La posición de Jesús de Nazaret ante el divorcio

Veamos ahora el texto evangélico. Tomamos como representativo de la situación original Mc 10,2-9[15]. ¿Cuándo y cómo “separa” el hombre lo que Dios unió? ¿Qué significa y cuál es el alcance de ese “Dios unió”? ¿Estaba Jesús promulgando una ley?

La visión de Jesús sobre el tema del divorcio no era idéntica a la de los maestros judíos; por eso está en el NT. ¿Cuál era la diferencia? Por lo pronto, Jesús se alejó de la concepción jurídica (lo permitido, lo mandado) propia del judaísmo, y remitía a una visión no legalista: la del Genesis. Implícitamente rechazaba la idea de dominación sobre la mujer. (Notar que se cita la creación según Gen 1,27, no según Gen 2,22).

Parte de la cultura son las ideas religiosas propias de un pueblo, que se manifiestan en costumbres. Así, Dt 24 permitía al hombre divorciarse por cualquier motivo calificado como comportamiento impropio (‘ervah), lo que podía entenderse ampliamente, como lo hacía la escuela de Hillel, hasta incluir cuestiones de cocina. Esto ponía a la mujer a merced del capricho del hombre, y se prestaba a legalizar la calificación de falta grave en la mujer a lo que era intrascendente, lo cual atentaba contra su honor y el de su familia. Por eso se aclara en Mc 10 que eso “lo escribió Moisés por la dureza de su corazón” (v. 5). Pero antaño, ¿cómo entendía el judío el Genesis en relación al matrimonio? Una idea nos la da la oración de Tobías: “Tú mismo creaste a Adán y para él creaste a Eva, su mujer, para sostén y ayuda, y para que de ambos proviniera la raza de los hombres. Tú mismo dijiste: ‘No es bueno que el hombre esté solo; hagámosle una ayuda semejante a él’. Yo no tomo a esta mi hermana con deseo impuro, mas con recta intención. Ten piedad de mí y de ella, y que podamos llegar juntos a nuestra ancianidad” (8,6s). La razón de ser de la creación de la mujer es la procreación (Gen 1,27s) y que sea compañera del hombre (Gen 2,18ss). Pero, hay circunstancias en las que ella claramente deja de ser compañera, como sucede cuando le es infiel o cuando lo deshonra. El deseo de Tobías era que “podamos llegar juntos a nuestra ancianidad”, lo que por cierto dejaba abierta la posibilidad de que no fuera así.

¿Qué entendían los judíos por “lo que Dios unió” (expresión ausente en el Genesis)? El atractivo del varón hacia la mujer, que le motiva (¡a él!) a dejar a sus padres para ser “una sola carne” con ella (Gen 2,24). Esta expresión es una referencia a la unión sexual, con la cual se sella el matrimonio. A la base hay una idea determinista, que se contrapone a la idea de lo que el hombre ha unido de alguna manera con carácter legal[16]. Es una idea hoy teológicamente descartada, pues contradice la libertad del ser humano. Recordemos que el matrimonio era un contrato entre familias, sin consideraciones afectivas por parte de los novios.

En la crucial sentencia “no lo separe el hombre”, anthrôpos/ha’adam, se refiere al ser humano en general, no sólo al esposo. En aquella sociedad el varón era visto más como macho que como esposo, y se esperaba que juegase ese papel –por eso se le condescendía fácilmente la infidelidad, no así a la mujer–. Jesús presenta un imperativo moral: ¡no lo separe! (mê jorizetô; no dice “si se ha separado”, o “si se separa”), imperativo que constriñe a no ir en contra de la intencionalidad divina al crear a la mujer para que sea compañera del hombre, y por tanto éste con la obligación de tratarla como tal. Sabiamente, Jesús deja abierta la cuestión de las situaciones en las que es imperativa la separación en aras del bien mayor, como el honor de la familia al romper el vínculo por el adulterio de ella (Mt 19,9)[17]. Lo que no se admite es la separación evitable, “por cualquier motivo”. No era pues una sentencia jurídica, es decir no se refería al divorcio[18], sino a la fidelidad entre hombre y mujer. La expresión «¡no lo separe!» implica que sí es posible la separación –por eso contemplada- pero que debe evitarse llegar a una situación que haga inevitable la separación.

¿Qué causal, que no sea “por cualquier motivo”, podría haber? Tiene que ser una que lo justifique, como el atentado contra el honor –que ocasione vergüenza, que atenta contra la respetabilidad del hombre-. Tal sería precisamente el adulterio o una conducta impropia de una mujer casada en el área sexual. Jesús no habla de motivos o causales serias, que se sobreentendían como válidas –por eso Mateo, que escribe para un público de arraigo judío, especificó para los que no son de raíz judía: “excepto en caso de porneia”. Mateo habla de porneia, no de adulterio, moicheia; porque el adulterio era de por sí punible con lapidación, o el divorcio en tal caso era necesario en aras del honor, con lo que abre el abanico, pero siempre dentro de la misma esfera de la sexualidad impropia[19]. ¿Qué entenderían los lectores de Mateo bajo porneia? Ciertamente lo que tiene que ver con sexualidad en su sentido común amplio. Se resuelve así el dilema si porneia es adulterio, unión ilegal, u otra cosa. Marcos no se pronuncia, limitándose a descartar que en principio sea legítimo el divorcio –lo que no descarta motivos serios-.

En resumen, la visión jesuánica del matrimonio no es la tradicional de un contrato entre familias, ni de defensa de derechos del varón; no es jurídica, por eso en su mente no hay lugar para casuísticas. Su visión se inspira en Gen 1, por eso es con sensibilidad humana y no avala sumisiones asimétricas como las de Dt 24. Jesús toma con absoluta seriedad la “dignidad” de las personas, que es una constante en su conducta. De hecho, su descalificación de Dt 24 como norma incluye una implícita defensa de la dignidad y la honorabilidad de la mujer, y es eso probablemente lo que primaba en la mente de Jesús. No es voluntad de Dios que ella esté sujeta al capricho del varón. La suya es una visión existencial, no legalista, que apunta a un ideal de vida.

Ese es el sentido que expresa la advertencia que sigue, “en la casa”: “El que despide a su mujer y se casa con otra comete adulterio contra aquélla” (Mc 10,11). Sorprendentemente, contra la costumbre y las apreciaciones de su tiempo, se califica de adúltero al hombre –no a la mujer-, cosa que el judío no hacía[20]. Relaciones con una prostituta no es adulterio, no la deshonra a ella. Y si él se divorcia, puede casarse de nuevo pues no comete adulterio contra nadie. En el matrimonio, sólo la mujer podía cometer adulterio, pues ella podía deshonrar al marido –pero él no la deshonraba si se acostaba con otra mujer; a lo sumo deshonraba al marido de una mujer casada, no si ésta no está casada-. Jesús entiende que el honor se aplica también a la mujer, y por eso el marido la deshonra al divorciarla y es calificado de adúltero.

Es una exageración exhortar a sacarse el ojo o cortarse la mano si son causa de escándalo; también lo es calificar de adulterio el hecho de desear la mujer ajena (en Mt 5). Y el modo de hablar, en cuanto a su forma literaria, es el mismo en todos estos casos: no es legislación[21]. Jesús no legisla. Mediante este lenguaje hiperbólico[22] se le está acusando al varón de ser responsable de la desgracia de la mujer al repudiarla; es una injusticia contra ella. Al calificar de adúltero al varón que la divorcia, pone en evidencia la seriedad de la falta cometida, lo injusto de su acto: le es gratuitamente infiel. Implícitamente, para Jesús el honor corresponde no sólo al varón, sino también a la mujer, y por eso el que la divorcia injustamente, la deshonra. El que despide injustamente a la mujer, la trata como adúltera: vulnera su honor y el de su familia. Se daba por asentado que el adulterio permitía el divorcio (Mt 19,9), inclusive obligaba a ello en aras del honor de la familia. Tengamos presente que el divorcio legalmente permitía las nuevas nupcias, por eso se daba por supuesto que el que divorcia a la mujer lo hace para casarse con otra[23]. Es esto en sustancia lo que se recusa: el divorcio para casarse “con otra”[24], que tome el lugar de la anterior.

Al ser “expulsada” la mujer necesitaba reconstituir su honorabilidad y contar con el sustento y la protección que da el varón, por eso normalmente se volvía a casar. Ahora bien, si la divorciada se vuelve a casar, al ser ilegal un divorcio “por cualquier motivo”, el marido carga con la responsabilidad del adulterio que ella comete “legalmente” al casarse de nuevo, como se lee en la cláusula añadida en Mc 10,10-11 par., que expone las consecuencias: el primer marido “comete adulterio contra ella”. Si la divorcia por adulterio, como Mateo indica expresamente, era legítimo. Pero si el hombre se divorcia para casarse con otra, no lo es, por eso la cláusula “y se casa con otra”.

Como vemos, el tema para Jesús de Nazaret no era el divorcio en sí, su legitimidad, en principio. No había idea de una especie de indisolubilidad inalterable. Ningún contrato –y el matrimonio era entendido así— es indisoluble. Para Jesús el tema era la dignidad de la persona que es víctima de la imposición caprichosa, del abuso de otro: divorcio “por cualquier motivo”, como lo explicita el texto de Mateo –que, además, era discutido entre rabinos, sobre lo cual podrían bien haber pedido el parecer de Jesús: ¿es legítimo divorciar “por cualquier motivo”?—. Como en muchos otros textos, Jesús sale en defensa de la parte débil, las víctimas de la discriminación, la marginación (la divorciada es repudiada, rechazada, ¡tratada como un leproso!).

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