La India sagrada: un cosmos de religiones conviviendo en armonía

Caminando por la India, el caleidoscopio de imágenes sorprende a los ojos del visitante, pero también esa sensación libertaria sin complejos: cada uno cree en lo que quiere y nadie se mete con él. Aquí, desde el principio de los tiempos, se convive, se admite, se observa y se asume la diferencia.

Nómada.- La India es el país donde más diversidad de religiones y sectas hay en todo el planeta. No sólo es la tierra donde nació el hinduismo y el budismo; también es el epicentro de los gurús, el único lugar donde se practica el jainismo, el tercer país -después de Indonesia y Bangla Desh- en seguidores de Alá y también uno de los territorios más extendidos del zoroastrismo…
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Shadus, santones que dedican su vida a la búsqueda espiritual.
Sentado sobre una gran piedra, al borde del lago de sucias aguas verdes de Jaisalmer, voy recordando la cantidad de templos y religiones que he conocido en los días que llevo aquí.

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La svastika, un símbolo antiquísimo y sagrado, arrancado de esta tierra y utilizado diabólicamente por el hombre occidental.
Y el primer recuerdo es para los sikhs y el templo que visité en Delhi. Allí vi a hombres distintos al resto de los indios, con mirada franca y penetrante, turbante impecable, barba cuidada y porte erguido que recuerda su pasado de nobles y temidos guerreros.

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Hombres sikh guardan las puertas del templo.
Ellos tienen su libro sagrado, el Grant Sahib, queman a sus muertos y no bautizan a sus descendientes hasta que tienen edad suficiente para entender la religión. No admiten el sistema de castas del hinduismo.

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Custodiando el libro sagrado de los sikhs.
También recuerdo que en la «Vieja Delhi» visité la Jamá Masjid, la mezquita más grande de la India, construida por Shah Jahan, el mismo que mandó levantar el Taj Mahal. El Islam, traído a la India por los mogoles, nunca llegó a convertirse en la religión mayoritaria. Pese a todo, más de 100 millones de indios leen el Corán y rezan mirando a La Meca.

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Haciendo las abluciones antes de entrar en la mezquita.
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Oración mirando a la Meca.
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En esta mezquita de Fatepur los fieles cuelgan una hebra de la celosía y piden un deseo.
Otra de las referencias religiosas de la India es el budismo, puesto que fue aquí donde nació hace 2.500 años. Para unos es una religión, y para la mayoría una filosofía, un código ético. Donde más se deja ver es al norte, a los pies del Himalaya.

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Molinos de oración budistas. Al girar, las oraciones suben al cielo.
Buda no escribió ningún libro, así que las diferentes interpretaciones de sus enseñanzas dieron origen a una ruptura en varias escuelas como la Theravada, la Mahayana, la Zen o la más esotérica del Budismo Tántrico del Tíbet.

Buda afirmaba que el sufrimiento procede de los deseos, de lo importantes que creemos que son. Liberándonos de ellos desaparece el sufrimiento y alcanzamos el nirvana.

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Quemando incienso para las ofrendas.
Llegar hasta ahí implica recorrer el camino de las reencarnaciones y ese camino se llama karma: Un buen karma es el resultado de una vida llena de buenas acciones y garantiza una próxima vida mejor… y viceversa, claro.

En la misma época nació el jainismo, muy parecido al budismo pero surgido como una rebelión contra el dominio de los sacerdotes y los brahmanes. Son famosos por la belleza de sus templos y por su éxito en los negocios.

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Arquitectura virtuosista en el interior de los templos jainistas. No hay una columna igual a otra.
Los jainistas son vegetarianos estrictos y muchos llegan a cubrirse la boca con una tela para no tragar accidentalmente algún insecto. Al visitar su templo de Ranakpur, recuerdo que tuve que quitarme hasta el reloj, pues no admiten ningún objeto derivado de los animales y la correa y mi cinturón eran de piel…

Hay jainistas tan austeros, los «vestidos de cielo», que van absolutamente desnudos en señal de su desapego por las posesiones materiales.

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Mujeres bromeando en la entrada del templo de las prostitutas.
El jainismo presume de tener los templos más bellos de la India, y así es. En sus paredes y capillas hay cientos de columnas, pero ninguna igual que la otra, y el mármol es un auténtico trabajo de orfebrería.

Pero todavía más antigua que estas últimas religiones es el zoroastrismo, fundado por el profeta Zaratustra, nacido en Mazar-i-Sharif (Afganistán). Su dios, Mazda, es el fuego, y su libro sagrado es el Zend-Avesta.

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Símbolos milenarios del zoroastrismo, una religión cuyo último fortín es la India.
Los zoroastristas no incineran ni entierran a sus muertos porque podrían contaminar al fuego (Mazda, su dios). Simplemente depositan los cadáveres en lo que llaman Torres del Silencio, donde son pasto de los buitres y otros carroñeros.

Así como el cristianismo y el judaísmo no tienen gran representación en la India, salvo en algunas zonas de Goa y Kerala, la religión que lo impregna todo es el hinduismo, una de las más antiguas y abigarradas.

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Esta peregrina ha recorrido 500 kilómetros a pie para venerar a Shiva. Su única posesión es su hatillo.
Una religión recargada de símbolos, dioses, ritos y señas indescifrables, mucho más -todavía- que cualquier otra profesión de fe. Verla in situ llama mi atención y me hace tratar de entenderla, aunque ante tanta complejidad empiezo a desistir del intento.

El hinduismo se basa en libros tan importantes como los Vedas, pero también hay otros que gozan de gran veneración, como los poemas épicos del Mahabharata y el Ramayana.

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El dios Ganesh, el preferido por los hindúes. Es el dios de la fortuna.
Alrededor de la reencarnación, un complejo mundo de normas y prácticas sagradas como la dharma o ley natural, la puja o adoración, la cremación de los muertos o las reglas del sistema de castas. Una religión que no admite conversos: o se nace hinduista o no se es.

Y, como es lógico, a un país tan superpoblado le correspondía una extensa colección de divinidades: no menos de 300 millones de dioses y demonios conforman el abarrotado Olimpo hindú, aunque muchos de ellos son diferentes manifestaciones de un mismo dios. Brahma, Vishnu, Shiva… cada hindú tiene su dios favorito, pero entre todos el que más simpatías concita es Ganesh, considerado como el dios de la buena suerte.

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Manos pintadas con henna. Creencias y… coquetería.
La India, el sendero de los sadhus y los gurús, el país de las vacas sagradas, la tika en la frente y la henna en las manos, la tierra bendecida por la svastika, ese símbolo milenario, casi un amuleto, que adorna todas las cosas que ellos aprecian… En fin, ¿cómo plasmar todo esto en mi diario…?

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La svastika, también llamada la cruz de la fortuna, está presente en todas partes.
El sol empieza a teñir de naranja el papel en el que escribo y la brisa ha parado. Es la hora en la que bandadas de pájaros vuelven a sus árboles preferidos a dormir… y yo aquí, sentado en esta piedra, sigo pensando cómo describir la India, un lugar capaz de inspirar el movimiento hippie o de transformar la música de los Beatles en psicodelia. ¿Qué fuerza encierra la India?

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