La increíble historia de amor y de música que sembró Chascomús

Ya son más de 500 los niños y jóvenes de entre 3 y 25 años que tocan en la Orquesta-escuela de la ciudad. Y el proyecto, que nació en 1998, se multiplica en barrios, villas y pueblos del país. La próxima semana, un seleccionado del Sistema de orquestas infanto juveniles de la Argentina se presenta en Iguazú en Concierto, en Cataratas.

Es una semilla, un rumbo distinto para el estudio de la música el que llega desde Chascomús. Nació en 1998, sembrada por la musicóloga y directora de orquesta Valeria Atela, con el insípido nombre de Orquesta Escuela. Y lo que siguió a eso podría ser un sueño, pero es real. Lo testimonian en esta nota Araceli (26), Amparo (12) y Manuel (21). Tres destacados músicos que son la cara visible de los más de 500 jóvenes que se sumaron al sistema en la ciudad bonaerense, y de los miles que participan en las 80 orquestas infanto juveniles del país que replican esta metodología. Es un proyecto solidario que sale a buscar a sus futuros músicos en los barrios humildes, y que tiene las puertas abiertas para todos. «Lo lindo es lograr algo entre todos. Entre todos somos», define Manuel, el chelista que llegó desde Jujuy.

El comienzo de esta historia es tan simple que parece increíble. Atela preparó el proyecto, se lo presentó a la municipalidad y sin saberlo puso en marcha. Chascomús cubrió las horas para cuatro profesores y la empresa Covisur, que en aquel momento era concesionaria del peaje, les donó los instrumentos. Consiguieron un espacio en la dirección provincial de educación y salieron a buscar a los chicos. Al principio eran nada más que 35. Araceli está desde entonces. «Vinieron a mi escuela y dieron un concierto. Después pasaron por las aulas, nos prestaban los instrumentos, para que eligiéramos», recuerda. «Antes de probar me gustó la viola, la vi y la elegí», dice y se emociona esta joven que hoy dirige la orquesta infantil.

Pero la historia tiene otros hitos. En 2001, llegó a Chascomús la Orquesta Sinfónica Nacional, que hizo una presentación con los chicos. Fue tal la sorpresa de los músicos al ver lo que habían logrado estos jóvenes en tan poco tiempo que decidieron empezar a darles clases ad honorem. Lograron pronto el apoyo del Mozarteum. Y en 2004, cuando llegó a la Argentina el maestro venezolano José Abreu, fue el Mozarteum quien convocó a Valeria Atela para que viaje con los chicos a Buenos Aires. Estaban convencidos de que allí nacería una sociedad fecunda. Tocaron los chicos de Chascomús, y cuentan quienes allí estuvieron que Abreu se paró y dijo: «Esta es la semilla que vengo buscando hace 25 años en la Argentina».

A partir de allí, el venezolano, creador de El sistema, de quien el mismísimo Dudamel gusta decir que es sólo un engranaje (en Venezuela más de un millón de chicos toca en una orquesta bajo esta modalidad) se convirtió en un pilar de la orquesta, apoyándola con capacitaciones pedagógicas. Amparo, una incipiente violinista que toca desde los cinco años, da cuenta de ello. «Nos invitaron a varios a estudiar en Venezuela», cuenta. La orquesta escuela pasó a liderar el «SOIJAr» (Sistema de Orquestas Infanto- Juveniles de Argentina) En febrero de 2005 hicieron el primer festival y Abreu envió una misión de maestros venezolanos a capacitar a los chicos de Chascomús. Generosa, Atela invitó entonces a todas las orquestas juveniles que quisieran participar. El proyecto se volvió nacional.

Es un proyecto social y artístico a la vez. Al igual que en Venezuela, la orquesta va a buscar a los chicos a los barrios más humildes: el 80 por ciento de los futuros músicos llega por esa vía, el otro 20 por ciento está abierto a la comunidad. Es un proyecto de integración, igualitario, cuya una condición es que nadie sepa nada. Así llegó Araceli. Manuel, en cambio, vino de la hermana orquesta escuela de Jujuy. Allí conoció a una chica que tocaba el chelo y se enamoró, del chelo. «Era muy chico para tocarlo, pero igual me metí en la orquesta», dice. Ahora es profesor en Chascomús, y en cada uno de los lugares en el que replican el sistema

Muchos de ellos sacrifican lo individual por lo colectivo. Araceli, que ganó un lugar para tocar en la orquesta juvenil del Teatro Argentino, decidió volver a Chascomús, para multiplicar su experiencia. . «Se dio naturalmente lo de ir ayudando a los demás», dice Araceli. Eso es multiplicar. Y vaya que multiplican. En Chascomús, uno de cada diez chicos participa de la orquesta. La clave es que se ven como un grupo, una comunidad en la que funcionan como engranajes. «Lo que hacemos o dejamos de hacer beneficia o perjudica a los otros chicos», coinciden. «Aprendemos a ser mejores personas, es un lugar de protección, no sólo es recreativo», destaca Manuel. Es una escuela de ciudadanía.

Lo vio en 2005 el ministro Mario Oporto, que convocó a Atela para replicar el sistema en la provincia de Buenos Aires. Allí se fundaron 21 escuelas con esta metodología. Ya están articulados con 80 orquestas del país. En San Luis abrieron una orquesta en un barrio marginal, en Buenos Aires están en San Martín, en La Matanza, en la villa La Cava. Pero si no los ven, ellos van de provincia en provincia expandiendo el sistema. Para llegar a una escuela pobre de Chaco vendieron empanadas y tortas en Chascomús. Y allí replican el sistema. Dan un concierto, prestan sus instrumentos, y se quedan unos días instruyendo a los chicos. Antes de irse los hacen tocar. Dejan la semilla. «Venezuela ya explicó y le mostró al mundo que cualquier chico puede sonar como la filarmónica de Berlín», dicen. Ellos son la prueba.

La metodología de El sistema es clara. Desde el primer día de clases los chicos forman parte de la orquesta. «Aunque sepas sólo una nota, ya tocas», explica Manuel. Hay clases individuales, talleres de fila, donde se juntan por ejemplo todos los violines, clases de lenguaje musical, y la práctica orquestal, los ensayos. Hay tres categorías: preinfantil, integrada por chicos de 3 a 6 años; infantil, de 7 a 13; y juvenil, de 13 a 20. Luego está la Camerata estudio, que nuclea a los profesores. Además, les ofrecen clases con profesores destacados, con el maestro Mario Benzecry, Rafael Gintoli o Pablo Saraví, entre otros. «Es increíble, son profes inaccesibles para cualquiera de nosotros», admite Manuel. La otra pata es la social.

Y con todo eso todavía enfrentan resistencias. Una es la familiar. A muchos les preguntaban qué era eso de ser músico, de qué van a vivir, con qué van a comer. Esa duda persiste, pero la orquesta es tan reconocida en la ciudad que empieza a operar el orgullo. Araceli y Manuel ya viven de la música, alquilan su propia casa. «Al principio fue difícil, fue todo un desafío decirle a mi familia que iba a ser músico y que iba tocar en la orquesta escuela», dice Manuel, pero prefiere soslayar el tema económico. «Esto es mucho más, es un sentimiento arraigado en todos nosotros, es la certeza de saber hacia dónde vamos», dice.

Es una revolución que les cambia la vida. Ya tocaron en el Colón, en el Maipo y son un número fijo de Iguazú en Concierto, que arranca la semana próxima al pie de las Cataratas. «En Jujuy nunca hubiera imaginado que iba tocar en el Colón. La orquesta escuela te da esa posibilidad, sin importar de qué clase social seas», grafica Manuel. Y se puede empezar por cualquier motivo. Como Araceli, que vio aquél concierto, como Manuel, que se enamoró del chelo, o como Amparo, de quien sus compañeros hablan con asombro. «Pasaba todos los días por la orquesta, camino a la casa de mis abuelos. Escuchaba música y un día entré», cuenta Amparo. En 14 años sus logros son magníficos. No solo los musicales, que se ven clarito cuando la sinfónica juvenil toca los repertorios de Mahler. Sino, y sobre todo, los sociales. En Chascomús no había orquesta, ahora hay público sinfónico, que sigue a la orquesta. Rompieron el prejuicio de que la música clásica es elitista. Y lo mejor de todo es que siembran. Y multiplican.

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