La obra que hizo saltar las alarmas del Vaticano

Viridiana, considerada por muchos especialistas como una de las mejores (sino la mejor) película española de la historia, fue más que prohibida por el franquismo, a pesar de ganar la Palma de Oro en Cannes en 1961. El catalán Pere Portabella fue uno de los productores de Viridiana. Nacido en 1929, no tan conocido en la Argentina a pesar de la retrospectiva que le dedicó el Bafici en 2006, Portabella es una figura central del cine español, con películas insoslayables como Vampir-Cuadecuc (1970), Umbracle (1972), la enorme Informe general (1976) y la más reciente Die Stille vor Bach (2007). Opositor al régimen franquista, en democracia Portabella fue elegido senador y diputado, y en 2009 recibió el título de Doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Barcelona. Para celebrar este aniversario del filme de Luis Buñuel, Portabella habló con Ñ.

-¿Cómo llegó a producir a Buñuel?
-Por azar. Prácticamente nos dimos de bruces con Buñuel en el ascensor del hotel donde nos hospedábamos durante el Festival de Cannes de 1960, al que concurríamos con nuestra primera película Los golfos: Carlos Saura como director y yo como productor. Un encuentro entrañable e inolvidable. Asistió a la proyección de Los golfos junto a nosotros en el palco reservado para las proyecciones oficiales. Al terminar se levantó, nos dio un abrazo y los aplausos de cortesía de los asistentes se convirtieron en una gran ovación. Propuse a Luis un encuentro en Madrid. Se alojó en un apartamento contiguo al mío en la Torre de Madrid. No olvidemos que el regreso de Buñuel a España se inscribe en unos años difíciles, de silencios vergonzosos, con ausencias clamorosas, la memoria rota bajo el peso de la indignidad de una dictadura. En este contexto propuse a Luis hacer una película para rodarla en España. En seguida me habló de un guión que tenía casi terminado para rodar en México con un productor de allí, Gustavo Alatriste. El título era La belleza del cuerpo. Gracias a Buñuel, me puse de acuerdo con Alatriste. Lo primero que hizo Luis fue cambiar el título de la película por el de Viridiana.

-¿Cuál fue su reacción frente al éxito del filme en Cannes?
-Proponer una película con Luis Buñuel en aquel ambiente enrarecido por una represión sistematizada, una censura implacable y una administración desconfiada no sólo no era fácil, sino que empezó como la historia de un intento prácticamente imposible. Lo cierto es que siguió adelante y acabó donde todo empezó, en Cannes, con un éxito estruendoso, al ser otorgada la Palma de Oro a Viridiana. “La obra artística”, la película, convertida en “el objeto-artefacto” que hizo saltar las alarmas de la dictadura y el Vaticano, gracias a la espectacular repercusión mediática del premio. Cuando supimos que el premio era para Viridiana, fuimos a rescatar al Director General de Cine José Muñoz Fontán, quien, tras ver la película por primera vez la noche de su proyección y la acogida entusiasta de los espectadores, salió corriendo del Palais du Cinéma y se refugió en su habitación del hotel. A la mañana siguiente, lo fuimos a ver para proponerle que, teniendo en cuenta que Buñuel estaba en París, a él le correspondía el honor de recoger la Palma de Oro, como máximo representante del cine español. El aceptó sin que fuera necesario insistir. Fue un auténtico regalo envenenado: si el régimen aceptaba el premio, nosotros quedábamos a cubierto; si no, lo que vino después.

-¿Qué vino después?
-El Vaticano, a través de una editorial de L’Osservatore Romano , nos puso de vuelta y media. El Vaticano estaba furioso. Cuando Muñoz Fontán se presentó ante el ministro de Información y Turismo en Madrid, con la Palma de Oro en las manos y el aliento del Vaticano en la nuca, se derrumbó. Fue fulminado. Al cabo de poco tiempo, el general Franco cesó también al ministro Arias Salgado. Una destitución por efectos colaterales y mucho menos por una película, era inimaginable. El Ministerio hizo desaparecer la película. Cualquier rastro del cartón de rodaje, informe de censura, etc., toda la documentación quedó anulada. Viridiana había desaparecido. La paradoja es que nosotros, según ellos, no habíamos hecho la película, porque no existía. No la prohibieron, la borraron. En el anuario que la Dirección General del Cine editaba cada año con la recopilación de todas las películas rodadas, Viridiana no aparecía. Fue espectacular. Una cosa muy seria y, por qué no decirlo, también divertida. Al cabo de ocho años, la Comisión de Censura de Películas del Ministerio de Información, reunida el 30 de enero de 1969, prohíbe la exhibición de la película Viridiana, de nacionalidad entonces mexicana, a la que se califica, textualmente, de: “Blasfema, antirreligiosa. Crueldad y desdén con los pobres. También morbosidad y brutalidad. Película venenosa, corrosiva en su habilidad cinematográfica de combinación de imágenes, referencias y fondo musical”. Lo vivimos, también, como una victoria de toda la oposición al régimen. Buñuel ya había proclamado en los años veinte: “Soy ateo gracias a dios”.

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