La interculturalidad como fuente de espiritualidad. Una espiritualidad para evangelizadores del siglo XXI

1. PORQUÉ UNA ESPIRITUALIDAD DE LA INTERCULTURALIDAD

1.1. Punto de partida: cuestionamiento a la “espiritualidad de la inculturación”

a) La sospecha de las culturas minoritarias

Comencemos diciendo que no vamos a hablar de “inculturación”, sino de un nuevo concepto que ya hace años la viene remplazando: la “INTERCULTURALIDAD”. Las culturas ajenas a la “cultura cristiana” han terminado sospechando del contenido colonizador que tiene el concepto de “inculturación”. Basta esta sospecha, para no correr el peligro de construir una espiritualidad a partir de un concepto sometido a la crítica. De nada nos serviría una espiritualidad bajo la sospecha de ser taimadamente opresora. Porque, a la hora de la verdad, de esto acusan las culturas minoritarias a la iglesia católica en su propuesta de “inculturación”.

 

b) Un examen de los contenidos de la inculturación

Las mejores definiciones que se han dado de inculturación contienen estos tres elementos:

1. La acción por la cual el evangelizador asume la cultura del evangelizado;

2. La acción por la cual el evangelizado asume los principios del Evangelio traído por el evangelizador;

3. La acción por la cual la cultura queda renovada por el Evangelio.

 

Frente a estos tres elementos caben preguntas.

1°. Respecto al evangelizador que asume la cultura del evangelizado: ¿Es necesario para que haya evangelización que el evangelizador foráneo asuma la cultura del pueblo evangelizado donde llega? ¿Las culturas evangelizadas le exigen esto al evangelizador foráneo? Cuando el evangelizador foráneo no asume la cultura del evangelizado, ¿queda por esto mal realizada la evangelización? ¿Es posible que un evangelizador asuma en todos los aspectos una cultura que no es la suya? Cuando veamos qué es cultura, seremos más conscientes del problema.

2°. Respecto al Evangelio que es asumido por el evangelizado: ¿El Evangelio ofrecido, está libre de las limitaciones de la cultura en que fue escrito, o de la cultura del que lo está ofreciendo en determinado momento histórico? ¿Por qué olvidar que el Evangelio que anunció Jesús ya no nos llega en estado puro, sino mediatizado por la cultura de sus redactores, por las culturas de sus hermeneutas a lo largo de la historia y, por último, por la cultura del último evangelizador que lo presenta?

3°. Finalmente, respecto a la cultura que queda renovada por el Evangelio: ¿No hay aquí el peligro de imponer principios que no siempre son evangélicos, como si lo fueran? ¿No se está queriendo imponer la religión del evangelizador más que las verdades del Evangelio? ¿Se puede aceptar, a ciegas, que las verdades relativas de una religión primen a toda costa sobre las verdades históricas de una cultura? Cuando pensamos que una cultura queda renovada, ¿pensamos realmente en los valores netamente evangélicos, o en los valores que la religión evangelizadora presenta?

 

c) La visión romántica de la inculturación

En fin, la inculturación tiene tal cúmulo de interrogantes, que siempre estará sometida a la sospecha de ser una mediación remozada por la antropología religiosa, pero que en el fondo apunta a acciones de conquista o colonización. De hecho, a pesar de toda la belleza y fascinación que tiene la inculturación, cuando ha llegado la hora de los conflictos, la iglesia oficial ha defendido e impuesto su verdad sobre las de las culturas, y ha defendido de nuevo ser la poseedora de la verdad, desvalorizando y relativizando la verdad o las verdades de las culturas minoritarias.

Por lo mismo, dejaremos la visión romántica de que el evangelizador, cuando humildemente entra en contacto con la cultura del otro, descubre bellezas de todo género que lo enriquecen espiritualmente. Este mundo espiritual tan poético queda pervertido cuando llegan los momentos en que la cultura del otro, por algún motivo, es considerada inferior. Abandonarnos acríticamente a la inculturación sería aceptar la posibilidad de convertirnos en saqueadores espirituales de las culturas, sin valorar o respetar esa misma cultura que ha producido esas bellezas que en algún momento nos entusiasman. Es decir, cosechamos las bellezas que producen las culturas, pero desvalorizamos la cultura que las produce. ¿Cómo se llama esto? Hacemos, con sus debidas proporciones, lo mismo que siempre han hecho conquistadores y colonizadores: se enamoraron de las bellezas indígenas y negras, pero nunca les dieron reconocimiento a sus personas y culturas; por el contrario, las trataron como algo inferior: ¿qué nombre le ponemos a esto?

 

d) Evitar una espiritualidad sin claridad en su objetivo final

En conclusión: le estamos diciendo no a la inculturación, como fuente de espiritualidad, por el peligro que tiene, no tanto en su definición -que es muy hermosa- sino en la práctica concreta de la misma, que fácilmente nos puede llevar a ser unos explotadores taimados de las culturas. La práctica católica de la inculturación, mientras no reconozca concretamente la igualdad entre las culturas y, por lo mismo, entre las religiones, no se podrá acercar a ambas con intención pura o con conciencia diáfana. Siempre estaremos pensando en la superioridad de lo nuestro, y crearemos una espiritualidad del engreimiento, de la superioridad, del dominio, y estableceremos disimuladamente unas relaciones espirituales de sabios a ignorantes… de poseedores de la verdad a poseedores de falsedad… de superiores a inferiores… ¿No es esto lo que muchas veces hemos hecho y, si se quiere, continuamos haciendo en la práctica? ¿Y qué tipo de espiritualidad es esta?

 

e) Superar el temor de aceptar la verdad de los otros

Considerar iguales a otras culturas y otras religiones, es difícil hacerlo, mientras consideremos a dichas culturas y las religiones que nacen de ellas, como mediaciones de poder. Pero, es fácil hacerlo, si las consideramos como mediaciones teológicas (mediaciones de espiritualidad), fruto del Espíritu que inhabita a todos los seres humanos. A nadie se le puede ocurrir pensar que el Espíritu de Dios es más grande o más verdadero en una cultura que en otra. La verdad que tanto nos preocupa a los católicos y que tenemos miedo que nos la arrebaten, depende de nosotros mismos. Ya es noción vieja en la filosofía y en la teología que la verdad existencial no está en las cosas, sino en la mente de quien conoce dichas cosas. Somos nosotros quienes llenamos de verdad a todos los conceptos o definiciones con que llamamos o definimos las cosas y las personas. Por eso el ser humano tiene tantos nombres y tantas definiciones para Dios. Cada cultura tiene no una, sino varias o muchas definiciones de Dios.

 

1.2. La posibilidad de la espiritualidad de la “Interculturalidad”

a) Qué es interculturalidad

Interculturalidad es sencillamente seguir la opción dinámica de la historia que lleva a las culturas a relacionarse entre sí, reconociéndose, respetándose y enriqueciéndose mutuamente, sin ninguna intención de conquista o avasallamiento. Es hacer de la dinámica cultural una mediación de mutuo crecimiento, aceptando el proceso evolutivo de humanización, del cual forma parte la verdad.

Llevar esta definición a la vida espiritual, es por una parte enriquecer nuestro espíritu con lo bueno que descubrimos en el otro, y por otra parte es ofrecerle al otro aquello que creemos lo puede hacer crecer en su proceso de humanización, convencidos de que todos podemos ser llevados a una justicia mayor, a un amor mayor, a una verdad mayor.

 

b) Consecuencias de la interculturalidad para la teología

Sólo cuando valoremos el papel que lleva a cabo la interculturalidad en nuestras conciencias, nos daremos cuenta de su valor como fuente de espiritualidad. Veamos sólo unos cuantos puntos de todo aquello que se deriva, por el solo hecho de proponernos caminar por el sendero de la interculturalidad.

1ª. La interculturalidad es un acto de fe en la presencia de Dios en todas las culturas. Colocarnos con respeto frente a otra cultura es reconocer el valor de sus propias verdades, la dignidad de su propia cultura, el derecho a que lo ya construido en un proceso histórico valioso no sea destruido por nuestra “evangelización”. Es reconocer que Dios está presente en todas las culturas.

2ª. La interculturalidad es una confesión de la limitación de nuestras estructuras. Si, frente a lo que nosotros ofrecemos, la otra cultura no reacciona, es que o no entendió lo que le comunicamos, o lo entendió y no le vio ningún valor, o nuestra mala conducta neutraliza su convencimiento, o le ve mucho valor, pero necesita tiempo para asimilarlo, para ir desmontando lo que ya tiene construido y para irlo remplazando por los nuevos valores descubiertos. Pero esto significa un largo proceso, un prolongado acompañamiento y una comprensión inmensa, que nuestras prisas occidentales, y la evaluación cuantitativa a la que nos acostumbraron lo impiden. Por eso entramos atropellando culturas, atacando valiosos procesos históricos, imponiendo la propia cultura e irrespetando los valores del otro. Y por eso también, abandonamos o no sabemos acompañar las culturas que no se “convierten” a lo nuestro.

3ª. La interculturalidad es un reconocimiento de que Dios salva a los seres humanos por muchos caminos. Tenemos que repensar la salvación que ofrecemos a los demás. Esto lo realizamos en la medida en que comprendamos el verdadero sentido de la salvación que ofrecemos en la persona de Jesucristo. Para esto, comencemos recordando, ante todo, que Dios quiso que el Jesús de la historia naciera dentro de un proceso, después de millones de años en que muchos seres humanos habían buscado y creado caminos y más caminos, tratando de buscar realidades de amor, de justicia y de verdad que les permitiera prolongarse en la historia… ¿Estos seres que antecedieron a Jesús quedaron sin salvación, porque no tenían el ejemplo de su ética? Antes de Jesús existieron en la historia culturas y personajes de una honda espiritualidad que guiaron a la humanidad. Jesús, en su vida y en su doctrina, asumió las experiencias de amor y de justicia de sus antecesores y ratificó con ello el valor moral de los que lo precedieron. Lo mismo debemos decir de las culturas que existen en el mundo, posteriores a la encarnación de Jesús y que no lo han confesado todavía como al Hijo de Dios. En todas estas culturas sigue trabajando Dios, y siguen apareciendo en el mundo caminos originales y virginales de justicia, de comunión fraterna, de capacidad de dar la vida por las causas justas… ¿De quién podrá ser fruto todo esto? Unos dirán que se trata de “las semillas del Verbo” que están en las culturas. Otros dirán que se trata de “cristianos anónimos”… Lo único cierto es que todo esto es confesión de que los caminos de Dios para la salvación no coinciden del todo con los caminos que señalan nuestras teologías… Todas quedan superadas por la aparición del amor de Dios en los procesos de humanización, inexplicables para quien crea que la gracia de Dios sólo está en su iglesia.

4ª. La interculturalidad nos acerca a un nuevo modo de pensar a Jesús como mediación de salvación. El mejor modo de comprender a Jesús es entenderlo como el paradigma perfecto de todas las éticas que salvan. Su presencia en el mundo vino a ratificarnos, de parte de Dios, que todos los procesos cimentados en la justicia eran el camino que a Dios le agradaba y eran la mediación que realmente nos humanizaba. Jesús encarnado no es el comienzo de la historia, ni del amor, ni de la justicia, ni de la ética… Es más bien la clave para comprender la historia, en todas sus manifestaciones de amor, de verdad y de justicia. Su existencia nos vino a corroborar, de parte del mismo Dios, que el camino de la justicia y del amor es el que a Él le agrada, porque es el que realmente humaniza. Esta ratificación del valor del amor y de la justicia no la hace Jesús sólo con palabras. Lo hizo con hechos tan concretos, que lo llevaron a terminar su vida en el atroz castigo socio-político de la crucifixión. A la hora de la verdad, Jesús fue ajusticiado porque demostró que el judaísmo no era el único camino de salvación, que aquellos a quienes el judaísmo condenaba, eran los que el Padre Celestial quería salvar.

5ª. La interculturalidad nos acerca a un actuar trinitario de Dios, presente en todas las culturas. No se trata de equiparar conceptos cristianos con realidades no cristianas. Se trata de ver que, cuando nos acercamos a la verdad de otras culturas, encontramos elementos que también nos desafían a ahondar más en la presencia espiritual trinitaria en la historia, principalmente en el interior del ser humano, quien desempeña el papel de ser la conciencia de todo lo que ocurre en su caminar histórico. Las culturas, a lo largo de la historia han ido percibiendo la realidad de un ser que es padre o madre, la realidad de los espíritus ligados a lo masculino o femenino de Dios, y la realidad de los seres humanos intermediarios de la divinidad, e hijos por antonomasia de la misma. No se trata de forzar paralelos entre las culturas y el cristianismo. Se trata más bien de comprobar que, cuando nos acercamos a las culturas, descubrimos realidades que nos ayudan a profundizar en nuestros propios dogmas. Por ejemplo, todas las culturas buscan a ese Ser responsable último del amor, de la justicia y de la verdad, existentes en todos los rincones del universo… Todas las religiones buscan a este Ser primero, y esta búsqueda en cierta forma las unifica. Gracias a la fuerza trinitaria que actúa en la conciencia humana, desde el mismo comienzo del mundo, en busca de caminos de amor, de justicia y de verdad, Dios ha salvado al ser humano… Y estos caminos pueden ser pensados previamente a la existencia de cualquier tipo de religión. No son las religiones los únicos caminos de salvación. Anteriores a ellas están las culturas y el mundo de lo espiritual y, como fruto de todo ello, está la aparición de la conciencia humana…

6ª. La interculturalidad nos permite clarificar el papel de Jesús como “único” mediador de salvación. ¿Cómo es posible esto, si la cultura con la que nos confrontamos no cree en Jesús? La interculturalidad, cuando nos pide respetar la verdad del otro, está poniendo entre paréntesis (no está negando) los actos de fe propios de cada cultura. Su papel es confrontarnos con valores, dar y recibir esos valores éticos con que la historia nos va enriqueciendo a todos y que no sólo los cristianos y los católicos los tenemos. Y estos valores éticos deben ser el fundamento de todo diálogo. Una vez entendamos esto, el papel de Jesús se nos clarifica: él es un adalid de la práctica de la justicia, del amor, de la verdad, de la inclusión, del compromiso con la dignidad humana, del empeño en mermar el sufrimiento de la humanidad, de la práctica de los derechos humanos, de la incorporación de los excluidos y de los pobres en los procesos de construcción de humanidad, etc. Por eso, la pregunta primera frente a las culturas no debe ser esa pregunta religiosa que indaga sobre formulaciones teológicas, sino la pregunta que busca valores, que si lo son de justicia, se sumarán a los de Jesús. Entonces conoceremos cómo una cultura puede creer en Jesús, por los valores que su persona presenta, aún sin llegar a confesarlo explícitamente como persona divina. Este camino es un proceso válido, pues es el mismo que siguió Jesús con sus discípulos: primero creyeron en él como hombre de valores y después, a partir de la resurrección, creyeron en él como Hijo de Dios.

7ª. La interculturalidad nos abre un nuevo camino o modelo de evangelización. Compartir valores en apertura de intercambio, significa que el camino queda abierto y pendiente de la voluntad de la cultura con la que dialogamos. No hemos impuesto nada, sólo quedamos abiertos al diálogo y al intercambio. ¿No es este camino una evangelización de distinto cuño a la tradicional, pero evangelización al fin y al cabo? En el ejercicio de este nuevo modelo de evangelización todos nos iremos dando cuenta de cómo a partir de la resurrección de Jesús, el Padre Celestial nos dejó el testimonio de que quien fue llevado al patíbulo por practicar la justicia tenía la razón. Y aunque las culturas no lo confiesen, el hecho ya está dado. Y como el mismo Jesús lo dijo, “quien no está contra nosotros a favor de nosotros está” (Mc 9,40). Una cultura que practique la justicia está con Cristo Jesús, explícita o implícitamente…

Recordemos el episodio evangélico completo: “Maestro, vimos a uno que expulsaba demonios en tu nombre y tratamos de impedírselo, porque no sigue con nosotros…” (Mc 9,49). Este versículo contiene elementos muy claros: a) Alguien practica la justicia en nombre de Jesús, pero no pertenece a su grupo religioso; b) Jesús no lo condena, ni permite que lo hagan sus discípulos; c) Es entonces cuando hace esta gran confesión: quien practica la justicia no puede estar contra él, por el contrario, está con él… De esta forma nos demuestra que el único camino que le agrada es el de la justicia, un camino que fue inaugurado desde el comienzo de la historia, y que se fue configurando a lo largo de la misma, en forma de culturas y que él reconoce que eso es lo que definitivamente agrada a Dios. Este es el gran papel que Jesús hizo en la historia, esta es la grandeza de su encarnación, esta es la grandeza de su persona, sin él jamás hubiéramos sabido ni comprendido que la justicia y el amor al prójimo son para Dios algo único y definitivo… Jesús no descubre la justicia, pero ratifica su valor y su papel teológico frente a Dios. En este sentido, Jesús no le hace daño a ninguna cultura, pues su vida, su muerte y su resurrección no hacen otra cosa que dar razón a todas las formas de justicia que existen en todos los rincones del mundo.

8ª. La práctica de la interculturalidad nos facilita comprender el amor que une al universo. Todas las partículas y todas las ondas de que está compuesta la creación viven en mutua asociación, y de esta asociación han brotado y seguirán brotando todas las formas de vida que han existido, existen y existirán… Todo es fruto de la interrelación de energías. La “interculturalidad” pertenece a esta posición ontológica y existencial del mutuo reconocimiento, del mutuo respeto, de la mutua valoración y del mutuo intercambio, buscando nuevas formas de vida que se basen en el amor, en la justicia y en la verdad… ¿No es esto lo que quiere y busca Dios en nuestro universo? ¿No es esto lo más grande que vino a demostrarnos Jesús con su propia práctica? ¿Acaso quiere Dios una religión única y avasalladora que no reconozca su presencia activa y transformadora en todas las culturas, a lo largo de tantos millones de años?

9ª. Pensarse desde la interculturalidad ayudaría a pacificar al mundo. Reconocemos que la interculturalidad es un verdadero desafío para la teología de la iglesia, pues ella la obliga a repensar su misión de una nueva forma. Llevamos dos mil años tratando de asimilar los valores del Evangelio y aún no lo logramos. Pero la experiencia nos ha ido demostrando que hay que dar pasos nuevos, que el Evangelio tiene verdades tan hondas que necesitan siglos para ser asimiladas del todo. ¿No habrá llegado la hora de que nuestra iglesia dé el gran paso que espera la humanidad, para que todos nos sintamos más hermanos? El mundo está a punto de perecer, nos lo dicen todos los sabios honestos, pues la codicia humana, las guerras y todo tipo de violencia lo está minando y destruyendo. No queda más remedio que la fraternidad, pensada no sólo a nivel individual o grupal, sino también a escala mundial. Y esto sólo se consigue desde posiciones de igualdad y humildad, de reconocimiento y valoración, dejando para siempre a un lado toda posición de superioridad. No es posible que veamos que el mundo se viene a pique por falta de fraternidad, y nosotros sigamos defendiendo posiciones de superioridad que impiden la fraternidad. ¿Qué pasa en nuestra teología y en nuestra eclesiología que no nos resolvemos a dar pasos concretos, reales, posibles, que están a nuestro alcance, para que el mundo sea más fraterno? ¿Por qué no percibimos el amor y la fraternidad universal como el mayor principio teológico y eclesiológico, frente al cual todo lo demás debe ser relativo?

 

c) Consecuencias de la interculturalidad para la espiritualidad

Todos sabemos que la historia se configura en la dinámica del ofrecimiento y de la recepción de energías. Esto mismo se da en la espiritualidad, cuando la percibimos y la vivimos desde la interculturalidad, cuya definición es precisamente la de compartir valores, a base del reconocimiento y del respeto mutuo de las culturas.

1ª. Aceptar al otro, con todas las consecuencias. Lo primero que nos pide la interculturalidad es reconocer al otro, con todos aquellos valores que la historia va construyendo en cada cultura y en cada religión. Y, a partir de aquí, valorarlo, respetarlo y acercarnos al mismo, hasta llegar a tratarlo como a verdadero hermano. Esta posición nos redimensiona, nos quita presunción, nos hermana con el universo de las culturas y nos lleva a percibir mejor la riqueza que Dios esparce en todas ellas. Ya no se trata de la espiritualidad de la conquista de almas para Dios, sino la del intercambio de dones, que nos lleva a cada uno a reconocer el don mayor que en algún campo tiene el otro. Esta espiritualidad, tarde o temprano acerca a ese don “mayor” que es Jesús, pero sin afanes, sin imposiciones…

2ª. Saber ofrecer a otros nuestros propios dones. Esto significa que estamos convencidos de los contenidos de amor, verdad y justicia de los mismos y que así lo demostramos con nuestra práctica. Ésta es la que avala o hace creíble nuestras ofertas. La Divinidad no está ausente de este proceso, pese a nuestros malos ejemplos. Ella esperará con paciencia histórica que vayan apareciendo quienes enmienden la plana… Pero la historia responsabilizará a quienes con su poca o nula capacidad de justicia retrasen el proceso ético de sus respectivos grupos. Dios no enseña ni corrige por su cuenta la ética de las culturas. Si ello dependiera de Él, lo hubiera hecho desde el principio de la aparición del ser humano. Pero no lo hizo ni lo hará, porque Él ha querido un hombre libre, y sólo en un proceso histórico, largo, evolutivo, el ser humano desde su libertad puede ir diseñando su ética… En un proceso evolutivo, el ser humano sigue siendo mediación necesaria, no por un poder superior al de Dios, sino simple y llanamente porque Dios ha querido autolimitar su propio poder, en el ejemplo más grande de “kénosis” (abajamiento) sin parangón, para que el ser humano, construido sobre la libertad, pueda ir comunicando al mundo, a medida que avanza su historia, la verdad, el amor y la justicia. Reconocer estos procesos evolutivos en cada cultura sólo lo permite la interculturalidad.

3ª. Convencernos de que en el corazón de Dios cabemos todos. El peligro de toda teología y toda espiritualidad es creer que se pertenece a un grupo privilegiado, receptor único de una revelación que anuncia para el mundo un final en el que sólo el grupo elegido se salvará. Este modelo de apocalíptica que se posesiona muchas veces de nuestras conciencias y que tanto daño hace, sólo es contrarrestado por la interculturalidad, que también permite ver a los otros con el derecho a su propia salvación. Nadie puede ser excluido del amor de Dios. A él nos acercamos a través de ese caminito de justicia que nuestra propia historia haya abierto. Quien tenga un camino más amplio y más claro, que lo participe, pero que no destruya en Dios su infinita capacidad de salvar a todos sus hijos. Es un hecho innegable que todas las culturas y todas las religiones, por estar constituidas de seres humanos, contienen fallas. Todos sabemos que Dios en la historia humana no destruye la injusticia que puede crear nuestra libertad. Esta es la razón de la existencia de tanta injusticia en el mundo: Dios se encuentra auto-limitado por nuestra libertad. Y esto mismo constituye la grandeza e importancia del ser humano en la historia: sólo él, siguiendo libremente el dictado que le ofrece Dios a través de su conciencia, puede hacer avanzar éticamente la historia. Por lo mismo, debemos presentarnos a las otras culturas con conciencia de igualdad, sin avasallamientos, sin intenciones de conquista, con el respeto de quien ofrece algo que el otro verá si lo acepta, pero que no queda condenado ni expuesto a ningún castigo por el hecho de que lo rechace o lo relativice. En este sentido, la interculturalidad nos purificaría de vivir una espiritualidad apocalíptica, condenatoria, olvidándonos de nuestras propias fallas y limitaciones…

4ª. Interpretar nuestro carácter misionero de una forma nueva. El hecho de presentarnos ante el otro como hermano o compañero, o como ser humano igualitario, sin propósitos de conquista, no destruye ese carácter de “enviado” que anuncia la conversión, que Jesús le otorgó a sus seguidores; lo que busca es darle un nuevo significado a la conversión de las personas y las culturas al cristianismo. Ofrecer conversión puede ser leído como ofrecer “atracción», lo cual no lleva la carga de ganar al otro para la propia causa religiosa, sino de presentarle al otro esa fuerza de atracción que tiene el proyecto de Jesús, para ver si el otro quiere construir su mundo desde esta perspectiva, desde esa fascinación que ofrece una práctica concreta de la justicia, a partir de los oprimidos. A partir de aquí el otro podrá transformar la atracción en cambio personal, o en afiliación institucional, pero desde su libertad. En este sentido, la interculturalidad nos hará vivir nuestro carácter misionero en una forma más evangélica.

5ª. Construir el credo de la espiritualidad intercultural. Todo lo anterior nos ayuda a construir un credo intercultural, que puede contener estos o parecidos artículos:

–   Creemos que todas las culturas son animadas por el Espíritu de Dios, que todas tienen caminos de verdad y ejemplos de justicia, que en todas hay mucho que aprender porque llevan el sello de lo divino, aunque también existen cosas que rechazar, porque contienen el sello de lo humano, todas, todas sin excepción…

–   Creemos que en el mundo holístico, cuántico y evolutivo en que nos movemos y que cada vez conocemos un poco más, Jesús -el Hijo Unigénito del Padre- y el aspecto unitario y trino de Dios, pueden ser ofrecidos como valores inigualables a todas las culturas del mundo, para su crecimiento espiritual…

–   Creemos que nuestra Iglesia Cristiana Católica no ha perdido ni perderá nunca el valor de su misión, pues necesita misioneros que anuncien a Dios Padre y a Jesús de Nazaret su Hijo y Hermano nuestro, como valores que pertenecen al mundo entero…

–   Creemos que Jesús, consagrado Mesías por su resurrección, ratificó con su vida y con su muerte el valor de todos los caminos de justicia existentes en la tierra y le aportó a la justicia su propio compromiso, como hombre y como Dios, desde su cercanía con los pobres y explotados, con los marginados y excluidos, con los pecadores y condenados y con todos aquellos que llevan la marca de algún tipo de opresión…

–   Creemos que la ética basada en la justicia tendrá que ser la columna vertebral de toda la humanidad del futuro, y que en este sentido todas las culturas y todas las religiones tienen un papel igualmente decisivo y trascendental…

–   Creemos que la Biblia será siempre Palabra de Dios para el universo entero, al lado de muchas otras Palabras también de Dios, que han ayudado a que aparezca y crezca la justicia en todas las épocas y en todos los rincones del mundo…

–   Creemos que una iglesia que anuncie la verdad y la justicia con lealtad y respeto, pero sin fanatismos, nunca tendrá sus toldas vacías, pues el amor, la verdad y la justicia serán siempre polos de atracción para todo ser humano que busque crecer en humanidad… La mejor medida del valor y del crecimiento de una institución no es tanto lo cuantitativo, los grandes números, sino lo cualitativo, el compromiso humanizador de sus miembros.

–   Creemos que hay que soñar un mundo construido en la fraternidad, más allá de las diversidades religiosas, y que hay que comenzar a trabajar por él desde ahora, valorándonos y respetándonos todos, reconociendo la verdad que todos tenemos, a fin de que la confianza nazca, el mutuo respeto se afiance y los valores de amor, verdad y justicia que todos tienen se compartan…

–   Creemos que todas las religiones del mundo tendrán que relativizarse, para dar salida a los grandes valores que las animan y que muchas veces no son apreciados ni recibidos por la envoltura religioso-cultural en que van presentados y que se obliga a otros a aceptar…

–   Creemos que tomar, la interculturalidad como fuente de espiritualidad, significa sentirnos evangélicamente libres para reconocer a todas las culturas y a todas las religiones como mediaciones de vida, según la verdad que cada una le ofrezca al mundo, todas capaces de dar y de recibir, abiertas a evangelizar y dejarse evangelizar desde la justicia…

–   Creemos que el punto de partida de la “espiritualidad de la interculturalidad” es el de las “verdades” que contienen las culturas, para llegar a la “Verdad” que las anima a todas… Esto significa: que debemos ser conscientes de que no somos dueños de toda la verdad… que la Verdad está sometida a la asimilación histórica y evolutiva que hace cada cultura… que si hiciéramos un mapa de la Verdad, ésta estaría repartida; que si llegáramos a ponerle color a la Verdad, ésta tendría diversos matices; y que si le colocáramos piel a la Verdad, ésta tendría la piel y el color de todas las etnias del planeta…

–   Creemos que si comparáramos el proceso de la inculturación con el de la interculturalidad, podríamos decir: que la inculturación busca la asimilación de la cultura del otro, aunque no llegue al reconocimiento de la igualdad del otro… En cambio, la interculturalidad parte del reconocimiento de la igualdad del otro, aunque no necesariamente llegue a la asimilación de su cultura… Si le preguntáramos a las culturas cuál de las dos posiciones prefieren, sin duda nos responderían que prefieren que las tratemos en un plano de igualdad, aunque no imitemos su cultura, y no en una imitación de su cultura que nunca le reconocerá iguales derechos frente a la verdad, el amor y la justicia…

 

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