La moza y el lobo cibernético

Quizá sea más fácil para un autor novel pasar por el ojo de una aguja (o incluso entrar en el reino de los cielos) que estrenar en un teatro público: ojalá se repita la grata sorpresa que nos ofrece el Teatro de La Abadía al producir esta comedia oblicua de Paco Bezerra, almeriense de 33 años que se vino a Madrid hace 15 a estudiar interpretación y acabó decantándose por la escritura (es Premio Nacional de Literatura Dramática de 2009 por Dentro de la tierra). Grooming, estrenada él miércoles, comienza con un breve encuentro sin palabras a la luz de una farola entre un conejo antropomorfo y una chavala con minifalda escapados de un cuadro de Balthus o de la Alicia de Carroll: tal prólogo resume la poética y el asunto del espectáculo en solo un golpe de vista. Oscuro, reinicio y la misma chica reaparece bajando por una escala, cual mujer araña desde el séptimo cielo: se llama Carolina, pero adopta poses de Caperucita.

El locuaz lobo de turno, Leonardo, es un hombre todavía joven, que no deja meter baza a la pobre chica, cuya pasividad roza lo inverosímil. Tampoco se entiende, de momento, que acepte arrodillarse para atarle el cordón del zapato derecho cuando se lo exige con violencia contenida. Pronto, le pedirá también un favor sexual y acabaremos cayendo en la cuenta de que ya se conocían ambos: mediante un flashback, les vemos cuando contactaron a través de un chat. Leonardo, que se hizo pasar por un chico de 16 años, consigue convencerla de que le muestre su pecho a través de la videocámara, graba esas imágenes y la amenaza con enviárselas por correo electrónico a todos sus contactos. Fin del flashback, y ya estamos de nuevo en su primera cita, fruto del chantaje: ahora entendemos la pasividad de Carolina. Hasta aquí, Grooming parece discurrir por los trillados caminos del realismo sucio o de un costumbrismo actualizado: nos rechinan esa mini falda que subraya la adolescencia del personaje interpretado por la joven actriz Nausicaa Bonnin y la evidente discordancia entre la autodeclarada vocación artística de Leonardo y su chaqueta de vendedor de grandes almacenes.

Pero, sorpresa, cuando la chica empieza a dar respuesta a las comprometidas preguntas que el ciberacosador le hace sobre su padre, empezamos a entender que algo importante la retiene a su lado, aunque ignoremos de que se trata. Grooming pega entonces un giro copernicano: Carolina toma la palabra y el mando, y cada nueva frase suya viene a iluminar la situación desde una perspectiva opuesta a la que teníamos. Lo que antes parecían subrayados obvios o fallos de racor del montaje resultan ahora eslabones lógicos de una cadena de sentido imposible de anticipar porque Bezerra, como los grandes prestidigitadores, esconde su verdadero juego detrás de un abanico de maniobras de distracción y dosifica las sucesivas revelaciones a la manera en que suele hacerse en las comedias policíacas. Gómez acompaña la aventura del autor con el tacto que necesita tema tan delicado, envuelve la función en una atmósfera protectora onírica y le inyecta misterio en momentos clave. Se nota la complicidad que ha habido entre él y el autor, presente durante los ensayos.

Durante la primera de las dos partes, simétricas como láminas del test de Rorschach, Nausicaa Bonnin hace un trabajo enormemente contenido, aún a costa de aplanar su personaje para que contraste más con el papel rector que desempeña en la segunda. Antonio de la Torre encarna a un ciberacosador, apenas 17 años mayor que Carolina, lo cual hace más plausible su relación.

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