La lectura como resistencia

HONGOS

El chico que lee el diario que reparten en los subtes. El hombre con los ojos fijos en la pantalla de su Kindle. La mujer que manda mensajes a través de su celular sin dificultad pero encuentra compleja la tarea de completar un formulario en el hospital. ¿Desde qué lugar leen (o no leen)? ¿Cuál es el aparato social que se pone en juego en cada ocasión? ¿Cuáles son los presupuestos sobre los que maneja la industria editorial, el mercado de los ebooks o las políticas educativas? ¿Qué competencias implica el formato de un texto tradicional (su división en párrafos, capítulos, la existencia de un índice)? Y, ¿cómo se articula un sentido a partir de estas convenciones?

Catedrático de la Universidad de New South Wales (Sydney, Australia) y doctor por la de Oxford, el inglés Martyn Lyons ha elegido en su libro Historia de la lectura y la escritura en el mundo occidental (Editoras del Calderón) responder a estas preguntas desde una perspectiva histórica.

“Si imagináramos la historia de la comunicación textual como el año calendario –dice este investigador en una videoconferencia que triangulaba Sydney, Madrid y Buenos Aires– podríamos ubicar el principio de la escritura en la Mesopotamia el 1 de enero. El invento del códice, en cambio, estaría en septiembre. Podríamos decir que Gutenberg desarrolló su imprenta de tipos móviles a fines de noviembre. Internet, el cambio más fundamental, nació alrededor del mediodía del 31 de diciembre y los libros electrónicos, cerca del atardecer”.

Sin embargo, su libro se ocupa de desmitificar el impacto que la tecnología ha tenido en la práctica y la difusión de la lectura planteando otras cuestiones vitales a la hora de evaluar la dimensión de los procesos y comprender lo contemporáneo. ¿Quién es el dueño de la tecnología? ¿Qué tipos de libros se imprimen?

Frente a la ilusión de democratización de la lectura que pudo suponer el uso de la imprenta –y ahora de Internet–, el autor se plantea cuestiones más ligadas a los mecanismos de control. Sostiene que la llamada revolución de la imprenta fue sobre todo una creación de la Revolución francesa, cristalizada luego en el siglo XIX, y que el vínculo entre Gutenberg y el Humanismo renacentista es, al menos, improbable. Mucho más factible es vincular la imprenta a los mismos organismos de poder anteriores a 1440. De hecho, el principal cliente de Gutenberg fue, por supuesto, la Iglesia Católica que a partir de la imprenta pudo contar, al fin, con ediciones uniformes para estandarizar y controlar ritos y prácticas.

Si bien la escritura ocupa un lugar mucho menor en el libro, Lyons se plantea preguntas muy interesantes: ¿Qué significa saber escribir? ¿Poder firmar un acta de matrimonio, poder completar un formulario? Porque, por ejemplo, en la Suecia del siglo XVII los índices de alfabetización eran monitoreados por la Iglesia Luterana. No importaba que sus integrantes supieran o no escribir. Lo que los registros indican es el conocimiento del contenido bíblico.

Saber escribir también sirvió a otro gran órgano de control: el de la burocracia. Firmar un acta y poder presentar un certificado de bautismo eran requisitos fundamentales para moverse dentro del Estado burocrático.

Hoy por hoy, nuestro país tiene uno de los índices de alfabetización más altos de América Latina. Sin embargo, ¿ese número responde a la capacidad de comprender lo escrito, de poder articular la escritura de un párrafo, de poder comunicarse a través de la palabra escrita?

Formado en la tradición inglesa –nombres como Foucault no figuran dentro de su bibliografía sugerida–, Lyons no tiene una visión eminentemente teórica. Le interesa el lector real. Por eso analiza lo que cada cifra encierra y rastrea experiencias concretas de lectura. Como las que ofrece la Reading Experience Database –o RED–, una base de datos donde con sólo ingresar el nombre de algún autor en el motor de búsqueda podemos saber qué dijeron de él –en cartas, periódicos, revistas o documentos– lectores ingleses de un período que abarca desde 1450 a 1945. Un pequeño lujo para los amantes del canon literario porque, a decir verdad, el espacio que Lyons le dedica a la literatura es muy pequeño. ¿Será que el poder de la palabra literaria, su capacidad de incidir en los procesos sociales está sobrevaluado?

El devenir histórico, ya sabemos, es implacable: “En la Francia del siglo XVIII, ¿quién leía de verdad a Voltaire?”, se pregunta Lyons en diálogo vía mail con Ñ. “ Seguramente no mucha gente ya que más de la mitad de la población francesa era analfabeta”.

Cabe preguntarnos cómo transitarán los historiadores el pasaje del libro al soporte digital. Blogs y sitios de Internet que hacen hoy de nuestra lectura habitual caen a diario en el pozo negro de servidores que dejan de funcionar o sistemas operativos que se vuelven obsoletos.

“Es paradójico que, en un tiempo en el que estamos inundados de información, tan poco de ella perdura –cuenta Lyons–. Lamentablemente, los historiadores no hemos tomado cartas en el asunto, aunque aquí y allá hay intentos por archivar una cantidad de documentos electrónicos como ser registros de gobierno”.

Probablemente, estos registros dependan de presupuestos que en muchos casos responderán, como hace más de quinientos años, a intereses políticos. Y ese material sea el que perdure con los años.

¿Podrán quienes no saben leer y escribir acceder a la lectura directamente a través de los medios electrónicos? Lyons es escéptico. Parece poco probable que la era digital llegue a lugares donde no solo los índices de alfabetización son bajísimos sino que sólo hay un televisor cada tres mil personas.

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