La increíble imaginación científica de Jorge Luis Borges

Alberto Rojo camina la feria guitarra en mano. Dan ganas de pedirle que toque, que cante, que anime un poco a la muchachada mimetizada con esta gran kermés de otoño, pero la entrevista va de otra cosa. El tema que nos convoca es Borges y la física cuántica (Siglo XXI). Es el nuevo libro de este tucumano multifacético que vive en los Estados Unidos, pero que cada vez tiene más ganas de volver. Un científico, él mismo, pasea por la biblioteca infinita. Y a través de una serie de ensayos cruza arte y ciencia, ficción y realidad, valiéndose de historias y relatos de Galileo, Einstein, Bach, y el propio Borges, quien decía que la metafísica era una rama de la literatura fantástica. Un disparador quizá haya sido la cantidad de citas a la obra de Borges que el propio Rojo iba encontrando mientras hacía su carrera en el Instituto Balseiro. Otro, un encuentro de Rojo con el autor del Aleph. Se lo preguntamos.

Hay un encuentro tuyo con Borges, que contás en el libro, y que es un poco el disparador de estos ensayos, ¿es así?

Fue el 9 de julio de 1985. Borges estaba en el hotel Dorá con Estela Canto y mis padres, que habían venido a visitarnos, también estaban allí. Mi viejo lo vio y me insistió para que no acercáramos. Se veía encantado de charlar con dos desconocidos, que éramos nosotros. Mi padre le preguntó cómo él, Borges, que no creía en Dios, escribía tanto sobre Dios. Y le respondió que el también escribía sobre el minotauro. Mi única intervención fue contarle que en los libros de física lo citaban mucho.

Es incomprobable, pero se dice que es uno de los más citados.
Estoy seguro que de los poetas, por lejos, es el más citado entre los científicos. Pero cuando le dije esto, me contestó que le parecía raro, porque lo único que el sabía de física era lo que le había enseñado su padre cuando le mostró un barómetro. Le conté sobre esas citas, y su respuesta fue: “mire, qué imaginativos los científicos”.

A Borges hasta quieren adjudicarle la anticipación de Internet..
(Risas) Es un poquito exagerado.

Vamos a algo más terrenal, su relación con la física cuántica. 
Allí sí es incuestionable su capacidad anticipatoria. La física cuántica muestra la posibilidad de que las partículas tienen la propiedad de estar en varios lugares en el mismo instante. Cuando las observamos, pasan a estar en espacio muy definido. La física cuántica revela que el mundo, intrínsicamente, es azaroso.

Borges dice que el azar no existe, que lo que entendemos como azar es un conjunto de causalidades que no llegamos a distinguir…
Sí, pero ese es el azar clásico. En el mundo microscópico, que en definitiva es el que compone el mundo macroscópico, el azar sí existe. Pese a que Borges haya dicho eso, la solución que se propone en 1957 es que en cada proceso de detección de una partícula microscópica, el universo se replica en tantas copias como alternativas hay antes de la medición. Y eso que la física descubre en el 57 es la misma idea que Borges publica en su cuento El jardín de los senderos que bifurcan, en el año 1941. Y no es metafórico lo que digo. En el libro comparo los párrafos. Borges propone un universo en constante multiplicación. Cada vez que uno toma una decisión, el mundo se replica en tantas alternativas como opciones hay. Esa misma idea es la que publica Everett, un inglés que vivía en los Estados Unidos en 1957.

¿Cómo llega Borges a estas anticipaciones?
Primero, a través de una imaginación increíble. Pero también porque estaba inmerso en una matriz cultural, influido por pensamientos ligados a la incertidumbre, el libre albedrío, la causalidad. En ese abanico de ideas, crea una ficción que muchos años después será antologizada por la ciencia.

El libro, de alguna manera, desarma la oposición entre ficción y realidad, muestra más bien su convergencia…
Es cierto que no toda ficción es realidad, pero lo que llamamos realidad también es una construcción de la mente. Y la misma imaginación que crea literatura y ciencia es la misma. Muchas de las ideas esotéricas, aventureras, de la ciencia fueron concebidas antes por una ficción sutil. Una ficción si es lo suficientemente rica, sutil y profundan, probablemente tendrá su correlato en la realidad.

En el arte, en la literatura, nadie cuestiona las subjetividades, pero esto sí ocurre en las ciencias duras, es la eterna discusión por la objetividad. 
Sí, hay una objetividad en el experimento. Pero hay muchísimo de subjetividad en la teoría científica, que después debe comprobarse a través del experimento, con un consenso acumulativo que es la verificación experimental de una teoría.

Acá hay varios trabajos revisitados desde una perspectiva científica, Los senderos…, El otro, Thlon…¿podrías definir los parámetros científicos que hay detrás de estos textos?
Yo diría que El Aleph es una especie de agujero negro, y cuando nos aproximamos a él vamos viendo toda la historia, lo que cayó por ese agujero. En La escritura de Dios un escritor que está por morir le pide a Dios que le conceda otro tiempo respecto del tiempo externo para concebir su gran poema. Entonces el tiempo empieza a transcurrir para él de manera distinta que en el exterior. Es la teoría de la relatividad, que por supuesto ya existía.   En Sur hay viajes en el tiempo, en El otro también…

Claro, allí está ese Borges duplicado, que comparten dos tiempos y no sabemos cuál es el verdadero… Hablás de Borges, pero también de Galileo, Einstein y otros, qué tienen en común, además de la cara de locos…
La cara de loco atraviesa todas las disciplinas. Pero los ejemplos que yo visito en el libro son una invitación a pensar que el universo no se organiza como en las universidades. A Galileo se lo puede leer como a un literato, Italo Calvino dice que es el mejor escritor italiano en prosa. Y El jardín de los senderos… se puede leer como un trabajo científico. Borges es una especie de microcosmos de esa intersección, combina una especie de ingeniería de la construcción literaria con un profundo lirismo. Es comparable a Bach, que construía rigurosamente sus piezas musicales pero a la vez era capaz de emocionar de una manera increíble. Borges es una especie de Bach vernáculo de la literatura.

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