La pesadilla americana

Una imperdible muestra reúne a siete artistas de los Estados Unidos, en un revelador paneo sobre el pesimismo cultural posterior a los 50.Mucho antes que el espíritu de Bye Bye American Pie hiciera pie en las salas del Malba a través de las obras de Larry Clark, Nan Goldin, Barbara Kruger, Cady Noland, Paul McCarthy, Jean-Michel Basquiat y Jenny Holzer –siete artistas fundamentales del circuito internacional de los últimos veinte años que el curador Philip Larratt-Smith reunió en su interesante proyecto autoral–, ya habíamos tomado contacto con su nihilismo crítico a través de algunas películas de Jim Jarmusch o David Lynch. El cine, como es sabido, ha sido el gran diseminador de lo que se conoce de la cultura “americana” a escala global. Un gran propagador de lo más brillante y lo más oscuro que la atraviesa. Y acaso por eso mismo el derrotero de la exhibición del Malba, como así también la estructura del catálogo que la acompaña, mantienen estrecha relación con él. Así, ambos confrontan abierta o subliminalmente con el profuso imaginario que para bien o para mal contribuyó a la idea que el mundo tiene del todopoderoso imperio de Occidente. Sin embargo hay que admitir que nada de eso sirvió para atemperar la experiencia impiadosa que el conjunto ofrece al público. En especial la que emana de imágenes tan fuertes como las de la serie Tulsa, de Larry Clark, las de la Balada de la dependencia sexual , de Nan Goldin o de la monumental obra de Paul McCarthy, tan grosera y brutal como el personaje que encarna y multiplica: un gigante George Bush, convertido en triunfante Terminator que sodomiza cerdos.

Individualmente reconocidas en contextos diferentes, la mayor parte de estas obras ha sido reunida para evocar, en contundente paneo, el quiebre del gran sueño americano que en los años 50 fuera minuciosamente cincelado como objeto del deseo hacia adentro y hacia afuera. De allí que el título de la exhibición remita a “Bye Bye Miss American Pie”, célebre canción folk que popularizó Donald McLean a comienzos de los 70. Compuesta como homenaje a Buddy Holly, ídolo del rock de los 50, que murió junto a Ritchie Valens y Big Bopper en un accidente aéreo el 3 de febrero de 1959, consagrado por el autor como “el día en que la música murió”, la canción no tardó en revelar que era mucho más que eso. Los versos y giros metafóricos de “Bye Bye Miss American Pie”, mezcla de añoranza de un paraíso perdido y protesta por todo lo que se inculcó o se falseó, expresaban la creciente conciencia del quiebre de una era dorada. El desencanto que se desprende de sus múltiples referencias nostálgicas a los 50, cuando el rock irrumpió, liberador, en el gimnasio, la era de la pick-up Chevrolet o los tragos de los viejos muchachos en el bar, cuyos gustos empezaban a ser reemplazados por la música politizada de los Beatles y el rock inglés, puede ser interpretado también como un último intento de afirmación del orgullo americano. “Estábamos todos en un solo lugar / una generación perdida en el espacio / sin tiempo para volver a empezar”, decía la canción que fue uno de los grandes hits de los 70. No debiera resultar extraño que trepara a la cima de la popularidad en 1972, justo cuando las tropas americanas se veían forzadas a abandonar Saigón.

“Bye Bye Miss American Pie” es un emblema dramático de aquel momento en que todo se empezó a desmoronar. Y poco tiene que ver con la frívola interpretación que Madonna relanzó hace unos años al mercado. Es a los tiempos duros que se desencadenaron tras aquella versión original que remite esta exhibición. Y en un sentido la serie Tulsa de Larry Clark puede ser considerada la contracara de su nostalgia folk. Compuesta por cincuenta fotos en blanco y negro que fueron tomadas por Clark entre 1963 y 1971 (el año de aparición de “Bye Bye…”), Tulsa muestra el costado más turbio de esa good old country life (la buena vieja vida rural) de la pick-up Chevy.

“Nací en Tulsa, Oklahoma, en 1943. Empecé a inyectarme anfetaminas cuando tenía 16 años. Me inyecté con mis amigos todos los días durante tres años y después me fui de la ciudad. Pero he regresado a lo largo de los años. Una vez que la aguja entra nunca más vuelve salir”, escribió Clark en la introducción a esta serie cuando fue publicada en Nueva York por Grove Press en 1971.

Como en La balada de la dependencia sexual , de Nan Goldin, que también integra esta muestra, el artista se incluye. Es observador y a la vez protagonista, como buena parte de esa generación que le puso el cuerpo a todo. Alguien que desnuda su intimidad para enrostrar a quien se anime lo que implica la cultura de la droga, de la que como bien señala la presentación, nunca más se vuelve a salir.

Se ha dicho que Tulsa es heredera de Los Americanos , la serie de Robert Frank, que constituye un antecedente, uno de los primeros en los mismos 50 que se ocupó con afección del rostro menos lustroso del “sueño americano”. Y en verdad lo es, tal como es posible advertir en la exhibición que ha elegido deliberadamente un montaje no convencional: cada foto ha sido sostenida por alfileres, algo que refuerza la extrema fragilidad de lo que retrata, más allá de otras tantas interpretaciones.

La balada… de Goldin constituye un registro parecido, que es el de otra comunidad en similar situación existencial. Esta vez es Manhattan en los 80-90, más precisamente el Bowery, en el Lower East Side, antes de ser arrasado por el sida. Goldin construye allí el diario de una comunidad que no puede sobreponerse a la fatalidad que la acompaña: miseria, enfermedad, soledad, violencia. Todo eso desfila en la serie de imágenes que constituyen esta narración melancólicamente musicalizada que eligió como forma de presentación. Hoy convertida a video, la sucesión conserva en cada clic la referencia al dispositivo que originalmente sirvió a su proyección. Se diría que la pulsión de muerte y los propios impulsos sadomasoquistas de los sujetos involucrados es algo que conecta a ambas obras y coincide también con el rango de preocupaciones psicoanalíticas que movilizan especialmente al curador y sobrevuelan sus interpretaciones, aun a riesgo de tornarse reiterativas o dogmáticas.

Más distantes, realistas y sin duda mucho más activas, las intervenciones de Barbara Kruger y Jenny Holzer deslizan mensajes inesperados en circuitos de comunicación pública. Su intención es claramente disputar espacios que devinieron centrales desde los años 80. Kruger apela a la agresiva tipografía vanguardista europea de los años 30, que tan buenos efectos tuvo en la propaganda política, para lanzar reflexiones que enfrentan a los individuos consigo mismos. En tanto Holzer inserta subrepticiamente “truisms” (perogrulladas) en las líneas de carteles electrónicos de la calle o los colectivos que la gente lee mecánicamente sin tomar conciencia de ello hasta que se percibe víctima de su propia candidez.

La fuerza de la calle que irrumpió en el arte de los años 80 no sería comprensible sin la particular intervención de Basquiat y la impronta que dejó su militancia graffitera, cuando aún firmaba SAMO ( same old shit ) y su valoración de la cultura negra que trasladó eficazmente a las telas, como se puede apreciar aquí. Cady Noland aporta lo suyo en este mismo sentido con sus assemblages serigrafiados en aluminio, que registran otra versión de la historia que nos suelen contar a través de desechos. Pero seguramente nada de mayor impacto para completar este cuadro del pesimismo cultural americano, que al decir del curador “fusiona el impulso sexual y el impulso de muerte”, tan propio, que “Train”, la gran escultura mecánica que encarna dos representaciones de George Bush, precisamente computarizadas para producir violentos movimientos regulares. Todo un esfuerzo de producción para el horror, acaso sólo posible en ese país.

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