La pasión y la excepción

Una belleza vulgar es un libro excepcional. Se opone categóricamente al vitalismo folclórico que anima el corso demagogo de las etnografías contemporáneas y define para su autor una colocación excéntrica respecto de la demanda patética que gradualmente se impone como razón de mercado.

La elección estética es una toma de posición política. Escribir contra el viento que clausura toda alternativa “en el chantaje del mal menor” implica costos y regalías. Expone al autor al ninguneo y a la chicana predecible (de “elitista”) que cada tanto se empuña desde el imaginario Nac&Pop, pero también le permite sostener cierto grado de honestidad intelectual al no ceder al imperio de la canallada.

Tabarovsky escribe pues viento en contra, sin renegar del deseo, en una estela de ancestros ilustres (Borges, Macedonio Fernández, Libertella) que hacen literatura a partir de la reflexión sobre sus propias condiciones de posibilidad. Apela deliberadamente a las potencias de lo inactual, lo singular, lo inútil. Y hace de la distancia, lo indirecto y lo mediato el núcleo reflexivo de esta ficción excéntrica.

Compuesta sin secuencia argumental, la novela apenas insiste en una escena: la caída ralentizada de una hojita de plátano en una vereda de la calle Thames al 2100. La deriva es indeterminada: a excepción de un par de licencias (¿deslices?), el régimen de la ficción está estrictamente ceñido al tiempo presente. Casi no hay fábula: la trama avanza a través de digresiones metonímicas y regresiones metafóricas: en lo novelesco, sin la novela. La hojita cae junto a un edificio de nueve pisos y, en ese vuelo leve y demorado, no sólo se suceden guerras mundiales, catástrofes meteorológicas y milagros secretos, sino también deslizamientos de la mirada del narrador que entra a cada departamento, recorre el espacio, describe su escenografía y anticipa la tragedia impasible y solitaria en que cada vida graba su propia decadencia. La hojita cae, sigue cayendo y –ya por resistencia del aire, ya por un fenómeno de ingravidez– su caída es unas veces metafórica y otras alegórica. La reincidencia obstinada en el “como si” multiplica los sentidos de lo que ocurre tras las figuras de la fundación, el apogeo y la crisis. Convoca fantasmas borrosos, ríos subterráneos, fuerzas excéntricas (civilización y barbarie) y concéntricas (tradición y modernidad). Y confirma que la única épica posible bajo el sol de la modernidad periférica es la que reivindica la contradicción y se asienta sobre pequeñas batallas que se dirimen en la táctica sintáctica de la paradoja.

Tras esa hojita que cae, la utopía de la ciudad liberal y burguesa se ciñe como un conjuro sobre un subsuelo sublevado. La letra se afirma como violencia fundacional. Crece en el despojo y la repartija de territorios, espacios textuales y escenas simbólicas. La ciudad letrada y sus vicarios imponen una pedagogía cuyo contrapunto exacto es una constelación signada, no ya por el autoritarismo del nombre propio, sino por reverberación semántica de títulos impresos en las paráfrasis (por ejempleo: “La novedad es siempre amnésica: la buena nueva de los libros del caminante, y el pasado que reaparece como memoria de paso, como experiencia sensible, como resto diurno”).

La letra con sangre entra: es pieza clave del dispositivo liberal de conquista. Pero en el texto de Tabarovsky aparece ajena a toda ambición pedagógica y, como en Literal, asumiendo su propia barbarie, su propia miseria y su propia mistificación.

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