La Palabra de Dios en todas las religiones

Benedicto XVI publicó recientemente Verbum Domini, exhortación apostólica postsinodal que trata de la Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia, dirigida, en apariencia, sólo a los católicos.Los cristianos nos basamos en la Biblia, interpretada por la Tradición según los criterios propios de cada Iglesia. Era previsible entonces que el reciente documento papal sobre la Palabra de Dios se dirigiera, en particular, a los católicos. Otros textos, en cambio, como los de Doctrina Social, se orientan también a los no católicos, es decir, a todas las personas de buena voluntad, incluidos los agnósticos. Sin embargo, lo que parecía ser sólo vida interna de la Iglesia, como la liturgia y la catequesis, de raíces bíblicas, repercute necesariamente en la vida de la sociedad.

Por eso el presente documento no podía dejar de hablar de todas las religiones, buscando siempre en ellas las voces de la Palabra de Dios. La Luz de la Palabra ilumina a todas las Iglesias y a todas las religiones. Pero vamos a limitarnos ahora a estas últimas. Prescindiremos del tema específico del ecumenismo para adentrarnos en el diálogo interreligioso. De éste se ocupa el documento Verbum Domini en su parte final (números 117-120), pero el tema se encuentra latente a lo largo de todo el texto. Podríamos decir que la Iglesia católica ofrece aquí tres aproximaciones al tema de las religiones en función de tres horizontes: el cultural, el ético y el religioso.

El horizonte cultural

El Papa nos invita a “salir de los límites de cada cultura para entrar en la universalidad que nos relaciona a todos, que une a todos, que nos hace a todos hermanos” (nº 116). La fraternidad universal entreteje los hilos de la cultura y de la religión. El diálogo entre fe y cultura comenzó en los orígenes del cristianismo, en particular con san Pablo y su famoso discurso en el Areópago de Atenas. Benedicto XVI profundiza ese diálogo. Siente que en ambos terrenos, el cultural y el religioso, somos llamados a peregrinar para no quedar encerrados. Debemos emprender “un renovado éxodo” para superar “nuestra imaginación limitada” (nº 116).

La cultura fue vista, por algunos, como la dimensión inmanente del hombre, mientras que la religión era la dimensión trascendente. Pero no parece adecuado ese enfoque. Las culturas son más que instrumentos de evangelización o enriquecimientos de la fe. Son anuncios proféticos de la Buena Nueva. La cultura comenzó con la palabra, y en toda palabra humana resuena la Palabra divina, el Verbum Dei. Cuando la mamá le enseña a balbucear a su bebé, su sonrisa materna es un símbolo del rostro paterno de Dios, satisfecho por los progresos del pequeño. Es como recrear el Paraíso cuando la mujer y el hombre conversaban familiarmente con Dios. El Papa cita a san Ambrosio, para quien el hombre, cuando lee las Escrituras, “vuelve a pasear con Dios en el paraíso” (nº 87).

A veces resaltamos las limitaciones de una cultura, como en el caso de la indefinible posmodernidad. Pero si nuestra condición de pecadores no nos impide ser hijos preferidos del Padre, sus limitaciones no les impiden a las culturas ser ya Buena Nueva en gestación. El Papa cita la frase de san Buenaventura: “Toda criatura es Palabra de Dios, en cuanto que proclama a Dios” (nº 8). Por consiguiente, también toda cultura es Palabra de Dios. Y en sentido más amplio, el libro de la naturaleza, liber naturae, “forma parte esencialmente de esta sinfonía a varias voces en que se expresa el único Verbo” (nº 7). El diálogo interreligioso no es un desborde “hacia fuera” de la riqueza que se vive en el interior de la Iglesia, sino que se trata de una dimensión fundamental de toda la familia humana. La cultura es el lenguaje de la Familia de Dios y fuente permanente de experiencias religiosas. La cultura árabe es un camino histórico hacia la religión del Islam, función que cumplen, de modo similar, otras culturas en Asia, como en Pakistán, India, Bangladesh e Indonesia. En este sentido, entonces, la fe del Islam ha creado una fraternidad universal entre culturas diversas. Por otro lado, inverso a lo anterior, la universalidad de las culturas va creando una fraternidad interreligiosa, como la que comienza a nacer entre musulmanes y cristianos de cultura árabe.

El horizonte ético

Toda religión implica, además de una fe, una moral. Junto con el Credo, vivimos los Diez Mandamientos. La fe en apariencia separa a judíos, cristianos y musulmanes, mientras que la moral nos une. Conservamos el Decálogo como un patrimonio común de las tres creencias monoteístas, las que se inspiran en la fe de Abrahán. Pero este paradigma de dos caras, una que separa y otra que une, es “aparente”, porque el Decálogo es reinterpretado diversamente desde la fe de cada religión. Sin embargo, hay una fuerza que atrae a los creyentes de las tres religiones y que nos impide alejarnos demasiado unos de otros, en la interpretación de los Mandamientos. En el “No matarás” encontramos que el tema es resuelto de modo diferente por un judío, un cristiano o un musulmán, con diversidad de enfoques incluso entre un católico y un protestante, por ejemplo, en ciertos casos de aborto o de eutanasia. Pero el respeto por la vida, el amor a la vida, lo que Juan Pablo II llamaba “Evangelio de la vida”, es un ideal que nos atrapa a todos y nos hace regresar, como al Hijo pródigo, a la casa paterna. Cuando hay guerras, añoramos la paz anunciada por el profeta Isaías.

A veces se dice que el diálogo interreligioso no se encamina a unirnos en el terreno de la fe –lo que sí pretendemos en el diálogo ecuménico con todos los cristianos– sino en el de la ética. Algunos exigen menos. Dado que también la concepción ética nos divide, se sugiere que las religiones acuerden simplemente “acciones comunes” para mejorar la sociedad. Es decir, que prescindan de sus creencias y de sus visiones éticas, que las separan, y coordinen proyectos para luchar contra el hambre, las enfermedades y la guerra. Que no gasten la mayor parte de sus energías en difundir sus propias creencias para ganar nuevos adeptos, sino en prestar un servicio a los pobres e indigentes.

El razonamiento parece correcto, pero no lo es tanto. No hay dos fuentes de acción: por un lado, un sentimiento de solidaridad con los pobres, en sentido horizontal, y por otro, un imaginario de la fe en Dios, en sentido vertical. La triple tradición monoteísta de la familia de Abrahán habla de “amar a Dios y al prójimo” no como quien ejerce dos profesiones sino como quien responde a una única vocación. Para los cristianos, Jesús es el Hermano universal, en sentido horizontal, que nos introduce en la intimidad del Padre, en sentido vertical. El Dios de Jesús es el “Padre de los pobres”. Y para esto fue enviado Jesús, para evangelizar a los pobres. En síntesis, la fraternidad solidaria, de rostro ético, nos introduce naturalmente en la Paternidad divina.

El horizonte religioso

La historia de las religiones no es un archivo de entidades desaparecidas, como la de los Faraones, en Egipto. En realidad, cada una de ellas, al partir, nos fue dejando su legado, con frecuencia imperceptible. Todas nos interesan para descubrir cómo resonó en ellas la Palabra de Dios. Pero además del interés histórico, sentimos el compromiso de dialogar con las religiones actuales, nuestras compañeras de peregrinación. La fe de Israel, por otra parte, no es considerada por la Iglesia católica como una religión más, sino que constituye la raíz de nuestra fe cristiana. Por eso en el documento se habla de la fe judía no en el marco del tratamiento de las religiones en general sino mucho antes, en un apartado específico (nº 43).

El Islam es entonces la primera religión considerada en Verbum Domini. Una novedad es que el Papa no pondera sólo la piedad de los musulmanes sino también “muchas figuras, símbolos y temas bíblicos” que reconocemos en la tradición del Islam (nº 118). La ponderación supera el orden subjetivo para alcanzar el orden objetivo. Respetando sólo la piedad subjetiva de los musulmanes, alguien podría decir que se salvan por su buena voluntad y sus buenas obras “a pesar de su religión”. Con este nuevo paso, en cambio, se afirma que se salvan también gracias a los valores bíblicos que han conservado en su tradición. Nostra aetate, del Concilio Vaticano II, ponderó a los musulmanes, quienes veneran a Jesús y honran a María. Ahora se da, en forma más explícita, el paso hacia la “tradición” del Islam. Es una aproximación mayor hacia un juicio global sobre dicha religión, tema que continúa ocupando a los teólogos cristianos. El lenguaje de los “símbolos” constituye un puente muy amplio para comprenderlo, sin quedar atrapados por la discusión sobre sus creencias.

El Concilio, al referirse a las religiones más significativas, menciona expresamente al Hinduismo y al Budismo. EnVerbum Domini se habla también del Confucianismo (nº 119), “con sus valores familiares y sociales”, como un eco de la evolución actual en China. Esta riqueza universal “nos ocupa”, con satisfacción. Pero el tema que “nos preocupa”, y con el cual el Papa concluye su Exhortación, es el de la libertad religiosa. No se refiere sólo a la libertad de conciencia, que cada uno puede salvaguardar en su intimidad, sino también a la libertad “de profesar su propia religión, en privado y en público” (nº 120). En muchos países se “toleran” algunas prácticas de los fieles de comunidades minoritarias, reunidos en sitios apartados y sin hacer mucho ruido. Pero el punto más conflictivo es el de las “conversiones”, tema en el cual la intolerancia es mayor. A los cristianos nos costó siglos aceptar que alguien nos abandone, sin echarle los perros. Y hoy nos indignamos si un bautizado nos exige que lo borremos del registro parroquial. Quizás deban pasar otros siglos antes de que en el mundo parezca normal cambiar de religión, si así lo siente la persona libremente en su conciencia.

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