La personalidad de Cristóbal Colón

Convencido de que la Divina Providencia le guiaba, Colón emprendió su viaje a las Indias con el afán de convertir a los indígenas, pero también movido por la obsesión de hallar toda clase de riquezas.

Convencido de que la Divina Providencia le tenía reservado el descubrimiento de las Indias, Colón emprendió su viaje espoleado por el afán de convertir a los nativos y de hallar oro suficiente para poder arrebatar Jerusalén a los musulmanes. Fueron muchas puertas que se cerraron a Cristóbal Colón en diferentes cortes europeas antes de 1492. Su empeño en obtener apoyo político y financiero para sus empresas de exploración fracasó. Pese a toda una década consagrada a las actividades marítimas en Portugal, no alcanzó los favores de sus monarcas, los reyes de la casa de Avis. Por eso mismo, cuando expuso su proyecto ante los Reyes Católicos cuidó hasta el último detalle. Movió eficazmente los hilos de sus amistades entre los aristócratas, cortesanos y religiosos castellanos, pero sobre todo intentó concretar con argumentos convincentes su propuesta de llegar a Asia navegando hacia occidente, y lo hizo a partir de tres cuestiones: los beneficios espirituales que la propagación del cristianismo reportaría a la Corona, las riquezas que podría proporcionar el control de un acceso directo a Asia (la tierra del oro y de las especias) y, por último, los fundamentos científicos del viaje, que descansaban en el saber de los grandes cosmógrafos. ¿Qué acabó pesando más en la apuesta de los Reyes Católicos por aquel enigmático marino: la fe o el dinero? Quizás el primer motivo influyó más en la reina Isabel y el segundo en el rey Fernando. En cualquier caso, los monarcas no se equivocaron. En el siglo siguiente, gracias a Colón, la Cristiandad amplió su extensión y el número de sus fieles. Y los costes directos de la empresa colombina fueron exiguos frente al oro y la plata que acumuló el Imperio español. Pero el tercer motivo esgrimido por Colón en beneficio de su proyecto -su base científica- fue más discutible y despertó numerosos recelos. En ocasiones, el marino fue tomado como un «presuncioso sin ciencia»; un vendedor de humo «que todo era un poco de aire y que no había razón». Lo cierto es que los argumentos científicos que esgrimió resultaron totalmente erróneos, pues las conjeturas geográficas sobre las dimensiones del planeta no contaban con la gran masa continental del Nuevo Mundo. Y, sin embargo, lo que resulta especialmente apasionante es que Cristóbal Colón depositara una esperanza ciega en estos cálculos optimistas. A todo lo expuesto no fue ajeno su profundo convencimiento de ser un mero servidor de Dios al que le estaba reservado un destino providencial, aspecto de la personalidad del Almirante que se suele pasar por alto. La figura de Cristóbal Colón parece surgir de la nada. Los primeros años de su vida permanecen en la incertidumbre y los historiadores siguen debatiendo sobre su lugar de nacimiento y sus orígenes familiares. La tesis de su naturaleza genovesa es comúnmente aceptada, así como la de una adolescencia marcada por sus viajes desde Génova como corsario o mercader de fortuna a lo ancho del Mediterráneo. Pero siempre ha acabado pesando la voluntad del propio Colón, que quiso ocultar sus años de juventud. Quería distanciarse de sus orígenes humildes y dejaba caer insinuaciones sobre su ascendencia aristocrática, hasta el punto de presumir de no haber sido «el primer almirante de su familia». Tanto su hijo Hernando como el fraile dominico Bartolomé de las Casas, sus primeros biógrafos, acentuaron los argumentos científicos que sustentaban el proyecto de Colón. Subrayaron las medidas del globo terráqueo aportadas por el navegante a partir de autoridades clásicas de todas las épocas (desde el griego Estrabón al contemporáneo Paolo Toscanelli), y también fueron muy prolijos en detallar todos los indicios materiales que hicieron sospechar a Colón la situación de Asia a poniente, recogiendo las noticias que poseía el navegante sobre maderas esculpidas con extrañas figuras humanas y sobre canoas que las grandes tempestades habían arrastrado a la deriva desde el interior del océano. Esta avalancha de información de caráctertécnico condujo con el tiempo a presentar a Colón con rasgos propios de los grandes exploradores de los siglos XIX y XX. La riqueza material prometida a los Reyes Católicos guardaba relación con el otro argumento esgrimido por Colón en apoyo de sus proyectos. El Almirante siempre estuvo convencido de ser un instrumento de la Divina Providencia: navegó hacia el Extremo Occidente para llegar al Extremo Oriente en un viaje profético, puesto que afirmaba haber recibido de Dios los conocimientos marítimos necesarios para emprenderlo. Estos conocimientos y la riqueza que Colón esperaba hallar al cabo de su viaje servían a su misión, a un trayecto que resumía la historia bíbilica de la humanidad -su comienzo y su final según las Escrituras-. Al este se encontraba el Paraíso, el origen del mundo, según cuenta el libro del Génesis; en el centro del mundo estaba Jerusalén, donde Jesús murió y resucitó, según refieren los Evangelios, y al oeste se hallaba el fin del mundo, el cielo y la tierra nuevos anunciados en el libro del Apocalipsis. El viaje de Colón, pues, no llevaba sólo a las Indias: «Es a mí a quien Dios había elegido como su mensajero -declara-, al mostrarme dónde se encontraban el nuevo cielo y la nueva tierra de que el Señor había hablado por boca de san Juan en su Apocalipsis, y de que antes había hecho mención Isaías».

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