La mutación del sueño americano

Estamos, aparentemente, ante la reconfiguración de una categoría que reguló durante décadas la identidad del migrante, el turista, el consumidor de productos y películas. ¿Asistimos a la resignificación de un discurso que hoy exporta –en tanto condensador de sentidos– menos el histórico paradigma de acumulación y progreso social que el avasallamiento a las libertades individuales, la crisis económica, el terror y el terrorismo? El peruano Santiago Roncagliolo nos sitúa donde comienza el proceso de exclusión, en la cola de un consulado estadounidense donde nos preguntan a los latinoamericanos –por formulario– si hemos participado del genocidio nazi, si sufrimos desórdenes mentales o somos drogadictos.

Sacarse los zapatos

Bienvenidos, dice el autor de la crónica “Tierra de libertad” en Sam no es mi tío(Alfaguara), la reciente antología compilada por Diego Fonseca y Aileen El-Kadi, que rastrea la configuración actual del sueño americano y el tono de la mirada latina fija en el Norte, a los Estados Unidos de América.

Lo acompañamos, pues, dispuestos a pagar un arancel para que nos dejen pisar el suelo prometido, seguros de que seremos rechazados o en el mejor de los casos certificarán que demostramos “vínculos familiares, sociales o económicos suficientemente sólidos en nuestro país de residencia para garantizar una estadía temporal”. En ese minuto anterior a ingresar en el acorazado, previo a entregar los celulares, los cinturones y a descalzarnos, unos segundos antes de escuchar las alarmas y recibir la prepotencia del cacheo, el escritor revela un signo entre la victimización y la propia identificación con el amo: “Tengo ganas de decirle ‘en mi país estarías lavando el coche, conchatumadre’”.

Sin embargo, el propio Roncagliolo se muestra optimista ante un cambio estructural en la mirada que apunta al Norte –una emancipación progresiva– que trasciende, a su juicio, la pantomima de una dominación que se aviva sólo en sede diplomática y el aeropuerto.

“En las últimas elecciones, por primera vez, un presidente americano le debe su victoria a los latinos –contesta, en entrevista con Ñ –. En Estados Unidos hay más hispano-hablantes que en España. Un dominicano como Junot Díaz ganó el Pulitzer. Y actores como Javier Bardem o Penélope Cruz no están confinados a los papeles de narcos. Ese país es, más que nunca antes, nuestro país. Yo creo que siempre hemos querido que Estados Unidos nos dejase en paz. Y nos ha dejado. Los presidentes latinoamericanos proponen legalizar las drogas, cobran más impuestos a las compañías (y hasta las nacionalizan), abren sus mercados a Asia, y Estados Unidos lo respeta. Antes, por ese tipo de cosas, financiaban un golpe de Estado o te invadían directamente. No está mal”.

“Comprar como un acto de fe y un acto de diferenciación: soy un latino que anda de compras y no un latino que anda trabajando en lo que sea”, escribe el chileno Juan Pablo Meneses. Y la argentina Gabriela Esquivada, residente en Charlotte (North Carolina), asegura que “algunos de los que nos nacionalizamos votamos con la esperanza de dejar de ser tomados sólo como consumidores y, por caso, ser beneficiados de algún modo por la reforma del sistema de salud que entra en vigencia en 2014, y que sigue siendo discutida a pesar de que no garantiza salud gratuita para todos, ni mucho menos”.

Las categorías que impone el mercado sirven a Meneses, creador de la Escuela de Periodismo Portátil, para interpetar las corrientes de deseo que nos siguen uniendo a los altisonantes discursos norteamericanos, aquellos que fusionan la cotidianeidad con la fantasía, el entretenimiento, el sistema de estrellas y el omnívoro aparato de consumo.

“Hay una sensación muy fuerte de que vivimos en economy , mientras que allá la vida es business . Esa sensación es transversal: desde los que cruzan ilegales porque no tienen trabajo, hasta los profesionales que ven en un posgrado en Estados Unidos el paso a una vida más cómoda. Me parece que esa ilusión es muy pornográfica…”, dice el chileno a Ñ .

Camilo Jiménez, el colombiano autor de la crónica “El país de nunca jamás”, creció en la clase media de América Latina después de la segunda mitad del siglo pasado; lo hizo fascinado con Estados Unidos. “Tantos colores, tantos personajes de fábula que poblaron nuestros sueños. Estados Unidos fue y sigue siendo la síntesis de una educación en la ficción, un instructivo para regular nuestra capacidad de soñar, desde Disney al Hombre Nuclear, Los Angeles de Charlie, Superman y El Hombre Araña”. Pero también elThrough the Out Door, de Led Zeppelin, que cambió su vida para siempre, la primera vez que oyó la melodía del Rock.

Fast dreams

Otra, diferente, educación en los territorios de la ficción, hoy mismo, se plasma en la obra de “Jonathan Franzen y Martin Scorsese y Seasick Steve, pero también en Sarah Palin”. No estamos ante una relación unidimensional; superada la teoría de la infiltración subliminal que nos marcó en los 60 aparece una complejidad que nos ayuda a reconciliarnos con nuestras propias contradicciones de dominados . “Seguirán viniendo abusos –sigue Jiménez–, prepotencia, dominio, pero también hechos culturales hermosos. Mejor no seguir haciendo futurología: el tiempo termina por convertir a todos los profetas en tontos”.

El sueño americano no atravesado por la migración ancla en Miami, como apoteosis de los deseos de realización instantánea, sede de Disneyworld, paraíso de consumo, ícono del Déme dos y de la Plata dulce , tan arraigados a la idiosincrasia argentina –por lo menos– que sirvió para denotar un estar en el mundo en un lugar y un tiempo (la Argentina de principios de los 80, plena fiebre consumista en contexto de represión y torturas). Hacia ahí viajó la escritora Claudia Piñeiro, ganadora del Premio Clarín de Novela 2005, a encontrar una zona –dice– entre el esplendor y la decadencia.

Claudia cree, en referencia a la posición argentina en el espectro de las influencias, que “la distancia, de alguna manera, nos ha protegido. Nunca lo sentimos cerca ni de nuestro lado. No teníamos que esforzarnos para cumplir con sus expectativas porque de todos modos no nos miraba, no estábamos en su agenda. Y cuando estuvimos no fueron nuestros mejores años sino todo lo contrario”. Sobre el otro sueño reformulado, el del migrante de período prolongado o el permanente, el argentino Diego Fonseca (comp.) opina que “la crisis acabó con la concepción tradicional del sueño americano de los cincuenta, aquel de la casa en los suburbios, el empleo de por vida y la acumulación de riqueza creciente. Hoy la casa es impagable –afirma– y antes eres propiedad de una deuda que puede tomarte una generación pagar que de un derecho. El empleo se flexibilizó y por primera vez en cien años tus hijos podrían ser más pobres que vos. Pero también se ha roto otro sueño modélico, el de los sesenta de las libertades individuales. No desaparecieron pero el aumento de los mecanismos de seguridad interna tras el 9/11 ha sometido a la idea del respeto por las derechos personales a una presión única”.

En sintonía con la idea de un ciclo que se está terminando, la tucumana Aileen El-Kadi –residente en El Paso, Texas– observa que se disipan las grandes ideologías, los discursos utópicos, la concentración de poderes polarizados, y eso permite una reconfiguración del mapa geopolítico mundial y, consecuentemente, un quiebre en la unidad coherente que representaba a Estados Unidos como el país donde todo era posible. “El desarrollo de las nuevas tecnologías de los medios de comunicación y la difusión de información por canales no oficiales –cierra– contribuyeron a desmontar la puesta en escena de ese gran sueño americano, a mostrar sus fisuras y sus propias pérdidas ( leaks )”.

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