La moral en la Segunda Guerra

HONGOS

Cómo pudo Stalin haber firmado un tratado con Hitler en 1939 y acompañar la invasión a Polonia? ¿Creía realmente Chamberlain que si se hacían concesiones a Hitler, éste no desataría la guerra? ¿Eran conscientes los Aliados de la maquinaria criminal nazi en el genocidio judío? ¿Hubo algún tipo de justificación moral para borrar del mapa a Hiroshima y Nagasaki?

A casi 70 años de un conflicto donde perdieron la vida más de 60 millones de personas, surge una dimensión moral en la guerra inseparable de la comprensión de sus resultados. Sin embargo, si bien la explicación material de la victoria aliada se presenta inequívoca, la imagen moral de la guerra sigue siendo obstinadamente turbia. Combate moral. Una historia de la Segunda Guerra Mundial (Taurus) es la última obra del historiador británico Michael Burleigh. Más allá de su título, tan ambicioso como engañosamente simple, el trabajo penetra en una perspectiva novedosa, áspera e inevitablemente arbitraria: la legitimidad moral subyacente (si la hay) que justificaría el exterminio de personas (militares y civiles), con el fin de vencer al enemigo.

Burleigh evita caer en las necedades habituales (los buenos y los malos, el fin y los medios) y se asoma a universos morales de sociedades enteras. Hurga en los dilemas éticos que debieron sortearse y concluye que, en el marco de la guerra, el carácter intrínsecamente inasible de lo moral (o lo inmoral) terminó resignificando esta dimensión en cada instante del conflicto.

El autor analiza los distintos escenarios: campos de concentración, bombardeos indiscriminados a ciudades, empleo de armas químicas, tratamiento de los prisioneros, tortura y tiro de gracia, el empleo de la bomba atómica, etcétera. Este abordaje torna a los contenidos un tanto asistemáticos y se nota la ausencia de una cronología ordenadora. Por otro lado, si bien no cabe una visión angélica del régimen soviético en el marco de una perspectiva moral, tampoco resulta rigurosa la arcaica homologación nazismo-comunismo. Hay, también, excesiva indulgencia hacia el bando británico y las decisiones de Churchill, y ausencias como la Conferencia de Yalta y la división de Europa en la posguerra. Con todo, las situaciones están escritas con vigor y precisión, y terminan componiendo un fresco estremecedor sobre los horrores a los que puede llegar el ser humano en determinadas circunstancias.

Burleigh no sugiere ninguna equivalencia ética entre dictaduras y democracias, y desprecia equiparaciones del tipo Auschwitz-Hiroshima. Si Checoslovaquia fue entregada en el marco del altamente dudoso apaciguamiento Aliado, Polonia fue inmoralmente invadida por Alemania y la Unión Soviética (URSS). Que Praga sobreviviera intacta y Varsovia destruida, no fue una paradoja. En Polonia, el nazismo buscó eliminar a la clase dirigente, que no era necesariamente judía; pensaba que el país debía convertirse en un depósito de la “escoria humana”: judíos, eslavos, negros, gitanos, discapacitados. Stalin, por su parte, ordenó asesinar en los bosques de Katyn a 22 mil oficiales polacos prisioneros y culpó de ello a Hitler, pero la verdad no se supo hasta el fin de la guerra. O sea, que la moral surge de decisiones políticas y situaciones concretas.

Conocido por su “incorrección política”, el autor se muestra especialmente cáustico con Hanna Arendt por el tratamiento que da a su mentada “banalidad del mal”, donde los actores de la “solución final” terminan siendo unos burócratas sin imaginación. Acusa que el Holocausto fue algo más que un proceso de homicidio industrializado de 6 millones de judíos, de los que unos 2,9 millones fueron asesinados por hombres que estaban a unos metros de ellos: a nadie se obligó a matar o fue castigado por negarse ya que, como testificó un SS, “siempre había suficientes voluntarios”. También destaca que los judíos nunca constituyeron una amenaza, pero su sistemática reclusión y eliminación en campos y guetos no preocupó al Papa y a Occidente hasta prácticamente terminada la guerra. Ni que decir del antisemitismo en Polonia, Italia o la Francia ocupada, por no nombrar al propio Stalin. El autor se plantea por qué Auschwitz y otros campos de exterminio, que también funcionaban como fábricas de pertrechos, no fueron bombardeados o atacados.

A propósito de los prisioneros, Burleigh dice que salvo excepciones, nadie cumplió con los tratados internacionales. En la URSS, el nazismo liquidó 3,3 millones de prisioneros: los grupos de exterminio de las SS llegaron a horrorizarse por el salvajismo de los rumanos. Miles de soviéticos fueron obligados a pelear contra su país, y una vez recapturados por el Ejército Rojo, fueron fusilados, “lo que fue un crimen de guerra”. Cientos de miles de alemanes murieron de hambre o frío caminando por las estepas. Para los japoneses, guiados por el bushido (código ético que exigía lealtad y honor hasta el fin), la rendición era peor que la muerte; respetaban a los que capturaban heridos, pero torturaban y mataban a los que se rendían. Los estadounidensenses, directamente, no hacían prisioneros.

Tanto la Primera (1914-18) como la Segunda (1939-45) fueron guerras totales entre sociedades industrializadas, en un tiempo en que la utopía de masas de la modernidad, ¡oh paradoja!, mandaba al matadero a millones de seres. Pero si en la Primera murieron 10,5 millones de personas, de las cuales 300 mil eran civiles, en la Segunda, de casi 60 millones de muertos la mayoría eran pobladores. En la Batalla de Inglaterra Churchill no tenía otro recurso que lanzar bombas en forma indiscriminada sobre Alemania, pero “no fue un crimen de guerra”. El pueblo británico exigía represalias y los políticos no reconocieron que estaban destinadas a la población. Las bombas caían hasta 8 km del objetivo deseado, provocando los llamados “daños colaterales”. En el traumático desembarco en Normandía (175 mil hombres, el 6 de junio de 1944), donde se empleó napalm y los soldados fueron obligados a saltar al agua a punta de pistola, el “fuego amigo” de la aviación mató a más civiles franceses que las bajas que tuvieron estadounidenses, británicos y canadienses sumados. El chiste negro del frente era: “¡A cubrirse! ¡A cubrirse, que pueden ser los nuestros!”. Estuvo “cerca del crimen de guerra”, dijo el laureado historiador británico Antony Beevor en su monumental El día D.

En los finales del conflicto la producción de armamentos y bombas era tal que no se sabía qué hacer con ellas: La lluvia de fuego que cayó sobre Hamburgo y la innecesaria destrucción de Dresde figuran como casos emblemáticos de culpa y debate moral, por no mencionar Hiroshima y Nagasaki. Burleigh llega a justificar la destrucción de las ciudades japonesas en razón de las muertes que habrían significado a los Aliados invadir Japón, habida cuenta lo que costó la toma de Iwo Jima.

En Berlín. La caída: 1945, Beevor narra la gigantesca contraofensiva soviética desde los Urales a Berlín. Describe el asombro y la furia de los soldados rojos al descubrir el orden y la prosperidad de las casas y jardines de Alemania. ¿Qué fueron a buscar, con sangre y destrucción, a la empobrecida Rusia? Ya en la capital del Reich, menudearon los suicidios en la población por el hambre y el terror. Y en las calles afloraron espontáneas, impúdicas y desesperadas escenas de cópulas colectivas entre gentes que ni se conocían. Las violaciones del Ejército Rojo superaron las 110 mil mujeres de todas las edades: desde la presunta “venganza patriótica” a la simple sexualidad cuartelera e ignorante, el drama se extendió por el alcohol, la indisciplina y el pillaje.

Las atrocidades narradas en el teatro del Pacífico son escalofriantes, propias de una guerra racial sin límites. Los australianos se encontraron en Nueva Guinea con casos de sadismo y canibalismo, aun con niños. Los japoneses, pese a haber esclavizado a China y buena parte de Asia, conservaron una imagen de pueblo civilizado y pacífico, pero mataron a 15 millones de chinos, de lo cual Occidente pareció no enterarse.
La historia de esta guerra está animada de asombrosas paradojas. La opinión de que el conflicto representó el triunfo de la democracia sobre la tiranía es falsa. En 1939 había muy pocas democracias (Gran Bretaña, Francia, EE.UU. y unos pocos estados menos importantes) y hubo menos aún después. Si el triunfo de 1945 fortaleció la democracia en Europa Occidental y EE.UU., en el resto del mundo el camino fue muy accidentado durante el medio siglo restante.

En cambio, la guerra consolidó el comunismo en la URSS y parte de Europa y Asia. Fue el resultado del esfuerzo soviético en la derrota de Alemania, especialmente en el decisivo frente oriental, lo que Occidente tardó décadas en reconocer. Hasta 1941, la URSS de Stalin era tan rechazada, o más, que la Alemania de Hitler, con la que estaba atada por el pacto de no agresión de 1939. La invasión nazi de 1941 liberó a los millones de comunistas de todo el mundo de una carga moral insoportable, aunque significó que la URSS se pusiera la guerra al hombro. Cuesta imaginar cómo habría derrotado el mundo democrático al nuevo imperio alemán sin la resistencia soviética y la moral heroica y desesperada que le impuso su líder.
Otra paradoja es que la guerra devolvió a Dios y la religión al Estado ateo: la Iglesia hizo donaciones millonarias (y hasta un batallón de blindados) y hubo plegarias a Stalin, el “ungido del Señor”. También se restituyeron las condecoraciones y las honras zaristas de las guerras napoleónicas. La guerra ideológica cedió paso a la Gran Guerra Patria, como en tiempos de Pedro el Grande.

El autor destaca que la barbarie del nazismo terminó encubriendo la crueldad del régimen soviético. Pero la inexorable causa común contra el Eje, que incluyó “la desesperada coalición con la URSS”, pudo más que el abismo ideológico entre la democracia capitalista y el autoritarismo comunista. La gran paradoja de la guerra fue que la democracia se salvó gracias al comunismo.

En el esfuerzo de guerra, concluye Burleigh, los Aliados pudieron exhibir un sentido de defensa y moralidad, en tanto el nazismo construyó una pseudociencia de la desigualdad de razas que justificaba el ataque y su misión histórica de purgar el mundo. Esa creencia violentó la comprensión moral de la humanidad y la amenazó con formas que la alejaban de la civilización occidental.

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