LA PERSONA COMO MOTIVO DE UNIDAD

La escuela católica, por fidelidad a la misión recibida de Cristo en la Iglesia (y los religiosos y religiosas educadores por fidelidad, además, al carisma que da sentido a su consagración a Dios y a su servicio al hombre), debe asumir una clara identificación evangelizadora, es decir, la dedicación a una definida acción pastoral-educativa cuyo fundamento es el Señor.
El cumplimiento de esta misión exige, de parte de la escuela católica, una incesante predisposición a mejorar tanto la calidad pedagógica como la profundidad del testimonio evangelizador. El resultado será la síntesis entre fe y cultura, entre fe y vida.
El ambiente educativo ha de ser tal que los maestros unidos entre sí y con los alumnos por la caridad e imbuidos de espíritu apostólico, den testimonio, tanto con su vida como con su doctrina, del único Maestro, Cristo.
La Pastoral Educativa en nuestros institutos católicos concierne a todos los educadores: directivos, docentes, auxiliares y padres de familia. Aunque la catequesis en sus diversas modalidades informa toda la escuela, es deber de todo educador y no sólo de los catequistas el dar testimonio de su fe y de su capacidad profesional en síntesis dinámica.
Nos corresponde un decidido esfuerzo para que esta responsabilidad sea debidamente asumida por todos los que forman la comunidad educativa.
Por cierto que conformar, sostener, consolidar una comunidad educativa es complejo. Y también es muy cierto, que es más fácil hablar desde el papel que desde la realidad del aula.
Las contradicciones del año pasado nos han dejado un poco maltrechos y con las comunidades fisuradas. Se ha sentido y se presiente como un malestar ad intra en el cuerpo docente, brazo derecho de toda escuela. Y reconozco que en muchos casos hay razones valederas.
Pero pertenecemos a la escuela católica y los católicos tenemos que hacer un esfuerzo particular por retomar caminos de unidad y de integración con los que podamos sostener el espíritu de un país que sigue avanzando hacia una disgregación de difícil retorno.
Se requiere diálogo, afecto por lo nuestro y por los nuestros. Se requieren acuerdos y respeto por los acuerdos pactados. Se requiere una unidad basada en principios interiores o en corazones religados.
Se hace imprescindible volver al camino de una normalidad en el diálogo. Desde la manera en que dialogamos hasta la forma en que resolvemos problemas institucionales o de relación entre personas.
Es probable que tengamos que llegar a pensar que el otro tiene razón. Que es conveniente hacer lo que el otro sugiere. El pensamiento de que estamos de la manera en que estamos o de haber llegado a tal o cual situación, porque “otro” y no cada uno de nosotros, tiene la culpa, se ha agotado.
Tal vez esta problemática no es nueva en nosotros y desde los comienzos de nuestra historia independiente se daba en el corazón de los primeros patriotas. Quizá nos ha adormecido una cierta inercia provocada por diversos y múltiples factores y estemos más dispuestos a esperar todas las cosas como desde arriba. O como desde afuera.
Algo de lo que podemos estar seguros y hemos sostenido en este mismo espacio editorial, es que ya en esos primeros tiempos de nuestra patria se vislumbraba un estilo que los años terminarían demostrando que anidó fuerte en la incipiente nación.
Al releer la historia nuestra con tantos cambios en poco tiempo, con tantas dificultades de orden relacional, podemos caer en la tentación de la duda o en el escepticismo respecto de la posibilidad de encuentro entre argentinos.
Pero desde este espacio sostenemos, a riesgo de ser reiterativos, que es posible lograr acuerdos, es posible dialogar, vivir como hermanos y es posible una comunidad política en un país federal.
No digo que sea fácil. Más vale decimos que podemos lograrlo. Con esfuerzo sí, pero podemos lograrlo. Hay recursos humanos, hay intencionalidad de hacerlo y sobre todo hay NECESIDAD, a riesgo de desaparecer como nación con una unidad cultural.
Por otro lado, no quiero hablar desde quien tiene respuestas geniales y totales a preguntas e inquietudes. Se trata de la percepción de una mirada preocupada, porque para cohesionar ánimos, personas, vidas, se pone la fuerza en lo operativo externo o en la solución de los problemas económicos o en zafar de los problemas políticos con habilidad.
Esto no es suficiente. No alcanza.
Mientras no se dé la unidad a nivel interno, a nivel de corazones religados, a nivel en definitiva religioso, no podemos hablar de unidad porque no alcanza a serlo.
Podremos hablar de alianzas políticas, negocios económicos, incluso arreglos sociales, pero la unidad que quiere basarse en estos principios, conocemos a todas vistas lo frágil que es.
Cuando hablamos de unidad, hablamos de un hecho externo, objetivo. Con entidad suficiente como para despertar una adhesión que para que sea plena, auténtica y fuerte, debe ser personal. De la persona o del individuo.
Una unidad que intenta constituirse desde el aspecto basal de la economía, durará mientras duren los negocios y los eventuales socios estén suficientemente equilibrados como para que uno no esté por sobre el otro.
Una unidad que intenta constituirse desde el aspecto basal de lo político, al tergiversarse el principio por el cual el que actúa en política está al servicio de su gente, el mismo principio se agota en alianzas estériles, pues sólo se pretende permanecer en el lugar del poder.
En el caso de unidad desde lo político, debemos reconocer que hubo situaciones históricas en las que se dio una posibilidad de conjunción de diferentes culturas a través de una comunidad política vigorosa.
(El caso de imperio romano ya mencionado en otra oportunidad, que logró una unidad imperial sostenida por una fuerte cultura de honda raíz humanista. Distinguimos que la unidad no dependía de la cultura política ni mucho menos del emperador, sino de un derecho positivo y natural intangible.
Lo externo que genera unidad es lo jurídico. En el caso de Roma, quien no se sometía a ese régimen jurídico-político, estaba literalmente fuera del imperio. Quien estaba dentro del imperio como ciudadano, gozaba de muchas garantías. San Pablo fue uno de ellos.
La fuerte sujeción de Roma al derecho, dio cohesión y forma a un estilo de vida que durante siglos se impuso en la cultura occidental. Ese mismo estilo de vida, pudo sobreponerse a una sociedad con innumerables síntomas de decadencia).
Si el motivo de la unidad no es una persona, toda unidad es frágil. No sin problemas, en ocasiones suele mantenerse la unidad familiar por los hijos, por los nietos o por un enfermo. Y aún esta unidad, no es garantía de acuerdo perenne.
Desde allí llegamos a la unidad religiosa: sólo el Señor puede generar unidad duradera, porque es una unidad que lo tiene a Él como pilar mediador y a nosotros como tales. (Si queremos…).

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