LA INTERCONGREGACIONALIDAD, FUENTE DE VIDA Y DE FUTURO: DOS CARTAS (I-II)

Estimada Consuelo (I):
Por fin he encontrado un rato para escribirte; ya me daba vergüenza el paso del tiempo. Los días pasan demasiado deprisa y lo urgente se come a lo importante. Menos mal que muchos abundáis en paciencia y esperáis manteniendo el afecto. ¡Gracias! De todos modos quizá este frenesí en el que algunos estamos metidos no deja de tener también su componente de gracia: esta es la condición en la que vivimos hoy miles de religiosos.
Me has planteado una cuestión bastante complicada. Entiendo tu preocupación por María, la hermana joven de la comunidad. Ya hemos comentado muchas veces que hay que tener paciencia, mucha paciencia, ¡y mutua! (sólo Dios sabe lo que estos hermanos y hermanas jóvenes nos tienen que aguantar). No es nada fácil -lo recordarás de tu experiencia como joven española recién llegada al Reino Unido-entrar de golpe en una cultura y unas costumbres que no se conocen… Cuántas veces nos vendría bien mirar un poco para atrás antes de juzgar el comportamiento de un hermano.
Te gustaría que María pasara más tiempo con vosotras, y te da un poco (¿o bastante?) miedo esa relación que llamas “excesiva” que tiene con chicos y chicas de otras congregaciones y con algunos laicos. Dices que no sabes si de verdad entiende el carisma de la congregación y que vete a saber lo que sale de tanta reunión y tanto apostolado.

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