – 1953). Las perspectivas que alentaban el proyecto cubrían un doble propósito: la producción de abonos y de explosivos nitrogenados.

 

A lo largo de cuatro años la labor de investigación del equipo encabezado por Bosch y Mittasch abarcó miles de ensayos sintéticos, y miles de catalizadores serían probados. Como resultado, levantarían una industria que producía unas mil veces la producción inicial de Haber, es decir unas cuatro toneladas de amoniaco diariamente. Hoy se produce más de cien mil veces esta cantidad de amoniaco pero el catalizador propuesto por Mittasch no ha podido ser superado en eficiencia y costo.

 

Bosch, pocos años después se convertiría en el director de la BASF, luego del complejo químico industrial IG Farbenindustrie y su influencia creció hasta sustituir en 1935 nada menos que al entonces veterano, de conducta intachable frente al emergente nazifascismo, Max Planck (1858 – 1947), al frente del Instituto Kaiser Guillermo de Berlín.

 


Por el desarrollo de una tecnología de alta presión totalmente nueva en la época, Carl Bosch recibiría el premio Nóbel de Química en 1931, pero tres hechos ensombrecieron esta distinción: Mittasch, su colega, fue injustamente olvidado; una década antes, el 21 de setiembre de 1921, una horrible explosión de una fábrica de amoníaco en Oppau del Rhin causó 561 muertos y dejó a 7.000 personas sin hogar; gracias a esta tecnología la Alemania de la Primera Guerra Mundial dispuso de la materia prima para la obtención de los explosivos nitrogenados.[1]

Imagen: © The Nobel Foundation


Un problema en el orden del día de las necesidades alimentarias del mundo lo era – y lo sigue siendo aún hoy- encontrar aquellas sustancias insecticidas que combatieran las plagas causantes de enormes pérdidas al arrasar cosechas enteras de las principales fuentes energéticas nutritivas de la población.

 

En esta realidad se inserta la polémica página de la síntesis y aplicación de uno de los más potentes insecticidas fabricados por el hombre: el D.D.T. Existen los testimonios de que el  dicoloro-difenil-tricloroetano fue sintetizado por primera vez en 1873, por un joven estudiante austríaco, Othmar Zeidler, pero el producto carece de interés hasta que el químico industrial suizo Paul Hermann Müller  (1899 – 1965) descubre en 1936 la fuerte acción insecticida por contacto que exhibe y luego de cuatro años de intensa labor obtiene la patente industrial en 1940.  Dos productos  el Gesarol y el Niocide fueron comercializados a ambos lados del Atlántico al probar su eficaz acción en el combate del tifus, la malaria y en la agricultura. Müller recibe por este trabajo el premio Nóbel de Fisiología o Medicina en 1948. Décadas después se exigía el cese de su aplicación por el impacto global que había provocado en diferentes ecosistemas al reducir dramáticamente la población de insectos que se insertan en la cadena alimentaria de diferentes especies.[2]

 

De cualquier forma, al cerrar el siglo los insecticidas aplicados en los campos son mayoritariamente (por encima del 95%) productos químicos. Algo más de 10 millones de toneladas de estas sustancias son administradas a un costo superior  a los mil millones de dólares. No obstante, el futuro de la lucha contra los insectos parece marcado por los desarrollos que se iniciaron en el siglo pasado de los bioinsecticidas. Se ha encontrado que determinados microorganismos producen ciertas proteínas conocidas como endotoxinas que exhiben un potente efecto insecticida. El colofón de estas investigaciones y su introducción en la práctica agrícola se relacionan con el aislamiento y la caracterización del primer gen que determina una proteína insecticida. A partir de este momento se iniciaba la era de obtención de plantas transgénicas resistentes a insectos que marca en 1996  la entrada en el mercado de las primeras variedades transgénicas de algodón, patata y maíz, resistentes a insectos. [3]

 


Rachel Carson, la célebre bióloga estadounidense que alertó a la conciencia pública sobre las consecuencias irreparables para el medio ambiente que se derivan de la aplicación irracional de los pesticidas, con su libro Silent Spring, debió enfrentar en la primavera de 1960 el diagnóstico médico sobre un cáncer de mama que la lleva a la muerte prematura cuatro años después. Paralelamente debe enfrentar la campaña en su contra desarrollada por  los intereses monopólicos [4].  De cualquier modo la humanidad se enfrenta a este y otros graves peligros, sin que una firme voluntad política de urgentes transformaciones  se advierta en las grandes potencias.

Imagen: http://onlineethics.org/spanish/carson/main-span.html


A pesar del incuestionable valor social que presentan la síntesis industrial de fertilizantes nitrogenados  y la producción de insecticidas, la evaluación del impacto que ha venido provocando su empleo irracional, promueve a partir de los años ochenta  una corriente de pensamiento relacionada con las nociones de biocompatibilidad,  fuentes renovables de recursos, y el desarrollo de una conciencia que reconoce la necesidad apremiante de una actuación más racional de convivencia con el entorno.

 

La necesidad social de aparición en escena de los plásticos alcanzó tal impacto que algunos han bautizado cierto momento del siglo XX como la  “era de los plásticos”.  A partir de la década del treinta se despegarían una tras otra las invenciones de nuevos polímeros sustentados en rutas sintéticas cuidadosamente proyectadas.

 

En 1928, la Compañía  Dupont tomó una decisión poco común por entonces en el mundo de los negocios: abrió un laboratorio para investigaciones fundamentales que sería dirigido por  el  brillante químico estadounidense Wallace Carothers (1896–1937).  Carothers demostró la posibilidad de producir controladamente fibras artificiales que con el tiempo competirían por sus propiedades con las fibras extraídas de fuentes naturales. Fueron sintetizados en el laboratorio las poliamidas (nylon) y los poliésteres (dacrón, terylene, etc.) [5].

 

En otro polo de los materiales poliméricos, los llamados plásticos vinílicos,  se destacaron las investigaciones del equipo dirigido por Paul J. Flory (1910 – 1985), premio Nóbel en 1974,  que definieron en lo fundamental las vías para obtener los plásticos que revolucionaron los materiales usados en el transporte, las comunicaciones  y la construcción como el polivinilcloruro, los poliacrilatos, poliacetatos, el teflón y otros [6].

 

Un nuevo período en el campo de las síntesis de polímeros se abre con las investigaciones realizadas paralelamente por el químico alemán Karl Ziegler (1898-1973) y el italiano Giulio Natta (1903-1979). El desarrollo de la producción del polietileno a baja presión por Ziegler, y la invención un año después del método para producir el propileno por  Natta brindaron los dos plásticos más empleados a fines del siglo XX. Estas innovaciones le hicieron compartir en 1963 el premio Nobel de Química [7].

 

 A fines de los setenta, las investigaciones de Hideki Shirakawa, Premio Nobel del 2000 (compartido con colegas estadounidenses), anuncian la posibilidad de una nueva serie de plásticos conductores de la corriente eléctrica,  polímeros que tienden un puente entre los materiales plásticos y los metales y sus propiedades híbridas los hacen únicos [8].

 

Los plásticos, caracterizados por su estabilidad química y térmica, no entrañaban un problema de contaminación. Sin embargo, su acumulación en calidad de residuos no degradables planteó un nuevo conflicto que encontrará solución si se garantiza su reciclaje o el desarrollo de polímeros susceptibles a la degradación biológica.


Una generación de plásticos biodegrables, derivados del ácido poliglicólico, relativamente fáciles de hidrolizarse y asimilarse por el organismo fueron desarrollados antes de finalizar el siglo y han representado una revolución, inicialmente, en el ámbito de la medicina. Robert Langer (1949- ), ingeniero químico del Instituto Tecnológico de Massachussets, diseñó láminas de polímeros de superficie biodegradable que constituyen el soporte para la administración local y lenta de los agentes terapeúticos tóxicos en zonas del cerebro, la próstata y áreas óseas [9]. En 1992 el  neurocirujano de la institución médica Johns Hopkins, Henry Brem (1952 – ), implantó en áreas delicadas del cerebro tales discos para tratar el cáncer [10]. 

Imagen: web.mit.edu/langerlab/langer.html


La carrera en la síntesis de nuevos polímeros llega hasta hoy impulsada por la conquista del cosmos, la revolución en las comunicaciones, el dominio de los biopolímeros para fines médicos,  y se orienta hacia la producción de polímeros biodegradables, conductores, fotopolímeros, y otros con propiedades específicas para la tecnología de punta.

 

Una curiosa coincidencia de dos aportaciones significativas en el momento en que se produjeron sus descubrimientos, y que más tarde la humanidad ha tenido que lamentar profundamente se da en el ingeniero mecánico estadounidense, formado de manera autodidacta en la química, Thomas Midgley Jr. (1889 – 1944). Este caso representa   una referencia obligada para demostrar la necesidad de evaluar el eventual impacto de cualquier nueva tecnología que exija el masivo empleo de los productos químicos.

 

Midgley se enfrentó en la segunda década del siglo a dos problemas planteados por la pujante industria estadounidense. Por  una parte la actividad del transporte demandaba la elevación de la eficiencia de las gasolinas reduciendo la detonación irregular que se producía durante el funcionamiento del motor.  La idea que guió a Midgley suponía que el empleo de  ciertos aditivos actuarían como antidetonantes. Primero a prueba de ensayo y error y luego siguiendo ciertas tendencias en la tabla periódica, encontró en 1921, mientras trabajaba en el laboratorio de investigaciones de la General Motors, que el plomo tetraetilo era un antidetonante ideal. Dos años después era comercializada la gasolina etilada en Estados Unidos [11]. Los problemas de su toxicidad no fueron debidamente evaluados y la contaminación se extendió durante más de 60 años, resultando imposible una evaluación objetiva del impacto que pudo causar sobre todo en la población infantil, en la cual el plomo puede causar retrasos en el desarrollo, trastornos de la memoria y problemas en la audición.

 

Un segundo problema se levantaba con las sustancias que se empleaban como refrigerantes en la década del 20 (amoníaco, dióxido de azufre y cloruro de metilo). Entre las cualidades indeseables presentadas por estas sustancias, sobre todo para la expansión de la refrigeración doméstica, se encontraban la toxicidad e inflamabilidad.   No pocos accidentes dramáticos se produjeron por las fugas de las unidades de refrigeración en los hogares, sobre todo en el horario nocturno.  Buscando un buen sustituto para estos refrigerantes Midgley desarrolló el tetrafluormetano y el diclorodifluormetano (mas tarde llamado freón). 

 


En 1930 Thomas Midgley demostró ante la  American Chemical Society las seguras propiedades físicas del freón inhalando profundamente el nuevo gas y exhalando hacia la llama de una vela, la cual se apagó. Quedaba demostrado que el producto no era tóxico ni tampoco inflamable. La generación de los refrigerantes ideales estaba en manos de los fabricantes [12]. Nuevas aplicaciones se encontraron para los clorofluorcarbonos, entre ellas las de actuar como propulsores de todo tipo de aerosol comercial. Un nuevo peligro se cernía sobre una de las sustancias protectoras que la naturaleza había creado propiciando el desarrollo de la vida en el planeta.

Imagen: http://www.invent.org/hall_of_fame/193.html


Cuatro décadas más tarde de la patente de Midgley por conceptos de nuevos refrigerantes clorofluorcarbonados, los científicos de la Universidad de California, Irvine, F. Sherwood (1927- ) y el mexicano – estadounidense Mario Molina (1943- ) determinaron, luego de un exhaustivo estudio, que los clorofluorcarbonos empleados masivamente como propulsores en todo tipo de “spray” y como refrigerantes, tienen potencial para destruir la capa de ozono [13]. Y en efecto, en años recientes, se ha confirmado el enrarecimiento de la capa de ozono en diferentes latitudes del planeta.

 

Este adelgazamiento  ocasiona un aumento de los niveles de la radiación ultravioleta dura que penetra en la atmósfera e incide sobre la superficie del planeta. La radiación ultravioleta filtrada puede ser responsable del incremento de la frecuencia del cáncer en la piel observada en los países nórdicos desarrollados, la elevación del padecimiento de trastornos de la visión, así como la disminución del plancton marino, primer eslabón en la cadena alimentaria de los peces.

 

La importancia concedida a estos problemas por la comunidad científica se expresa en el premio Nóbel otorgado de forma compartida a Sherwood, Molina y al químico holandés Paul Crutzen (1933- ) en 1995.

 

Crutzen había señalado que el óxido de nitrógeno podía provocar la degradación de la capa de ozono estratosférico, ya que al desencadenar un mecanismo en cadena, una baja concentración del óxido de nitrógeno se traduciría en un significativo consumo del ozono. Experimentos cuidadosamente controlados sobre el efecto inducido por el NO liberado por las turbinas de los aviones estratosféricos demostraron la veracidad de las predicciones de Crutzen y una moratoria fue impuesta sobre los proyectados aviones supersónicos que tienen su corredor aéreo en la capa estratosférica de la atmósfera. Tales naves representaban una conquista de la aviación contemporánea pero su irrupción en una zona virgen del planeta quedaba demostrado que significaría un peligro insospechado.

 

En 1904 el químico – físico sueco Svante Arrhenius pronosticó que las crecientes emisiones industriales de CO2 determinarían un cambio notable en la concentración de este gas en la atmósfera, provocando un cambio climático global. Según la predicción de Arrhenius este incremento podría resultar beneficioso al hacer más uniforme el clima del planeta y estimular el crecimiento de las plantas y la producción de alimentos.

 

Una opinión discrepante con la optimista visión de Arrhenius aparece a fines de los treinta. El eminente ingeniero termoenergético británico Guy Stewart Callendar (1898 – 1964) publica en 1938 el artículo titulado “La producción artificial del dióxido de carbono y su influencia sobre la temperatura”. Este trabajo y los que posteriormente dio a conocer demostraban la correlación existente entre la elevación de las concentraciones del dióxido atmosférico desde los tiempos preindustriales, y la información entonces acopiada por él sobre la tendencia observada de la elevación de la temperatura.


 

 

El mexicano – estadounidense, Mario J. Molina, Premio Nóbel de Química en 1995, confiesa en su autobiografía que durante sus primeros años en Berkeley  sintió un profundo rechazo a la posibilidad de emplear los  láser químicos de alta potencia para producir armas.  Deseaba por entonces dedicarse a una investigación que fuera útil a la sociedad, y lo logró. El 28 de junio de 1974 publicó, junto a su asesor F. Sherwood Rowland, en la Revista Nature un primer informe alertando a la comunidad científica y a la opinión pública de los peligros en que se encontraba la capa estratosférica de ozono.

Imagen: © The Nobel Foundation


Los resultados de Callendar no encontraron resonancia en la comunidad científica de la época. Prevalecían las ideas que hacían creer que la inmensa masa de las tres cuartas partes del planeta, el agua de océanos y mares, actuaría como sistema regulador por su capacidad absorbente del CO2. Hasta alrededor de los sesenta la mayoría de los científicos confiaban que la actividad humana no podía provocar cambios globales en el clima del planeta [14].

 

Sin embargo las investigaciones conducidas en la década de los cincuenta por el geofísico estadounidense Roger Revelle (1909-1991) con la colaboración del radioquímico de origen austríaco Hans Suess (1909- ) demostraron de manera irrefutable que los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera se habían incrementado como resultado de la quema de los combustibles fósiles y de la tala de los bosques, rechazando la idea prevaleciente sobre la actividad reguladora de mares y océanos [15].

 

En 1977 Revelle encabeza un Panel de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos el cual encuentra que alrededor de un 40 % del dióxido de carbono antropogénico permanece en la atmósfera, las dos terceras partes provenientes de los combustibles fósiles y una tercera de la tala de los bosques. Al inicio de los ochenta la escalada en las predicciones se ensombrecen cuando Revelle publica un artículo en la importante revista estadounidense Scientific American en la que anuncia la posible elevación del nivel del mar como resultado de fusión de los glaciares que debe acompañar a la elevación de la temperatura del planeta.[16]

 

En 1988 la Organización Mundial Meteorológica y el Programa Medioambiental de Naciones Unidas fundaron un Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) que señalara la información científica, técnica y socioeconómica para la comprensión del cambio climático, sus impactos potenciales y las opciones para la adaptación y mitigación de los daños. El IPCC fue el primer esfuerzo internacional a escala internacional  para dirigir los temas medioambientales [17]. 

 

En mayo de 1992, 154 países (incluidos los de la Unión Europea) firmaron el Tratado de las Naciones Unidas para el Cambio Climático (ratificado en marzo de 1994). Los países signatarios se comprometieron a estabilizar, para el final de siglo, los niveles de las emisiones de dióxido de carbono en los valores de 1990.


 

Imagen:www.aip.org/

history/climate/

Revelle.htm

Hans E. Suess (1909- ) recibió su doctorado en Química en la Universidad de Viena en 1935. Durante la segunda guerra mundial perteneció al grupo de científicos alemanes que les fue asignado explorar las posibilidades para utilizar la energía atómica. Suess sirvió entonces como asesor científico de la planta de agua pesada en Noruega, que fue destruida por las bombas aliadas en 1943. En 1950 emigró a los Estados Unidos y cinco años después aceptó la invitación del oceanógrafo Roger Revelle de trabajar en la determinación de los niveles de CO2 que eran absorbidos por las masas oceánicas. Suess aplicó las técnicas de detección del isótopo radioactivo del carbono – 14 para abordar este problema. Sus resultados fueron piezas claves para las publicaciones que junto a Revelle  se consideran pioneras en la aclaración de la acumulación del CO2 en la atmósfera del planeta, responsable de uno de los problemas medioambientales contemporáneos: el calentamiento global. [18]       

Apenas un mes más tarde, más de 100 líderes de gobierno participan en el Encuentro de Río conocido como la Cumbre de la Tierra. Allí un consenso fue alcanzado sobre la necesidad de integrar el desarrollo económico a la protección medioambiental en el objetivo de lograr un desarrollo sustentable [19].

 

En diciembre de 1997, más de 160 naciones asisten a la ciudad de Kyoto para negociar las limitaciones sobre las emisiones de los gases de invernadero por parte de las naciones desarrolladas conforme a los objetivos de la Convención sobre Cambio Climático de 1997. El Protocolo de Kyoto anuncia el compromiso de las naciones poderosas a limitar sus emisiones hasta los niveles emitidos en 1990. Los inicios del nuevo milenio eran testigos de la no ratificación del Protocolo de Kyoto por precisamente dos grandes, que “ven amenazados su desarrollo si no se prevén limitaciones en las cuotas de emisiones de los países en vías de desarrollo”, los Estados Unidos de América y la nueva Rusia [20]. 

 

Otro problema ambiental que experimenta el planeta y que fuera advertido ya a fines del pasado siglo es el causado por las precipitaciones ácidas. En 1872, el doctor Robert Angus Smith (1817- 1884) fue el primer climatólogo en el mundo  en identificar la lluvia ácida y sus peligros. Smith organizó una campaña para la prohibición del uso de los combustibles que produjeran la niebla conocida como smok. Su libro “Acid Rain: The beginnings of Chemical Climatology” tuvo el valor de representar el inicio de una labor educativa por forjar una conciencia sobre los riesgos de emplear los combustibles responsables de la lluvia ácida [21].

 

El origen de las lluvias ácidas está directamente relacionado con la actividad industrial. El descenso registrado en el pH de las precipitaciones, que se sitúa entre 5,8 y 6,0,  coincide con la revolución industrial, el advenimiento de la máquina de vapor de Watt  y un aumento considerable en la combustión de diferentes carbones. Hacia 1955 el promedio del pH de la lluvia se desplaza hacia 5,6 lo que se califica de descenso espectacular y concuerda con el notable aumento de la actividad industrial en el mundo desarrollado de la posguerra. 


 

  

La primera noticia alarmante se dio a comienzos del setenta cuando en Escocia, al norte de la tierra natal del fundador de las ideas sobre las lluvias ácidas, el doctor Robert A. Smith, se reportó precipitaciones con un índice de acidez comparable al del vinagre.  El mecanismo de formación de las lluvias ácidas quedó aclarado poco después, en 1975. Las investigaciones realizadas en los glaciares de Groenlandia demuestran inobjetablemente que hace unos 500 años el pH oscilaba entre 6 y 7 (el índice de acidez de una solución neutra se corresponde con un pH de 7), es decir a mediados del milenio anterior la lluvia era sólo ligeramente ácida. La opinión pública ha sido informada. 

La voluntad política de los países con la máxima responsabilidad por este grave trastorno de un ciclo de precipitaciones que ha sustentado al planeta durante millones de años está preñada de fariseísmos.  


La comunidad científica viene gestando  los contornos de una Química del Medio Ambiente, que exige del concurso de otras disciplinas de la Química, en particular de la Química de los radicales libres, la Cinética en cuanto demanda del desarrollo de nuevos sistemas catalíticos, y la intervención de las técnicas de análisis más refinadas y fiables. Será necesario un financiamiento y el desplazamiento de recursos para una política de monitoreo y de búsquedas de soluciones a los problemas industriales y del  transporte.

 

La creciente preocupación de los círculos científicos por el manejo que hacen los políticos de los problemas medioambientales llevó a la fundación de una “Unión de los Científicos Preocupados” que en carta abierta firmada por más de 20 laureados con el premio Nóbel acusó al Gobierno de EEUU de estar manipulando el sistema científico asesor para evitar los consejos que puedan ser contrarios a sus intereses políticos. Los autores también apuntan la existencia de evidencias que muestran cómo la administración restringe las declaraciones que los científicos realicen sobre aspectos que pudiesen despertar cierta polémica. De este modo, aseguran que se ha censurado por lo menos un estudio sobre el cambio climático, y que se han manipulado los resultados de las emisiones de mercurio por parte de las centrales eléctricas. A escasos doce meses de su fundación el listado de personalidades científicas que apoyan la gestión de esta Unión se ha multiplicado y suman 48 los galardonados con el Nobel que han expresado su adhesión a este movimiento de hombres de ciencia comprometidos con los problemas de su tiempo [22].

 

En suma, la Química del siglo XX intervino de manera contradictoria en la época del desarrollo creciente y múltiple de los problemas ambientales desatados por la actividad del hombre. 

 

Proveyó a la agricultura con los fertilizantes nitrogenados requeridos para producir más alimentos para una población creciente y su uso irracional provocó la contaminación de las aguas y la eutrofización de embalses, ríos, lagos, y mares litorales. 

 

Proporcionó para proteger las cosechas y para desarrollar las campañas sanitarias los productos insecticidas que incrementaron los rendimientos agrícolas y erradicaron enfermedades transmisibles y al mismo tiempo promovieron un problema de incalculable impacto ecológico. 

 

Suministró productos según la demanda de diferentes tecnologías y necesidades industriales y generó contaminación atmosférica, de las aguas y de la tierra, produjo una masa impresionante de residuos sólidos no biodegradables, y causó el deterioro del escudo protector estratosférico de ozono.


 

 

Un pionero en el combate por preservar al planeta de la contaminación provocada por los ensayos nucleares y el peligro de extinción del género humano por el empleo de las armas nucleares, el único químico que asiste a la Primera Conferencia de científicos nucleares realizada en Pugwash, Nueva Escocia, se llama Paul M. Doty y su larga vida comprometida con la causa de la paz lo lleva ya en el siglo XXI a apoyar la “Unión de los Científicos Preocupados”, movimiento que se levanta por la aplicación de políticas que contribuyan a la solución de los graves problemas ambientales de la época. Desde la década de los cincuenta, Doty torna inseparable su carrera profesional en la Universidad de Harvard, donde a lo largo de más de 40 años funda el Departamento de Bioquímica y el de Biología Molecular, con su intensa actividad por la paz que lo lleva a organizar en 1974 el Centro para la Ciencia y los Asuntos Internacionales. Su fecundo recorrido por la investigación científica lo hace cofundador en 1945 del Journal of Polymer Science y en 1959 aparece entre los patrocinadores del Journal  of Molecular Biology. [21]

Imagen: bcsia.ksg.harvard.edu/person.cfm?item_id=148&ln=full&program=CORE

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *