La morbidez y el espanto

Una mezcla de Boogie Nights y Bad Lieutenant, un producto que hunde sus raíces en las imágenes del pulp de los años 70, algo que luego retomará un Tarantino en sus recreaciones del cine serie B lleno de gags, violencia explícita y sexo degradante; un género, digamos, que nace en el policial negro, en el Roman Noir, en el Hardboiled , se difunde en los quioscos y desde hace algunos años se renueva en la mesa de novedades (y también de saldos) bajo la autoría de tipos como John Connolly o Jake Arnott, para quienes las calles salvajes de Nueva York o Londres son los escenarios de sangrientas escenas de tortura y muerte, precedidas por intereses claramente económicos pero sobre todo crueles.

Christa Faust bebe de todos estos turbios manantiales y se mete en una liga en la que suelen participar sólo tipos rudos como James Ellroy. Quizá sea Amanda Cross su más visible predecesora femenina, aunque habría que buscar referencias más recientes para entender el mundo de esta mórbida escritora nacida en el Bronx cuyos libros transcurren en Los Angeles, cuna e imperio del porno.

Faust, quien trabajó a sus veinte años en los Peep Shows de la ciudad, que se ganó la vida como modelo fetichista y dominatrix profesional, conoce bien los entramados de un mundo que alberga su propio glamour decadente, su libertad sexual entendida como mercancía y subproducto, donde rigen reglas de juego dominadas por un gangsterismo en el que no faltan evanescentes prostitutas rumanas o irremediables asociaciones con la mafia en Las Vegas.

Angel Dare, la protagonista, es una ex actriz porno que ronda los cuarenta y lidera una pequeña empresa de colocación de chicas guapas para la exigente clientela masculina. Sus mejores años ya han pasado pero no su ego de pornostar y por ello, “al igual que las viejas glorias de la lucha libre y los ladrones de joyas”, no podrá resistirse ante la propuesta de un último protagónico, que será la peor de las trampas. Brutalmente golpeada, desfigurado su rostro, la darán erróneamente por muerta y a partir de entonces se desplegarán las peripecias inevitables. En compañía de Malloy, el único hombre en quien puede confiar, recorrerá las calles de Los Angeles en busca de sus agresores, y en medio efectuará un registro de la cultura popular de los moteles de paso, clubs y cabarets, redes de comercio (Targets, Payless), anudando así el deseo de venganza a una ciudad en cuyo interior habita una red compleja de delitos.

A la cara centra el foco del policial en los vericuetos de una industria postiza y real, explícita y secreta, un negocio que no solía estar, o si lo estaba no la hacía de manera tan dominante, en la mira del roman noir. La novela, previsible en muchos de sus pasajes y algo acartonada a pesar de estar escrita con cierto dinamismo, destaca por su mujer protagonista, su mirada femenina, sin que esto implique, ni mucho menos, un ablandamiento del género (literario) que explora.

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