La libertad como alimento

La noche de la inauguración, en medio de los flashes de los fotógrafos y de la multitud que busca abrirse paso en el Museo Nacional de Bellas Artes de Neuquén, los brillos de su mameluco rojo compiten con los de las diez mil cerezas con las que ha cubierto su “Estatua de la Libertad”. Marta Minujín –¿de qué artista podría tratarse sino de ella?– se dirige a la gente: “Los invito a que se coman la libertad. Esta es mi estatua. Es de ustedes, cómansela”. Y es entonces cuando comienza sin dudas lo más interesante del arte de Minujín, esa comunión pagana: cientos o miles de personas se acercan y pellizcan , se apropian de la obra, se comen la obra, se alimentan de ella. Son la obra. De la estatua queda –hasta el fin de la exposición– el esqueleto, la estructura tejida de hierro que sostenía esa carne roja. Una vez más, el arte de Marta Minujín se ha consumido y se ha consumado.

Lo había hecho otras veces, desde luego. El público porteño devoró su “Venus de queso”, en 1981, y la Estatua de la Libertad de frutillas, en 1985. Y antes, en 1979, su gigantesco “Obelisco de pan dulce”, también en Buenos Aires. Lo mismo que, un año después, en Dublín, “La torre de pan de James Joyce”, inspirada en un cuento del escritor irlandés. Pero nunca es lo mismo. Cada obra comestible de Minujín es diferente e irrepetible, como cada cena.

Quizá por eso es posible en las muestras de Minujín –siempre animadas por el espíritu festivo del pop– la paradoja de experimentar una rara sensación de nostalgia. Porque la acción nunca es lo mismo que el registro. En ciertos momentos del recorrido por París-Nueva York-Neuquén, la muestra que estos días se exhibe en el Museo de Bellas Artes de Neuquén –para orgullo de su director, Oscar Smoljan– con curaduría de Rodrigo Alonso y coordinación general de Roxana Olivieri, uno puede volver a tener la sensación –entre placentera y nostálgica– de estar revolviendo una caja de fotos familiares. Pero la propuesta de Alonso y Olivieri es equilibrada: incluye registros fotográficos ineludibles, como los de “El pago de la deuda externa argentina con maíz, el ‘oro latinoamericano’”, la acción que Minujín llevó a cabo con Andy Warhol en 1985 en Nueva York, o “Solving the International Conflict with Art and Corn”, realizada con un doble de Margaret Thatcher en Londres en 1996 para referirse a la Guerra de las Malvinas, un conflicto que, pese al paso de los años, cada tanto vuelve a sentirse como en carne viva tanto en la Argentina como en Gran Bretaña. Incluye también videos que recuerdan el impacto que produjo en la sociedad argentina de 1965 “La Menesunda”, la ambientación-recorrido que Minujín realiza junto con Rubén Santantonín en el Di Tella. Un impacto que llevó a la artista a una popularidad que ya no la abandonó: desde los años sesenta no existe en la Argentina otro artista plástico con semejante popularidad. Incluye registros en video del gigantesco “Partenón de libros” con el que la artista y una multitud celebraron en la Avenida 9 de Julio la llegada de la democracia en 1983, y la “Torre de Babel de libros” que instaló en la Plaza San Martín en 2011. Incluye un video que recuerda las “Remitificaciones de Carlos Gardel”, una escultura de 17 metros de alto que la artista emplazó y quemó una noche de 1981, en Medellín, Colombia, donde ardió el avión en el que viajaba uno de los mayores mitos argentinos.

La propuesta de Alonso y Olivieri –decíamos– incluye esos registros y muchos otros. Pero también les da un lugar central a obras nuevas –pinturas, vidrios, instalaciones– o a nuevas versiones de piezas fundamentales en la producción de la artista. Por ejemplo “Fenómeno de resonancia” (1981-2012), bella escultura de bronce fundido, una pieza que el museo neuquino adquirirá para incorporar a su colección. En el caso de la “Galería blanda”, ambientación que Minujín realizó por primera vez en Washington en 1973, creando un espacio con 200 colchones, la centralidad en la muestra de Neuquén es literal: está en el medio de la sala de exhibición este espacio blando que fascina especialmente a los chicos. Ninguno duda en sacarse el calzado, entrar en él y saltar de un lado a otro como si fuera un juego de un parque de diversiones, convirtiéndose –otra vez– en parte esencial de la obra de arte.

Vale la pena prestar atención a “Cenizas”, obra que Minujín produjo hace meses con sus amigos Leandro Katz, Horacio Zavala y David Lamelas, con cenizas del volcán Puyehue que recogió personalmente en la casa que tiene en Villarino. Destrucción convertida en creación.


FICHA
Marta Minujín

París-Nueva York-Neuquén

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