La maldición de los minerales. República Democrática del Congo

Cobalto, diamantes, cobre, uranio, cinc, carbón, cadmio, oro, coltán… Son los nombres de numerosos minerales y piedras preciosas, y también están detrás de las causas de la violencia que vive actualmente la República Democrática del Congo (ex Zaire), ya que algunos alimentan nuestros móviles y ordenadores, y otros nuestra codicia. Situado en el corazón de África, el antiguo Congo Belga está rodeado por Gabón y la República del Congo al oeste, Angola y Zambia al sur, República Centroafricana y Sudán al norte, y Uganda, Burundi y Ruanda al este. Ocupa una enorme extensión que va desde el lago Tanganika al Atlántico y acoge en su seno a una gran diversidad de etnias y lenguas diferentes, entre las que destacan el lingala, el kikongo, el swahili y el tshiluba.

 

La RDC es uno de los Estados de la conflictiva zona de los Grandes Lagos. Conflictiva por su riqueza, tanto agrícola como de minerales, que nacen en su tierra cual maná, y que desde siempre ha despertado la avidez de los líderes africanos, europeos y estadounidenses, cuyas grandes empresas se dedican al saqueo, en una especie de pacto sellado entre todos. Todo ello ninguneando y humillando a la población, una de las más empobrecidas del mundo.

Un país rico con un pueblo pobre, como tantas naciones africanas, presas de sus minerales, del café, del cacao y de muchas más riquezas naturales, cuyos beneficios se repartieron las potencias extranjeras y, posteriormente, las empresas multinacionales y las elites de esos países. En el caso de RDC las riquezas se concentran sobre todo en el sureste (Katanga), siendo la zona que va desde Butembu a Lubumbashi una de las más ricas. De allí salen el oro, el coltán y los diamantes que parten cada día en grandes cargamentos hacia las zonas donde se fabrica la tecnología de la que hacemos uso diariamente en el Norte.

Una maldición, la de los minerales y las piedras preciosas, que viene de antiguo y que no ha cambiado tanto desde el colonialismo del siglo XIX, cuando las potencias europeas ocupan África, hasta este etapa poscolonial de nuevo imperialismo neoliberal. De la época del rey belga Leopoldo II, para quien todo ese territorio era de su propiedad, y en el que instauró una violencia terrorífica y criminal que asoló el país dejando cerca de diez millones de muertos, a la época actual, con otros tantos millones de muertos en los últimos quince años. El rey Leopoldo, por cierto, jamás pagó por los crímenes cometidos.

Independencias

A principios del siglo XX la propiedad del país pasó a manos de Bélgica y continuaron las maneras esclavistas. Una vez pasada la II Guerra Mundial, y hasta entrados los años sesenta, en la mayoría de los países africanos comenzaron a surgir (o a salir a la luz los ya existentes) movimientos de liberación o de corte independentista que luchaban para iniciar la ruptura con las potencias coloniales.

Al calor de esos movimientos, y fruto del hartazgo de la humillación, esa ola también llegó al Congo Belga de manos de un conglomerado de organizaciones políticas, muchas de corte tribal. De entre ellas destacaba el Movimiento Nacional Congoleño (MNC), liderado por Patrice Lumumba, cuyo ideario era más integrador y acogía valores cercanos incluso al socialismo. Lumumba lideró la independencia, logrando, tras unas elecciones, que la soberanía pasara de manos de los belgas a las de los congoleños en 1960. La independencia se iniciaba llena de esperanza, liderada por una persona que defendía un estado fuerte de corte unitario, cuyas riendas ostentaran de forma real los congoleños, con Lumumba como primer ministro y Kasa-Vubu (de uno de los partidos de carácter más tribalista) de presidente.

Pero, como sucedió con Julius Nyerere en Tanzania, cuando surgen líderes cuyas decisiones económicas y políticas derivan en una verdadera soberanía y en el bienestar de la población, se intenta frenar desde fuera esa deriva, a menudo con actuaciones un tanto oscuras. Eso fue lo que sucedió, que al poco de llegar al poder Lumumba se tuvo que enfrentar a numerosos problemas. Aparece Joseph-Désiré Mobutu, a quien Lumumba había conocido en Europa y que se había unido al MNC. Este nuevo personaje es nombrado jefe del Estado Mayor con consecuencias nefastas. Paralelamente, desde fuera se apoyaba al líder de Katanga (la zona más rica), aliado de los occidentales.

Mobutu dio entonces un golpe de Estado, hecho que tranquilizó a belgas y estadounidenses, y se inició la operación para hacer aplastar y desaparecer al “desobediente” Lumumba, que contaba con el respaldo de la mayoría de los congoleños. Lumumba fue detenido, encarcelado, torturado y asesinado. Murió en ese momento una de las grandes esperanzas no sólo para el Congo sino para el continente africano y comenzó, sin embargo, un periodo bañado de negrura y de autoritarismo, en el que se combinaba lo que se dio en llamar proceso de zairización con constantes pulsiones de injerencias externas, un leitmotiv en lo que hoy es la RDC.

Zaire

En 1965 se inició la aventura de zairización del país con Mobutu (que pasó a llamarse Mobutu Sese Seko) a la cabeza. Líder de un partido único, eliminó la pluralidad y, progresivamente, se fue tiñendo cada vez más de violaciones de derechos humanos, represión, corrupción… El centralismo acabó convertido en un sistema represivo de control social y eliminación de lo diferente. En ese proceso, la RDC se convirtió en Zaire.

Todo esto ocurrió hasta entrados los noventa con el beneplácito, cuando no la ayuda, de dos “socios preferentes” de la llamada comunidad internacional, Estados Unidos y Francia, que hasta finalizada la Guerra Fría utilizaron a Zaire como aliado frente al comunismo y cuyas grandes corporaciones se dedicaron a sacar (y siguen haciéndolo hoy día) enormes ganancias de la industria minera zaireña. También se enriquecieron el dictador y sus allegados. A Mobutu, la “gestión” de los negocios con los recursos naturales de los zaireños, bañada de represión y corrupción, le reportó sumas millonarias (billones de dólares), gran parte de cuyo montante escondió en cuentas bancarias en Suiza y en mansiones en el sur de Francia.

Las cantidades ingentes de dinero y el enorme enriquecimiento de algunos chocaban frontalmente con la realidad vivida por la mayoría de los más de cuarenta millones de habitantes del país, que sufrían miseria, desnutrición, alto índice de muertes infantiles, desempleo, falta de servicios públicos y de salud decentes y violación de los derechos básicos. Muchas personas no veían más solución que emigrar y, durante los años ochenta sobre todo, abandonaron su país y marcharon a estudiar y trabajar fuera, principalmente a Europa.

RDC, Ruanda y Burundi

La crisis de 1994 supuso un antes y un después en el devenir de Zaire, sobre todo en la zona este del país. Tras el genocidio ruandés de ese año se inició otra ola de violencia una vez llegaron al poder en Ruanda los tutsi, liderada por Paul Kagame, sembrada también de masacres y de cientos de miles de muertos. Muchos hutu huyeron y se instalaron en campamentos en la zona oriental de Zaire, cerca de donde se habían escondido también tutsi huidos de la anterior masacre.

EE UU abandonó entonces a Mobutu a su suerte y apoyó la incursión de militares de países vecinos en territorio congoleño. Paralelamente se creó una coalición dirigida por Laurent- Desiré Kabila y apoyada por distintos países, entre ellos Ruanda (Kagame y su Frente Patriótico ruandés) y Uganda. Este conglomerado se denominó Alianza de las Fuerzas Democráticas para la Liberación del Congo-Zaire (AFDL) e hizo posible que Kabila arrebatara el poder a Mobutu en 1996, provocando que el dictador huyera del país. Zaire volvió a llamarse entonces República Democrática del Congo.

Entre 1994 y 1997 se produjeron masacres sistemáticas de la población civil congoleña. Cuando se produjo el genocidio contra los tutsi en Ruanda, en 1994, los refugiados ruandeses huyeron al Congo, y los vecinos congoleños los acogieron. Ruanda, ayudada por Uganda y con el apoyo de Kabila, continuó cometiendo genocidio, esta vez contra los hutu y otros grupos de población, hasta 1998. Después de esas masacres, Kabila formó un ejército con miembros de Ruanda, Uganda y RDC para dominar definitivamente las riquezas del país. Una vez más, se siguió masacrando a la población civil.

Entre 1998 y 2003 murieron unos cuatro millones de congoleños. Durante ese período, Ruanda, Uganda y Burundi invadieron, ocuparon y sembraron de terror el Congo, mano a mano con los rebeldes de Nkunda (tutsi congoleño), que, a su vez, sirve los intereses de grandes potencias del Norte (Estados Unidos, Reino Unido, Bélgica y Holanda). Esta guerra permaneció totalmente ignorada por los medios de información, tal y como ha sido denunciado reiteradamente por los Comités de Solidaridad con el África Negra, que a través de la revista UMOYA ha difundido bastante información al respecto.

Desde 1998, el coltán y otros minerales importantes salen del Congo a través de Ruanda, ya que la zona donde abundan los minerales es el este (desde Katanga hasta Kivu), cerca de la frontera con territorio ruandés. Esto se hace con la complacencia de los países occidentales, cuyas multinacionales sacan gran tajada del negocio, y con una ONU débil, a cuyos cascos azules allí desplazados (MONUC) se acusa de no haber actuado correctamente ante las matanzas ocurridas durante los últimos quince años, como ha sido explicado por el javeriano congoleño Donato Lwyando.

Kabila hijo, ¿el cambio?

En 2001, Laurent-Desiré Kabila fue asesinado. Se supone que a manos de su guardia personal y por orden, según muchos, de su hijo, Joseph Kabila, que desde entonces preside el país. Kabila hijo “pretende cambiar las reglas del juego y rechaza que el pueblo congoleño obtenga como único ‘beneficio’ el trabajo esclavizante de niños y jóvenes en las minas y el sufrimiento que las milicias que trafican con el mineral infligen a toda la población”. [1] Pero esto cuenta con la oposición de quienes controlan el mercado global del coltán, que están aliados con el presidente de Ruanda. En cuanto a Kabila, no son pocos los que le acusan de poca transparencia en su modo de hacer política y en algunas de sus actuaciones.

En todo caso, estas masacres de la RDC siguen impunes e incluso se han bloqueado permanentemente los intentos de investigación. Se está a la espera de ver qué sucede con la querella interpuesta ante la Audiencia Nacional (y que tramita el juez Fernando Andreu) contra 40 militares ruandeses de la actual cúpula por “horrendos crímenes” cometidos en Ruanda y el Congo desde 1994 hasta 2000, que han causado la muerte a 3,9 millones de personas, entre ellas nueve españoles (seis misioneros y tres cooperantes).

¿Rayo de esperanza?

Un reciente informe de la ONU sobre Derechos Humanos en la RDC apunta directamente a Burundi, Ruanda y Uganda como posibles culpables de genocidio, crímenes de guerra y contra la humanidad. Aunque muchos intentan que la información quede oculta, el hecho de que se haya entreabierto una puerta supone un paso y quizás el inicio de algún camino en positivo.

En estos momentos parece que la embestida militar se ha calmado algo, que los ruandeses se replegaron a su Estado y que se paró a Nkunda. Con todo, según expertos como Donato Lwyando, militares ruandeses siguen entrando en el Congo en busca de minerales y alrededor de ello orbita un plan de separación liderado por EE UU, Ruanda y Uganda, que pretende dividir el Congo y hacer del este (zona de minerales) una república independiente, que incluiría desde Katanga hasta la zona de Kivu, lindante con el territorio ruandés.

Tal y como suele recordar este religioso javeriano, que en la actualidad se encuentra escondido por amenaza de muerte, la RDC está viviendo unos años muy convulsos en los que a violencia se refiere, una de las consecuencias de este expolio constante de sus recursos y de las luchas por el control de los mismos. En este asunto empieza a tener importancia también la posición de China, que ha entrado en el juego, negociando importantes contratos. Habrá que ver qué sucede.

Balance del decenio

Miles de mujeres y niñas violadas y explotadas, millones de personas empobrecidas, refugiadas, un Estado que no puede pagar a los profesores, directrices del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional que instan a no invertir en servicios públicos, sólo el cinco por ciento de los congoleños en la economía formal… Y más de cinco millones de muertos… Y día tras día cargamentos de oro, coltán y diamantes saliendo del Congo hacia el Norte. Hacia aquí. Anochece en el Congo y un gran camión recorre las carreteras hacia el aeropuerto. Va cargado de lo que serán componentes básicos de nuestros móviles y portátiles, gracias a los cuales, en Internet, buscaremos las palabras “RDC” y “guerras”, y los minerales manchados de sangre y la violencia y las mujeres que sufren abusos nos saltarán a cara. El horror. El horror.

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