La presencia de todos esos años de gente

Con la presencia del presidente Arturo Frondizi, el 23 de junio de 1960 se inauguraba el monumento a San Martín en el Parque Montsouris de París, ubicado en un extenso predio del sur de la ciudad por el que atravesaba el camino que el viejo general debía recorrer para ir desde su residencia en la calle Saint-Georges hasta su casa de campo. En ocasión de la ceremonia, el escritor y teórico francés André Malraux pronunció un discurso en el que mencionaba las lecturas de Epicteto del libertador de América, conjeturó una huella de la Marsellesa en su imaginación política, y le adjudicó la mayor grandeza deparada a los hombres: “olvidar el poder”.

En el Parque de Montsouris transcurren asimismo entrañables escenas de la novelaRayuela de Julio Cortázar y sólo el Boulevard Jourdan lo separa de la Cité Universitaire, creada tras la Primera Guerra Mundial por decisión parlamentaria como espacio de intercambio intelectual, de amistad cultural y de paz entre los pueblos.

Un grupo de intelectuales de Buenos Aires, entre ellos el escritor Adolfo Bioy Casares y el historiador Carlos Ibarguren, concibieron la idea de formar un núcleo argentino en París, que en pocos años sería plasmada con la creación de la Casa Argentina en la Ciudad Universitaria. Desde su inauguración en 1928 durante la presidencia de Alvear –gracias a una donación de Otto Bemberg que permitió la construcción del pabellón residencial–, miles de estudiantes de todo el país han encontrado allí morada para cursar sus estudios en universidades y centros científicos franceses, y ha sido escenario fundamental en la historia de la cultura argentina en París. Por fortuna, esa historia acaba de ser recogida en una investigación realizada por Alejandra Birgin –actual directora de la Casa–, Andrés Freijomil y Maya González Roux en el libro Escenas de la memoria. La Casa Argentina de París en la voz de sus antiguos residentes (1928-2011).

Al comenzar la guerra en 1939, el pabellón de la Fundación Argentina fue puesto a disposición del gobierno francés para ser usado como hospital militar, y arrebatado por la Kommandatur alemana durante la ocupación de París entre 1940 y 1944. Tras la liberación sería ocupada por el ejército norteamericano; cuando fue restituida al gobierno argentino en septiembre de 1945 la Maison de l’Argentine se hallaba devastada en su interior y destruidos todos sus archivos y documentos –además de muebles y objetos–, por lo que la tarea de reconstrucción histórica de los primeros diez años dispone de escasa información –entre la más relevante ha podido establecerse que el Premio Nobel de Medicina 1947, Bernardo Houssay, visitó la Casa en 1938, y unos pocos datos acerca de los primeros residentes becados por el gobierno argentino.

Tras el viaje a París de Eva Perón en 1947 se dispuso la adjudicación de un millón de pesos para la reparación del edificio deteriorado en la guerra, que sería reabierto en diciembre de 1948. Entre los primeros residentes tras la reapertura se hallaban el director teatral Cecilio Madanes (amigo, entre otros, de Braque y de Cocteau); un jovencísimo León Rozitchner, que había llegado en el buque Philippa junto a la escritora y crítica Marta Traba; la bailarina Cecilia Ingenieros (pocos días antes de partir de Buenos Aires le había confiado a Borges el argumento de Emma Zunz); la escritora Elvira Orphée (amiga del escultor Eduardo Chillida, entonces residente en la Casa de España); Julio Cortázar (vivió durante cuatro meses en la habitación 40 del tercer piso; hoy la Biblioteca de la Casa lleva su nombre); el músico Ariel Ramírez y el historiador Tulio Halperín Donghi, llegado a París para estudiar con Fernand Braudel, entre otros.

Los años pasaron en calma; con su hospitalidad discreta, la Maison de l’Argentine albergó a otros habitantes. El filósofo Conrado Eggers Lan, cuyas traducciones de Platón nutrieron a varias generaciones de estudiantes, llegaba a la Casa en 1956 tras un tiempo de trabajo con Gadamer en Alemania. La pedagoga Olga Cossettini, el artista Gyula Kosice (poco tiempo atrás fundador del Movimiento Madí), el recordado lingüista Luis Prieto (que hasta su muerte ocupó en Ginebra la Cátedra de Lingüística General fundada por Saussure en 1907), escritores, críticos y artistas como Manuel Puig, Sylvia Molloy, César Fernández Moreno, Arnaldo Calveyra, Bruno Gelber, Ivonne Bordelois o Alberto Greco, entre tantos otros, albergaron allí sus días y sus noches.

Desde la guerra y por más de veinte años la vida en la Casa transcurrió en una tranquila normalidad. Mayo del 68 trajo la excepción y la fiesta. En sintonía con toda París, la Ciudad Universitaria se convulsionaba e interrumpía sus rutinas: la Casa de España sería ocupada por estudiantes antifranquistas –quienes atestaron sus muros de leyendas políticas–, en tanto que la Casa Argentina era tomada –y bautizada con el nombre “Pabellón Che Guevara”– por una parte de los residentes y un grupo de artistas e intelectuales argentinos y de otros países. Entre ellos Julio Cortázar, el bandoneonista Alejandro Barletta, el artista plástico Antonio Seguí, el pintor chileno Roberto Matta y muchos otros. La leyenda cuenta que durante esos días extraordinarios, entre sus paredes se escucharon improvisadas conferencias de intelectuales como Jean-Paul Sartre o Nathalie Sarraute. Un comité de apoyo a la ocupación sesentayochesca de la Casa Argentina (cuya declaración se encuentra en su archivo) contaba con todos ellos entre sus miembros, además de Jean-Luc Godard, Michel Leiris, Marcel Bataillon, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Mario Vargas Llosa… La Maison de l’Argentine se había convertido en una usina cultural de contestación política, en un taller de arte espontáneo, en una asamblea permanente de discusiones radicales. En ese clima, Seguí y Matta pintaron un “fresco-panfleto” contra la dictadura de Onganía que ocupaba una de las paredes de la sala mayor; llevaba por título General: la patria agradecida, 1810-1968 y mostraba un caballo que hacía volar por el aire a un militar. Cuando todo volvió a la normalidad, los revoltosos fueron expulsados, el fresco tapado con una capa de pintura y la casa cerrada durante varios meses.

No siempre la Casa de París fue una fiesta. Durante la última dictadura personal de inteligencia vigilaba rigurosamente el movimiento y las actividades de los residentes, quienes al estallar la Guerra de Malvinas fueron conminados a salir por la ciudad a pegar afiches y pintar consignas de propaganda argentina. Recuperada con el país en 1983, la Casa es hasta hoy un espacio democrático al que llegan estudiantes de todas las condiciones, albergados por una edificación de origen aristocrático que no ha perdido su impronta de recato señorial.

En ella se escucharon conferencias memorables. En una escala parisina durante su viaje de vuelta, el socialista Guillermo Estévez Boero disertó en la Casa sobre la situación en China, donde había sido invitado en 1960 como presidente de la FUA; el escritor Ernesto Sabato, el historiador José Luis Romero, el músico Atahualpa Yupanqui transmitieron allí mismo la cultura argentina a estudiantes de todos los países; las Madres de Plaza de Mayo develaban el horror en una conferencia del año 1986; también, una fría noche íntima de 2005, en la acogedora Biblioteca abierta a cualquier hora, el sociólogo Horacio González habló de los últimos días de Mansilla en París.

Las casas duran más que la gente. Tal vez la que pasó por la que está en el boulevard Jourdan delinea una imaginaria república del arte, las letras y la ciencia en la que quisiéramos vivir. Quien entra en el pabellón argentino de París es misteriosamente tocado por la invisible presencia de todos esos años de gente.

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