La poesía y nosotros: un aprendizaje necesario

Hace unos meses, una pedagoga europea de renombre mundial estuvo disertando entre nosotros acerca de las dificultades actuales de la enseñanza secundaria, y como remate de su presentación terminaba preguntándose: “¿Conviene enseñar poesía en las escuelas?”. Como respuesta a este interrogante, quisiera delinear aquí algunas reflexiones acerca del significado de su enseñanza. Quienes tienen el propósito y la tarea asignada de enseñar poesía en la escuela deberían ser conscientes ante todo del privilegio muy alto y de la oportunidad casi única que esta situación representa. Estar cerca de la poesía y asistir a su interacción con chicos y jóvenes de una generación siguiente a la nuestra, es estar en presencia del centro mismo de la lengua, el baile viviente, la alegría, el centelleo, el aleteo de la lengua en su diálogo con el futuro. Si la lengua es el don de la especie, es en la emisión y la escucha de la poesía donde este don se despliega en todo su esplendor, como una bendición. Administrar de algún modo y compartir esta bendición en nuestro grupo creo que puede considerarse, sin excesivo lirismo, una de las tareas más gratificantes de la existencia.

La dificultad consiste en que la poesía es considerada por muchos docentes como una suerte de injerto complejo dentro del programa clásico de Lengua y Literatura, algo que puede desubicar y desconcertar por su naturaleza y extrañeza a los estudiantes. En parte, esto se debe al hecho de que actualmente en nuestra sociedad se ha ido marginando y acorralando cada vez más a la poesía, hasta volverla prácticamente invisible: un ave rara cuando no ridícula, que nos intimida en el mejor de los casos y nos rechaza en otros. Ensayistas y novelistas ocupan un lugar relativamente conspicuo en las editoriales y aun en los medios; mucho menor es el lugar y la difusión reservada a la poesía y a los poetas, porque de todos los géneros existentes, la poesía es la que menos se presta a la manipulación y al consumismo que muchas veces caracterizan a una literatura que se orienta y se explota según las leyes del mercado. Como dice la escritora Dolores Etchecopar, hay otros géneros para expresar ideas, sentimientos y experiencias de vida. Sólo la poesía trastoca y nos trastorna, tocada por la gracia que es la alegría del lenguaje cuando deja de tener un fin utilitario, cuando irradia la presencia y no el significado de las cosas. Quizá por eso parece difícil y oscura, porque exige del lector el abandono de sus hábitos ideológicos, sentimentales y literarios, y la disposición a aventurarse en lo desconocido, como el amor y la fe.

Aquellos maestros que piensan en la poesía como un territorio ajeno son víctimas ellos mismos de una represión interna que les impide percibir que la poesía no es exterior a la facultad del lenguaje que todos poseemos, sino su centro mismo. No se trata de traerla, impostarla o imponerla desde afuera, sino de sacarla y abrirla desde adentro, y cuanto más joven es el estudiante, más inmediata y positiva es la respuesta. Cuando se advierte la creciente violencia que se viene dando en el paisaje escolar, no es difícil suponer que una de las causas –ciertamente no la única– de este peligroso incremento es la ausencia de un contacto íntimo de los adolescentes de nuestros días consigo mismos, que tanto carecen de la palabra o el discurso interior, colonizados por las nuevas técnicas de comunicación e información y alienados por una constante sobreestimulación que los prepara a ser exclusivamente consumistas o trabajadores a destajo.
Y COMO FENÓMENO ALTERNATIVO EN LAS GRANDES CIUDADES DE LA ARGENTINA, LOS SELLOS, LAS LECTURAS PÚBLICAS Y LOS GRUPOS DEDICADOS A LA POESÍA SE HAN EMPARENTADO CON OTROS MOVIMIENTOS JUVENILES LIGADOS A LA MÚSICA, LAS ARTES VISUALES Y EL TEATRO.

En muchos sentidos la poesía es una puerta de acceso a la vía emotiva, que tan central es en el desarrollo del adolescente, y lo ayuda a descargar y generar así, por identificación, contenidos que de otro modo se estancan, se agruman y acaban por explotar en agresiones de todo tipo. La emotividad de la que hablo está presente, por ejemplo, en un poema de Enrique Banchs que precisamente se llama “Balbuceo”, porque une lo muy hondo, lo muy vulnerable, lo muy elemental en un solo manojo de expresión emotiva sumamente intensa:
Balbuceo

Triste está la casa nuestra,
triste, desde que te has ido.
Todavía queda un poco
de tu calor en el nido.

Yo también estoy un poco
triste desde que te has ido;
pero sé que alguna tarde
llegarás de nuevo al nido.

¡Si supieras cuánto, cuánto
la casa y yo te queremos!
Algún día, cuando vuelvas,
verás cuánto te queremos.

Nunca podría decirte
todo lo que te queremos;
es como un montón de estrellas
todo lo que te queremos.

Si tú no volvieras nunca
más vale que yo me muera…;
pero siento que no quieres,
no quieres que yo me muera.

Bien querida que te fuiste
¿no es cierto que volverás?
para que no estemos tristes
¿no es cierto que volverás?
Este poema muestra, entre otras cosas, qué engañosa es la expresión misma “enseñar poesía”, porque aquí vemos cómo la poesía se enseña a sí misma, por sí misma. No puede transmitirse ni exhibirse con malabarismos pedagógicos, sino que se debe asistir a ella como a un espectáculo misterioso, maravilloso, en una actitud de silencio y de entrega. Todo lo que el docente debe hacer –pero no es poco– es crear el clima para que una poesía así llegue con toda su suavidad y su poder al corazón de los estudiantes, y les muestre cómo la palabra puede ir desnudando delicadamente toda esa congoja, cómo la puede ir recorriendo paso a paso, orientándola al diálogo y a la ternura. De esta manera es imposible que los alumnos sientan que la poesía es un discurso retórico, falsamente impostado sobre el discurso de su cotidianidad y su deseo. Por el contrario, la verán como una manera de articular y potenciar su deseo y su melancolía, y de darles cabida en su corazón de una manera memorable.

Una forma de irse acercando a la creación de una atmósfera que haga posible el confrontar este tipo de texto en la clase es buscar primero aquellas huellas de gestos semejantes en la experiencia misma de los chicos y los adolescentes. Yo sostengo que estos vestigios pueden encontrarse fácilmente en un género que todos ellos frecuentan con entusiasmo y sin excepción: la canción popular. Muchas veces existen entre esas letras –y es cierto que habrá que filtrar en el seno del gran cambalache cancionístico hasta encontrarlas– grandes resplandores poéticos, joyas de intimidad, imágenes deslumbrantes desde las cuales la poesía nos está reconociendo y aguardando. Tan cierto es lo que dice Lope de Vega: “Sepa quien para el público trabaja / que tal vez a la gente juzgue en vano / porque si dándole paja come paja / siempre que le dan grano, come grano”.

Pongo como ejemplo aquí al cantautor uruguayo, Jorge Drexler, que no sólo es conocido por haber ganado un Oscar con la canción que compuso para Diarios de motocicleta, sino por muchas otras canciones que he oído corear a grandes audiencias acompañándolo en sus recitales. La canción que les quiero citar tiene una ardiente actualidad y se titula “Milonga del moro judío”:
Por cada muro un lamento
en Jerusalén la dorada
y mil vidas malgastadas
para cada mandamiento.

Yo soy polvo de tu viento
y aunque sangro de tu herida,
y cada piedra querida
guarda mi amor más profundo,
no hay una piedra en el mundo
que valga lo que una vida.

Yo soy un moro judío
que vive con los cristianos,
no sé qué Dios es el mío
ni cuáles son mis hermanos.

La gracia, la fuerza y la actualidad de esta letra nos permiten, por ejemplo, saltar con naturalidad al gran cancionero de la Guerra Civil española, con los romances y poemas de Machado, Alberti o Hernández. O bien podemos vincular esta poesía sin mayor esfuerzo a los poemas y canciones de protesta de Violeta Parra, otra gran cantautora que está esperando el pedestal que le corresponde dentro de la poética latinoamericana. O con alguien que supo enlazar poesía y canción con temas solidarios, como nuestro gran Atahualpa Yupanqui, ese que nos recordaba que los argentinos como hermanos se reconocen en “el lejano mirar”.

La poesía, como vemos, se enlaza fácilmente con la protesta; como decía Gabriel Celaya: la poesía es un arma cargada de futuro. Y en sí misma, y aparte de su temática, ya es rebelión, porque la poesía es la negación del mercado editorial. Y como fenómeno alternativo en las grandes ciudades de la Argentina, los sellos, las lecturas públicas y los grupos dedicados a la poesía se han emparentado con otros movimientos juveniles ligados a la música, las artes visuales y el teatro. Pienso que nuestros adolescentes, que a veces parecen vivir aletargados por el conformismo y el consumismo que los rodea, necesitan estos chispazos de libertad que presenta la poesía para inspirar una crítica con respecto a la sociedad, una crítica mejor articulada y productiva que la que los conduce actualmente a atacar a sus propios compañeros o maestros. De algún modo, es una forma de expresión, solitaria pero solidaria, que pone a los estudiantes en contacto con la noción de la gratuidad de la cultura, es decir, la noción de una creatividad que no se mide por aplausos, competencias o dineros, sino por su propia plenitud.

Para volver a un punto anterior, acercar la poesía a los estudiantes a través de canciones tiene como beneficio el que estas canciones se memorizan fácilmente y no es raro encontrar gente –entre los mismos estudiantes o sus amigos o familiares– que se sabe estas letras en su totalidad. Es que la letra (la poesía) con música entra –no con sangre, como rezaba un anacrónico y sádico refrán–. El mandato de que no se debe enseñar poesía de memoria –en realidad, el mandato de que nada debe enseñarse de memoria– representa, en mi opinión, uno de los prejuicios más ridículos y contraproducentes de la historia de la pedagogía. Es la memoria, y es precisamente la memoria oral de los pueblos, el mantenimiento de las historias, leyendas, romances, lo que ha ido dando a los pueblos una identidad cultural consistente y poderosa, ya que esta tradición no es repetición pura o anquilosamiento, sino cadena inevitable e interminable de variaciones y reinterpretaciones.

Creo que en materia de selección de los textos de poesía, los maestros y profesores deben guiarse con plena libertad, según las modalidades y necesidades de la comunidad en la que se encuentran. Se puede ir pasando del conocimiento habitual de los alumnos y luego conducirlos a un clima de mayor extrañamiento –o viceversa, según el carácter mismo del grupo–. Hay poetas que se consideran difíciles o aun herméticos, y sin embargo un simple acercamiento a sus textos muestra con muy simples palabras cómo puede evocarse lo Otro, el sentimiento de lo absoluto y misterioso del mundo, en unas pocas líneas. Por ejemplo, este poema estremecedor de Alejandra Pizarnik:
Explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco, llevándome.

La enseñanza de la poesía en la escuela no puede disociarse de la difusión de la poesía en la sociedad: talleres, peñas, concursos, actividad crítica, editoriales. Muchas escuelas en Buenos Aires tienden lazos o programas extracurriculares en este sentido. Muchas invitan a poetas: prueba de fuego si las hay para auscultar la autenticidad del lenguaje y de la persona del poeta, ya que ningún disimulo o artificio retórico escapa al candor muchas veces brutal de los chicos y los adolescentes. Podemos reflexionar sobre estas y otras posibilidades amparados por esta cita de José Martí: “¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? La poesía, que congrega o disgrega, que fortalece o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe o el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues ésta les proporciona los modos de subsistir, mientras que aquélla les da el deseo y la fuerza de la vida”.

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