LA LECTURA EN LA PERSONA SORDA

Lograr del sordo un buen lector
La lectura en la persona sorda
Presenciar la adquisición de la lectura por un niño es casi siempre presenciar un pequeño milagro. Si ese niño es sordo, además del milagro tenemos un misterio.

Importancia de la lectura Cuando hablamos de lectura, siempre vienen a la mente preguntas básicas que nunca terminan de responderse. Como por ejemplo, ¿desde cuándo lee el ser humano?, ¿cuál fue el motor que propulsó esta invención?, ¿por qué, a seis mil años de la invención de la lectura una tercera parte de la población es aún analfabeta? Pero sobre todo, ¿cuál es el procedimiento por el cual transformamos un juego de símbolos gráficos secuenciales en significados, en sensaciones, en emociones, o incluso en una deliciosa torta de chocolate. La lectura fue desde sus comienzos un gran salto para la humanidad. Fue en un principio la actividad de unos pocos privilegiados y siempre estuvo rodeada por un aura de poder. Por siglos, la palabra escrita en algunas civilizaciones fue directamente la palabra sagrada. Y los escasos lectores eran en cierto modo lectores sagrados. Una de las figuras que más nos conmueve desde el antiguo Egipto es la figura del escriba de Saqqara (2620-2500 AC) porque nos muestra que la importancia social de este oficio era tal que el personaje -un cierto Pehernefer- mereció que se le erigiera una estatua, honor dedicado sólo a reyes y dioses. Por su parte, la antigua Roma, antes de convertirse en imperio, tuvo buen cuidado de importar escritores y pedagogos griegos, que era el nombre que se daba a los maestros entonces. Durante muchos años la educación de los privilegiados en Roma fue bilingüe, con una lengua para la cultura y otra para regir los asuntos de Estado. Respecto al nuevo mundo, hay una recreación en uno de los filmes sobre el secuestro del Inca Atahualpa por Pizarro que describe el momento cuando Atahualpa, prisionero de Pizarro aprende (mas no de Pizarro, que era analfabeto) que los mensajes pueden no solamente ser enviados oralmente sino a través de símbolos escritos. Describe el filme que cuando el Inca comprendió de qué se trataba la escritura y cuán poderosa era para transmitir información que de esa manera se mantenía incorrupta y fiel, entró en profunda depresión y comprendió que el tiempo de su imperio había pasado. Que otros pueblos, que tenían la tecnología del libro -más importante que la de las armas de fuego- y que podían hacer que los secretos pasaran de generación en generación en unas cuantas hojas con manchas de tinta, eran necesariamente los vencedores. ¿Qué es la lectura? Como vemos, la lectura y la escritura han servido de respaldo a muchos imperios. Tenemos bastante clara su función social, su función histórica. Sin embargo, en los actuales momentos no tenemos claro cuáles son los procesos por los cuales el individuo común lee. Casi nadie guarda recuerdos claros de su propio proceso de adquisición de la lectura. En otras palabras, es muy difícil para cada uno de nosotros recordar una época sin lectura. Nuestro largo proceso de formación como profesionales está relacionado con la lectura. Y hoy en día a través de Internet y la telefonía celular es posible que más y más gente se incorpore a ella. Los sordos por ejemplo, tradicionalmente poco ganados a la lectura y escritura por los métodos tradicionales, están convirtiéndose en lectores a través de los mensajes de texto de los celulares y de los chats en Internet. El hecho es que, a pesar de que todo el sistema humano se mueva en buena parte alrededor de la lectura, poco sabemos a ciencia cierta sobre el proceso lector en sí mismo, su anatomía, su fisiología, su psicología, su sociología. Sistemas de lectura/escritura Encontramos que el ser humano ha acometido el problema de la codificación/descodificación (escritura/lectura) de significados desde dos puntos de vista diferentes pero no opuestos. Uno, que trata de modelarse sobre los sonidos del habla, o combinaciones de ellos como el sistema ortográfico, y los sistemas silábicos (el kana japonés, por ejemplo); y otro que trata de modelarse sobre los conceptos del habla, sobre las palabras o morfemas, llamado logográfico. Ejemplos del ortográfico encontramos en todas las lenguas occidentales y algunas orientales. Ejemplo de logográfico es el chino y buena parte del japonés. Entre las lenguas que han desaparecido, el latín y el griego eran ortográficas basadas en sonido, el egipcio, el maya eran logográficas, representaban palabras. Cuáles sean las ventajas de uno u otro no es algo que vamos a tratar en este artículo. En tanto occidentales y usuarios de un sistema ortográfico, nos parece obvio que este últimos es superior. Sin embargo, el sistema logográfico tiene millones de usuarios/defensores y el hecho de que entre los mejores lectores del mundo estén los japoneses que tienen dos sistemas, uno silábico (que es parecido en su funcionamiento al ortográfico), y otro logográfico, debe bastarnos para implantar alguna duda. Por estos resultados cabe deducir que el sistema no constituye una dificultad en sí misma. El proceso en los oyentes La historia de un lector oyente puede resumirse así: Un niño nace con una capacidad específica para desarrollar una lengua cualquiera en un tiempo preestablecido: lo que algunos extremistas neo-chomskianos como Steven Pinker llaman “el instinto del lenguaje”. El entorno proporciona los datos que el niño requiere para -en unos pocos años- ser un hablante eficiente de la comunidad en que se desarrolla. Ese niño va a estar rodeado de una lengua completa y estructurada desde muy temprano. Va a observar activamente cómo se usa la lengua para pedir, para protestar, para amar o rechazar, para orar, para insultar, para mentir o para narrar. Pero sobre todo, va a observar la retroalimentación, el intercambio, lo que hace que la lengua no sea una mera encriptación de información, sino un sistema social. También este niño va a estar rodeado de escritura desde temprano. Los libros o revistas que se leen en casa, los textos cada vez más complicados de los productos que consumimos, la publicidad, los graffiti de la calle, los subtítulos de filmes extranjeros, los mensajes de texto de celulares, las computadoras. Cuando el niño oyente comienza a ir a la escuela, las primeras nociones de lectura son sobre cómo lo que decimos, sonido a sonido, puede representarse grosso modo letra por letra para reproducir ese proceso de representar significados en símbolos. Una vez que se atrapa el secreto de la reconstrucción de un significado cualquiera, sonido a sonido, el proceso se hace automático y veloz de tal manera que un lector maduro avanzado ya no lee, predice. Ya no ve, intuye y se sumerge en los textos integrando, mezclándose con los significados del autor, enriqueciéndolos con sus propias vivencias. Esta última experiencia es lo que llamamos lectura. Si nos fijamos bien, lo que he tratado de describir a grandes rasgos es mi propio proceso, mi propia experiencia de lectora que se ha formado dentro de un sistema ortográfico. ¿Cómo lo hacen los chinos? Es fácil decir que la escritura china está basada en logogramas, en conceptos, en morfemas, en lexemas. Más difícil es imaginar cómo es el proceso lector de un niño chino. Sabemos, por ejemplo, que hay dos metodologías básicas de enseñanza de la lectura en chino. Una, básicamente usada en Taiwán y otra en el resto de lo que burdamente llamamos China. La metodología de Taiwán echa mano de una cierta base fonológica que se puede encontrar en los logogramas. La otra metodología tiene un abordaje del logograma como un todo, sin apelar a su contenido sonoro. Cuando leemos cosas como estas, incluso si no entendemos cómo puede funcionar este tipo de escrituras (“eso es chino para mí” es una expresión muy gráfica) entendemos algo que es clave para tratar de entender la lectura/escritura en el sordo. Ese algo es que tal vez se puede acceder al significado escrito sin pasar por un sistema intermedio de sonido. Ese algo nos da una esperanza, pero la realidad es otra. Los hechos mostrados en las estadísticas de Gallaudet, la única universidad exclusivamente para sordos en el mundo, son un tanto desesperanzadores. Nos dicen que los lectores sordos aún están muy por debajo de los oyentes, independientemente del método empleado y de otros factores que se consideran importantes en el éxito de la adquisición de la lectura. Nos dicen por ejemplo que un sordo egresado de bachillerato tiene típicamente un nivel de escritura equivalente al sexto grado de un oyente. También nos dice -de acuerdo con datos de Carol Padden (lingüista, sorda, analista de la ASL)- que los alumnos que ingresan a la universidad en Gallaudet tienen niveles de lectura tan poco adecuados al nivel académico que presentan serias dificultades para leer los textos universitarios. En otras palabras, los datos nos dicen que el lector/escritor sordo tiene usualmente un nivel por debajo del correspondiente a los oyentes. Sin embargo, a pesar de los bajos niveles de lectura/escritura los sordos avanzan en todos los países en el escalafón de la educación. Pasan de la primaria a la secundaria y de aquí a la universidad. ¿Significa esto que los sordos están recibiendo una educación de segunda? ¿O que la integración es una utopía? ¿Que en el momento de evaluar las diferentes competencias de los sordos ponemos también en la balanza su condición de sordo? Responder sí a las interrogantes anteriores trae serias consecuencias laborales para el futuro profesional sordo. Pero sigamos hablando de lectura. ¿Debe haber base de sonido en la lectura? La historia de la educación lectora del sordo ha estado sujeta a los vaivenes políticos de las diferentes orientaciones de le educación especial de cada país. Una circunstancia bastante difícil en esta educación ha sido -y continúa siendo en algunos países rígidos, como Cuba- el oralismo. Digo difícil para los sordos, para los políticos que diseñan los planes y para los docentes que los aplican, más fácil. Porque es innegable que es más fácil para la mayoría oyente -nosotros- tratar de convertir al sordo en un “oyente” (de segunda, de tercera, de cuarta, pero “oyente”), que tratar de entender las verdaderas dimensiones de la sordera y actuar en consecuencia. El oralismo “puro y duro” fracasó en el intento de formar buenos lectores entre los sordos. Pero hay que admitir que no todo es atribuible al “oralismo”. La educación mundial ha fracasado en meramente alfabetizar (¿lectura grado cero?) a un tercio de la población mundial. Ni pensar en cuál es la población mundial de oyentes que pueden ser considerados “buenos lectores”. Cuando se comenzó a explorar la posibilidad de proporcionar una lengua de señas como primer acceso a un sistema lingüístico completo y accesible para que el sordo pudiera “construir” sobre él los conceptos de lectura y escritura, las miradas de los lingüistas se volcaron hacia los sistemas logográficos de lectura/escritura como el chino que -aparentemente- evaden la interfaz sonora que los lectores de sistemas ortográficos emplean. La ilusión ha durado poco, porque examinando, no los sistemas en sí mismos, sino los métodos empleados por los maestros, de chino, por ejemplo, se ha descubierto que aun la enseñanza de la lectura para lenguas escritas no basadas en los sonidos de la lengua hablada recurre a conceptos de sonido de la lengua hablada. El estado actual de las investigaciones no dicen nada concluyente todavía. Hasta ahora no sabemos cuál ha sido el verdadero efecto del empleo de lenguas de señas como sistema lingüístico básico. Lo que sí es concluyente es que ciertos conceptos basados en el sonido son muy importantes para la eficiencia lectora. ¿Cómo ha hecho el sordo hasta ahora? Antes de iniciar esta sección se debe recordar que “el sordo” es un concepto simplificado para muchos propósitos. Hay múltiples combinaciones de circunstancias diversas que podrían caer bajo la etiqueta “el sordo”. Igualmente para cualquier otro concepto: el “latinoamericano”, por ejemplo. Una vez recordado esto, diremos que el sordo al que nos referimos en esta sección específica es el sordo profundo, de estatus socioeconómico medio-bajo, de padres no sordos. Si este sordo es ahora adulto, probablemente fue a la escuela “oralista” de una época, sin haber adquirido en el hogar un concepto de sistema lingüístico: recordemos que sus padres son oyentes. Fue a la escuela con un concepto elemental de comunicación que tenemos todos los seres vivos, pero sin un concepto de sistema lingüístico. Un niño sordo de entonces entraba al sistema escolar -en el mejor de los casos- a los seis años de edad, cuando un niño oyente cualquiera ya tenía un concepto de lengua completamente afianzado. Esto significa una desventaja enorme, para el sordo, casi insuperable. Sobre esa desventaja, se pretendió crear dos sistemas: uno oral, hablado, basado en señales sonoras que el sordo no percibía; y otro, más tarde, el de la lectura/escritura, basado en los sonidos de una lengua que -recordemos hasta el cansancio- el sordo no percibía. Mi sincera respuesta al interrogante es “no sé”. No sé como se las ha arreglado ese sordo hasta ahora. Las estadísticas que hoy en día están al alcance de todos nos dicen lo que tememos oír: los sordos que mejor adquirieron en el pasado y adquieren en el presente la lectura son aquellos que más se parecen a los oyentes: los que más oyen. Es decir, no son los sordos profundos. Si el sordo -el mismo sordo profundo- creció en la época en que se propulsó el uso de una lengua de señas en el aula, tuvo mejor suerte, pero no en la lectura. Tuvo mejor suerte como individuo: tal vez fue a un maternal para bebés sordos con ayudantes sordos que le proporcionaran un modelo lingüístico y humano. Tal vez tuvo una educación primaria o hasta secundaria donde había un auxiliar sordo en clase como modelo a imitar, como traductor, como maestro amigo y comprensible. Estas circunstancias que rodearon la propuesta del bilingüismo hicieron al sordo una persona más equilibrada, tal vez con una autoestima más alta que la del sordo de una o dos generaciones anteriores. Las estadísticas muestran, sin embargo, que aunque ahora el sordo esté mejor preparado lingüísticamente para la lectura, no es mejor lector. Al menos no de manera significativa. El sordo “buen lector” no ha emergido aún ni de las aulas oralistas, ni de las bilingües, en cualquiera de las acepciones de este controvertido concepto. ¿En qué punto estamos? Leyendo las revisiones sobre las últimas investigaciones sobre lectura y escritura en sordos, encontramos puntos en los que los investigadores coinciden y otros que aún son muy controvertidos. Creo que debemos considerar unos y otros para reflexionar, para discutir y para tratar de incorporar este producto de reflexión o discusión en nuestro quehacer docente Estos puntos los enumero a continuación. 1. Todas las investigaciones coinciden en que los mejores lectores sordos en el mundo provienen de hogares donde los padres son también sordos. Las circunstancias que rodean al niño sordo de padres sordos no son sólo de aceptación, de afecto, de compenetración, de modelos a seguir, sino, muy importante para la lectura: de comunicación completa e irrestricta. El niño sordo de padres sordos tiene dos “hablantes” a tiempo completo a su alrededor que le traducirán el mundo circundante en conceptos lingüísticos, en una lengua completa, en un sistema bien estructurado. Este sistema de lengua, de habla, es imprescindible para armar el sistema escrito. 2. Las investigaciones también coinciden en que a falta de padres sordos, la segunda mejor circunstancia que se le puede proporcionar al bebé sordo es el entorno de esa misma lengua completa que utilizarían los padres sordos. ¿Cuál otra lengua va a ser esta sino la lengua de señas de la comunidad de sordos más cercana? Es de importancia vital para el equilibrio del futuro individuo y para la formación del futuro lector que el bebé no crezca en aislamiento social, afectivo ni lingüístico. Si este deber lo asumen los padres o debe ser asumido por las políticas de educación especial pública, es una discusión que vale la pena emprender cuanto antes. 3. No hay coincidencia sobre el papel de un componente de sonido en los modelos que tratan de explicar el proceso lector. Hemos hablado de sistemas de lectura/escritura que pueden ser enseñados con bastante independencia del sistema de sonidos de la lengua hablada correspondiente. Pero bastante independencia no es total independencia. En otras palabras, si los conceptos de sonido de la lengua hablada son importantes en el proceso lector, cómo hacemos para introducirlos a través de una lengua de señas. Esta es otra de las discusiones que se deben iniciar o retomar. 4. No hay coincidencia en la interpretación de los hechos de que los mejores lectores en la población de sordos provienen de hogares en que ambos padres son sordos, o provienen de circunstancias relacionadas con la preservación de restos auditivos. En el primer caso, estamos en presencia de la construcción de un sistema lingüístico sólido. En el segundo, de la utilización de conceptos de sonido en relación con buenos restos auditivos. ¿Cómo emular ambas circunstancias -si es que deben emularse- en una metodología eficaz? 5. Sobre los implantes cocleares que superficialmente parecieran el milagro no hay tampoco respuestas convincentes. No ha transcurrido el tiempo suficiente todavía para evaluar los resultados de esta tecnología en relación con el desarrollo individual del sordo, mucho menos con el desarrollo de la lectura/escritura. El tema del implante coclear es muy delicado y debe ser tratado con precaución por los daños permanentes que la decisión sobre un implante puede comportar. A manera de conclusión Hay, naturalmente, muchos más elementos que entran en juego cuando hablamos de mejorar las condiciones para hacer del sordo un buen lector -que es el objetivo subyacente de estas discusiones- No podemos tratarlos todos en el marco de un artículo divulgativo. Mi experiencia en investigación me ha enseñado que el terreno de la ciencia es, en general, movedizo. La ciencia y la tecnología avanzan a pasos agigantados y es muy difícil tratar de incorporar sus resultados a un ritmo medianamente aceptable. Hace pocos días James Watson, descubridor del ADN -las instrucciones genéticas empleadas en el desarrollo y funcionamiento de todos los organismos vivientes- se presentó en la universidad de Texas, en Houston, para hablar del impacto de la genética en nuestra sociedad. Watson les dice a los estudiantes que según su propio estudio genético a él se le predijo ceguera a los cincuenta años -tiene ochenta en este momento- y que él ha tomado previsiones desde entonces para evitarlo. También dijo que en el futuro este tipo de estudios podrían ser rutinarios como lo es hoy la amniocentesis. ¿Qué nos reserva el futuro respecto a la genética y la sordera? No sabemos. Pero tenemos mucho por resolver en el presente, en el aula. El terreno de la ciencia es movedizo, pero el docente, por su parte, quiere una cierta firmeza porque son él, o ella, quienes se encargan de la faena sucia, del día a día, del problema en el aula y sobre todo, de esa sensación de inconformidad de “no estar haciéndolo bien”. Para entender las dificultades del docente sería ideal que todo investigador tratara de estudiar sus propuestas en el aula. Y si esto no es posible, hacer que muchos docentes se conviertan en investigadores. Sólo el trabajo de observación y de discusión constante acelerará el proceso de convertir al sordo en un buen lector. En este momento creo que hay que hacer un serio replanteo de conceptos que creímos adquiridos de una vez y para siempre: lectura, escritura, sordera, bilingüismo. Tal vez estemos aspirando a niveles ideales que ni siquiera se alcanzan en la educación de los oyentes. En pocas palabras, tal vez el deseo de lo perfecto nos está impidiendo hacer lo bueno en el campo de la lectura. Hay factores que estamos pasando por alto injustamente. Como por ejemplo, ¿qué hay en la escritura de los “chats” y en los mensajes telefónicos de texto, en el mundo de la computación, en general, que hace que los sordos se hayan “lanzado” como nunca antes a escribir y a leer. Tal vez nos estamos perdiendo de algo importante, pero aún estamos a tiempo para tratar de descubrirlo. Lourdes Pietrosemoli* * Docente de la Universidad de Los Andes, Mérida. Venezuela.

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