La musa política que inspira a Carrió Hannah y su hermana

Hannah Arendt había nacido en 1906 en Königsberg, la ciudad de Kant y de Rosa Luxemburgo, el filósofo y la revolucionaria más famosos de Alemania, respectivamente. Murió en Estado Unidos en 1975. los dos países. Las dos fechas, el apellido, la profesión, permiten imaginar una historia muchas veces contada: estudios universitarios brillantes interrumpidos por el judaísmo propio y al nazismo ajeno, exilio y muerte en una América devenida ambigua tierra de promisión. Difícil de resumir, en cambio, es la riqueza de una de las vidas y obras filosóficas más ricas del siglo XX, que se desplegó sin sedentarismos entre los extremos de la vida académica y el periodismo, y escribió algunos de los libros más acuciantes que pueden leerse sobre el totalitarismo, la democracia, la revolución, la condición humana y la vida del espíritu.
Alos 18 años conoció en Marburgo al filósofo Martín Heidegger. De educación católica, 17 años mayor que ella, casado, padre de dos hijos. El amor, consumado o no, entre la estudiante judía que se especializó en San Agustín, y el futuro rector de Adolf Hitler, es la base de muchas especulaciones y de una novelesca biografía de Elzbietta Ettinger publicada en 1995.
Con la llegada del nacionalsocialismo al poder en 1933, empezó un exilio lento y difícil. Arendt vivió como apartida con su esposo en París, participando en grupos de izquierda y en grupos sionistas, activa en la resistencia contra Hitler, y en las redes de refugiados. Cuando en 1941 llegó a Nueva York con su segundo esposo, el filósofo Heinrich Blücher -su «maestro» o mejor lector hasta su muerte en 1970-, Arendt sabía griego, latín y francés, pero ignoraba el idioma del país que la recibía; con el tiempo, llegaría a ser una de las mayores filósofas de la lengua inglesa. Cuando en 1951 publicó Los orígenes del totalitarismo, su fama estaba asentada hasta su muerte.
Es la correspondencia con su amiga la novelista norteamericana Mary McCarthy, quien la sobrevivió, la que se lee como una guía infalible de las posiciones de izquierda liberal sobre todos los termas que Arendt trató en sus escritos: el terror y el terrorismo, la guerra tecnológica, los capos de concentración, Auschwitz, el racismo (europeo y norteamericano), el Pentágono, al carrera espacial, el catolicismo romano, Vietnam , Watergate, la violencia, la desobediencia civil, y , siempre, una ética tan generosa en sus libertades como exigente en su responsabilidad.
Un escándalo la acompañó hasta el final de sus días. Después de que el servicio secreto israelí capturara en la Argentina al jefe nazi Adolf Eichmann, y lo condujera de incógnito a Jerusalém para juzgarlo y ajusticiarlo en público, a la revista New Yorker se le ocurrió enviar a Arendt como cronista del juicio. Las notas fueron compiladas en Eichmann en Jerusalém (1963); después se convirtió en lugar común la fórmula de Arendt acuñada en el subtítulo: Un informe sobre la banalidad del mal. El mal del nazismo resultaba tanto más horrible por evitar sus prestigios demoníacos y presentarse más bien tranquilo, banal en suma. Los problemas de la gestión de Eichmann eran los de quine busca destacarse en una meritocracia: que no faltara el gas en los campos de exterminio, que los trenes llegaran puntuarles a Auschwitz, etc. Pero lo que más escandalizó fue la tesis de Arendt acerca de que hubo colaboración con el genocidio a través de los Consejos Judíos.
McCarthy recuerda a Arendt en como una filósofa que fumaba; que se jactaba, como europea, de saber mentir -pero McCarthy no es capaz de recordar una sola mentira de su amiga-. La opulencia del Nuevo Mundo, en oposición al Viejo donde había conocido tantas privaciones, gustó siempre a esta filósofa de la democracia. «A los que llegaban a su casa, Arendt les ofrecía nueces, chocolate, jengibre, té, café, whisky, Campari, whisky, cigarrillos, torta, fruta, whisky, crackers, queso, todo a la vez, sin que importara el orden convencional, o el momento del día . . .Nada más lejos, sin embargo, de una idishe mame. No quería que comamos porque sabía que mucho de lo que ofrecía hace mal».

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *