La historia del ciruelo chino que la poesía japonesa convirtió en cerezo

“Ah Argentina, sí, un buen país. Ustedes tuvieron una guerra con los ingleses por unas islas, ¿no?” Era la primera vez que me sucedía eso: en vez de asociar el nombre de nuestro país con el fútbol o de repreguntar, un poco desconcertado, dónde quedaba Argentina, mi interlocutor hacía referencia a la disputa con el Reino Unido en torno a las Islas Malvinas. La voz estaba cargada de simpatía y sobreentendido, porque hay en ese punto un paralelismo y un punto en común que surge inmediatamente a la vista: como para nosotros las Malvinas, para ellos durante mucho tiempo estuvo Hong Kong, que los ingleses ocuparon en el siglo XIX y retuvieron hasta 1997. Ahora han pasado más de 15 años de la recuperación de la soberanía por parte de China, y Hong Kong se ha convertido en una cuestión de política interna, con el lema “un país, dos sistemas” como leitmotiv. Otras islas y territorios se han convertido en paradigma de reivindicación territorial y en símbolo del nacionalismo chino; entre ellos, sobre todo últimamente, las islas Diaoyu.

Las Diaoyu (o las Islas Senkaku, según el nombre japonés) son un conjunto de pequeñas islas sin población, ubicadas en el Mar de China Oriental entre Taiwán y las islas Ryukyu. Durante siglos estuvieron comprendidas dentro de los límites y el ámbito de influencia del Imperio Chino, hasta que Japón se las anexó en 1895 luego de derrotar a China en la primera guerra sinojaponesa. Tras el fin de la segunda guerra mundial, las islas estuvieron bajo el protectorado de Estados Unidos hasta comienzos de los 70, cuando volvieron a manos de Japón. Desde ese momento, China viene reclamando en forma continua sus derechos sobre las islas. Cuando el año pasado el gobierno japonés decidió nacionalizar las islas que permanecían en manos de privados, la noticia rápidamente desembocó en manifestaciones en diferentes ciudades chinas y boicots contra los productos de empresas japonesas.

El sentimiento nacionalista, además, se expresó en la aparición de productos alusivos, como unas medias que vi en un mercado de ropa, con la leyenda “Las islas Diaoyu son chinas”, o como el encendedor que compré en el kiosco abajo de mi casa. De un lado, la leyenda: “Las islas Diaoyu son chinas. La historia no puede cambiarse.” Del otro, el dibujo de un hongo nuclear surgiendo de Hiroshima. La imagen parece un mal chiste elucubrado por una mente exacerbada, pero varios artículos publicados en los últimos meses han analizado seriamente esta hipótesis, a partir de la escalada de tensión que se viene produciendo.

En las islas Diaoyu se juega, por un lado, una cuestión de recursos estratégicos, ya que en la zona de las islas se ha descubierto la existencia de petróleo, pero también una puja política y una cuestión de sentimientos nacionales. La ocupación, primero, de Manchuria, y luego la invasión del país a partir de 1937, durante la cual ocurrió la llamada Masacre de Nanjing –en donde los japoneses asesinaron entre 100 mil y 300 mil civiles (los números varían según las fuentes)–, son heridas que no terminan de cicatrizar, sobre todo porque China viene reclamando desde el fin de la guerra un reconocimiento y una disculpa pública que nunca ha llegado. También ha exacerbado a la opinión pública el tratamiento de los libros de texto secundarios japoneses sobre la guerra y la ocupación de China. Como se sabe, la historia la cuentan los vencedores, pero en este caso el derrotado parece haber conservado la prerrogativa excepcional de disputar todavía la memoria de la guerra. Recuerdo a un compañero japonés con el que charlé sobre el tema cuando estudiaba en Pekín, en 2008. Japón, me dijo, “hizo lo que tenía que hacer. Invadió a China por el bien de toda Asia.” En cuanto a la Masacre de Nanjing, relativizó, el número era exagerado por los chinos.

 

2

El Orient (u Orient Express según el nombre escrito en el boleto) es un ferry que hace una vez por semana el trayecto entre la ciudad de Qingdao (China) y la ciudad de Shimonoseki, en el sur de la isla principal de Japón. Llego a la estación del ferry a eso de las 2 de la tarde, una hora y media antes de la partida, y encuentro el salón repleto de gente esperando para embarcarse. La mayoría espera para subirse a otro barco, que hace el trayecto hacia Corea del Sur. Entre ellos hay un amigo que me hice en el lugar donde pasé la noche, un hostel ubicado en el edificio del antiguo observatorio de Qingdao, en la punta de una colina que domina toda la ciudad. Janis es de Letonia y viene viajando por toda Asia siguiendo unos cursos de meditación. Es sólo la técnica, no hay nada religioso en los cursos que hace, me dice. Hace unos años, cuando tenía apenas 20 años, desarrolló un dispositivo de monitoreo de camiones que le permitía a los dueños de las empresas de transporte medir el nivel de combustible y captar un descenso brusco, de manera de saber cuándo los choferes les estaban robando. Fundó una empresa con un socio, y al poco tiempo atrajeron a algunos inversores grandes. El trabajo dejó de interesarle, así que vendió su parte, se hizo medio rico y se fue de viaje. Hablamos sobre el tema de la memoria de la guerra en Letonia: “Para las generaciones más jóvenes, como nosotros, es algo del pasado, pero los más viejos no pueden olvidar. Odian a los rusos. No se olvidan de los muertos.”

Media hora después los pasajeros del barco que se dirige a Corea del Sur embarcan y el salón queda medio vacío. Los que viajamos en el Orient somos pocos. Hay diferentes razones para que alguien elija hacer el trayecto hasta Japón en barco, pero una de las principales es que en el barco uno puede llevar una cantidad de equipaje significativamente mayor que en el avión. Por eso, muchos de quienes viajan en el Orient son gente que se dirige a Japón por un tiempo largo. Cargan varias valijas y bolsas: son, en muchos casos, trabajadores jóvenes que se preparan para una larga e incierta estadía en una tierra nueva.

Subimos al barco en forma puntual pero, a diferencia de lo que me imaginaba, permanecemos anclados durante varias horas, mientras terminan de cargar las bodegas con mercadería. Una vez arriba lo primero que hago es elegir un lugar dentro de uno de los dormitorios principales, con espacio para unas 24 personas. Se duerme al estilo japonés, sobre tatami, cubiertos con una manta. Luego, mientras se va haciendo de noche recorro las instalaciones del barco. En el piso de abajo, a ambos lados del mostrador principal, hay varios espacios de recreo. Hacia uno de los lados hay un living, con sillones cómodos y un espacio más apartado para fumar, y otra sección con un televisor que pasa sin parar la programación del principal canal de televisión chino. Al otro lado hay un espacio más pequeño, con algunas mesas y sillas, delante de unas máquinas que venden cerveza, fideos instantáneos, helados y cigarrillos, además de un pequeño freeshop con productos japoneses. Desde el mostrador dos pasillos paralelos conducen hacia las habitaciones (individuales o compartidas), los baños, un sala de majiang (uno de los juegos chinos de mesa tradicionales) y un mirador desde donde se puede ver la proa del barco y el mar. En el segundo y el tercer piso están el comedor, las duchas, un espacio para hacer gimnasia y un karaoke. Las duchas también son de estilo japonés: un banquito para sentarse, y una pequeña pileta de agua bien caliente a un costado, donde uno se puede sumergir después de bañarse.

Ya es de noche cuando el barco finalmente zarpa. Hago una última llamada al continente y hablo un rato hasta que, a medida que avanzamos mar adentro, la señal empieza a volverse inestable. Me siento en la zona de las máquinas, con una cerveza en la mano y charlo con Lili, una china de unos 22 años de una ciudad cerca de Qingdao, que se dirige a Japón a trabajar con un contrato de tres años. Lili tiene miedo de no adaptarse a la vida en Japón y especialmente de no acostumbrarse a la comida. A los chinos en general les cuesta entender, por ejemplo, que los japoneses coman pescado crudo. El hecho de compartir departamento con otras trabajadoras chinas puede ser un consuelo, pero también le genera sus temores. “Si son más grandes o están hace bastante tiempo, es probable que le hagan la vida imposible a las que recién llegan, como yo.” Me cuenta que estudió la carrera de contador pero no siente ningún interés en absoluto por su profesión, le gustaría más bien ser guía de turismo. Es que, como muchísimos chinos, su carrera fue menos una elección que una decisión forzada por las circunstancias. Cada año, los chinos que están en edad de entrar en la universidad rinden un examen, el gaokao, cuyos resultados determinan su futuro universitario. Los que tienen un puntaje muy alto serán capaces de elegir tal vez alguna de las llamadas “universidades claves”, además de una carrera de su gusto. No puede creer cuando le cuento que en Argentina existen universidades públicas y gratuitas y que uno puede elegir la carrera que quiere. “Ustedes son más libres y más felices. Nuestra vida es demasiado dura. El año en que me preparé para el gaokao me levantaba a las 6 de la mañana y estudiaba todo el día hasta caerme dormida. Al final del año, había esforzado tanto los ojos que tuve que cambiar la graduación de los anteojos.” Luego suspira y repite una de los latiguillos favoritos de los chinos: “Ah, es que en China hay demasiada gente.”

En el barco son mayoría los jóvenes como Lili, que van a Japón a trabajar con contrato, pero también hay otro tipo de pasajeros. Un chino de Mongolia interior, de unos cuarenta años, que vive en Japón hace unos diez años y trabaja como profesor de chino. Viaja con su mujer, sus dos hijos y sus suegros. También hay un hombre de unos sesenta años, ya jubilado, que viaja a Japón a visitar a su hija. Este es su tercer viaje a Japón. Cuando le pregunto qué opina del país, me dice que en Japón el nivel de vida es mucho mejor que en China: la calidad de la comida es mejor, las ciudades son más limpias y el aire es más puro. Le pregunto acerca de la posibilidad de una guerra entre China y Japón, si es cierto que una parte de los japoneses quiere una guerra. Me responde que eso son los políticos, que la gente común no quiere eso. Luego se queja de la pérdida de valores en China, sobre todo entre los jóvenes. “El problema es que toda esta generación no recibió la educación de los padres. Los padres, debido al trabajo, los dejan con los abuelos, que son los que los crían pero no les ponen límites. Yo mismo lo sufro con mis hijos. Puede pasar un mes entero sin que me llamen por teléfono. Es como si fuéramos extraños.”

Al día siguiente, me despierta temprano la luz que entra por las ventanas y la voz que anuncia por el altavoz que los pasajeros ya pueden ir al comedor a pedir el desayuno. Me cubro con la manta sobre el tatami y trato de seguir durmiendo un poco más. Cuando me levanto, poco después de las diez, ya pasó la hora del desayuno. Tambaleándome con el movimiento del barco, voy por el pasillo hacia el mirador que está en uno de los extremos. Ahí algunos están jugando al póker y hay otro chino joven, que viaja solo y en ningún momento se comunica con el resto de los pasajeros. Lee una novela japonesa; cada tanto se ríe al encontrar algo que le gusta.

A la noche, después de comer, se anuncia por el altavoz que el karaoke está abierto. Subo, unos minutos después, y me siento a la mesa de dos amigos, uno de Hebei y el otro de Shandong, que se dirigen a Japón a trabajar en la construcción. El de Shandong es callado y abstemio. Al de Hebei le gusta tomar y hablar, es fanático del fútbol argentino. “Messi es directamente de otro planeta”, me dice. Se levanta para buscar un vaso para mí y me sirve cerveza. Luego invita a dos chicas a que se sienten a la mesa. Les sirve jugo de naranja. Las chicas van a Japón, igual que el resto, con un contrato de 3 años, para trabajar en una fábrica de yuwan, una especie de albóndiga de pescado muy popular en China. Se levantan para elegir unas canciones y unos minutos después, cuando llega su turno, se dirigen hacia adelante, adonde está el micrófono y la pantalla en la que se proyectan las letras de la canción. Luego son reemplazadas por otra pareja de chicas, y después sube al escenario un pasajero que canta una canción en japonés y otra en chino, ambas con una dicción perfecta. La canción china es la cortina de una telenovela famosa, basada en la vida del emperador Kangxi, una de las figuras históricas favoritas de los chinos. “La vida tiene amargura y dulzura/el bien y el mal están a ambos lados/Todo por un mañana soñado/con mi caballo recorro diez mil li de montaña y río/Estoy parado en la boca del viento, en la punta de las olas/Para que las guerras entre los hombres se terminaran/me gustaría vivir 500 años más/me gustaría vivir 500 años más”.

Al día siguiente, después de desayunar armo mi valija y me preparo. Tras casi 30 horas de viaje estamos por llegar a destino. Escucho sonar la sirena del barco, me acerco hasta una ventana: a lo lejos, tras una cortina de lluvia finita, se divisa ya la costa de Shimonoseki. En esta pequeña ciudad, de la que no conoceré más que lo que pueda ver en el trayecto entre el puerto y la estación de tren, se firmó hace más de cien años, luego de la primera guerra sinojaponesa, el tratado humillante en el que China cedió la soberanía sobre las islas.

 

3

Llegar a Japón sin haber planeado demasiado la fecha y encontrarse con los cerezos florecidos por calles, parques y plazas, es un golpe de suerte: el sakura permanece durante apenas unos días, a veces no más de una semana; de la noche a la mañana, después de un poco de lluvia o viento, las flores caen y las ramas quedan desnudas.   “Los cerezos que ves plantados en kyoto son el fruto de una decisión política”, me cuenta en Kyoto Aurelio Asaín, un poeta mexicano que vive en Japón desde hace más de diez años. Hubo un emperador, hace muchos siglos, que quiso afirmar la independencia de Japón en el ámbito cultural, y para eso se propuso reemplazar el ciruelo, típico de la poesía china, por el cerezo. Mandó a plantar cerezos por todo Kyoto y promovió activamente la escritura de poemas dedicados al cerezo.

En esa anécdota se cifra un poco la relación entre ambos países o culturas. Durante siglos, cuando China era el foco civilizador de Asia, Japón fue un estado tributario de China e importó y resignificó muchas de las cosas que todavía siguen siendo parte central de su cultura: desde los ideogramas chinos, la poesía y el confucionismo, hasta elementos más cotidianos como el bonsai, el juego del go y la arquitectura. Japón absorbió de China y luego transformó creativamente lo que absorbía, y más tarde sintió que ya había absorbido suficiente y que no tenía nada más que aprender. Por eso, viniendo desde China uno siente a la vez una familiaridad y un enrarecimiento constante. Esta mezcla de familiaridad y enrarecimiento se encarna, para mí, en la escritura: puesto que los japoneses utilizan (además de su propia escritura: el hiragana y el katakana) los caracteres chinos, las superficies de la ciudad se me vuelven parcialmente, sólo parcialmente, legibles, como al mirar a través de las rayas el contenido de un canal codificado.

En Tokyo conocimos a Nobuki, un jubilado japonés cuyo hobby es viajar por el mundo y hacer de guía de turismo para extranjeros. Nos paseó por varios de los puntos más turísticos de la capital y luego nos llevó a cenar a su casa en un barrio residencial no lejos del centro. Nobuki estuvo en China una vez, diez años atrás, para hacer el tour típico: Pekín, Xi’An, Shanghai. Lo que más le había llamado la atención eran los grandes extremos o desniveles en la sociedad china. En la plaza Tian’anmen, me dijo, había conversado con un chino que veía una cámara de fotos por primera vez. Mientras comíamos la riquísima comida preparada por la esposa de Nobuki, descubrimos que ambos tenían una gran curiosidad sobre China. ¿Cómo se vive allá? ¿Es seguro comer allá? Habían escuchado que había muchos problemas con la seguridad alimentaria. A Japón llegaba fruta y vegetales de China, y el precio era mucho menor que el de la fruta y vegetales japoneses, ¿pero era seguro comerla? ¿Había mucha censura en China? En las preguntas y en la mirada de esos encantadores viejitos japoneses se podía percibir la vasta sombra que China, como una montaña sobre una aldea, proyecta sobre Japón.

Luego de la cena Nobuki nos acompañó hasta el subte y emprendimos la vuelta desde el centro de Tokyo hasta las afueras, hasta la casa del amigo japonés que nos alojaba. Llegamos a Narita una hora y media más tarde, cerca de la medianoche. No teníamos cigarrillos y todos los kioscos estaban cerrados, pero a una cuadra de la estación encontramos una máquina de expendio. Metimos un billete y apretamos el botón correspondiente al paquete que deseábamos. La máquina no respondía. Después de probar varias veces, le pregunté en inglés a dos que pasaban en ese momento si sabían cómo se usaba la máquina. Por su cara vi que no me habían entendido. Luego, escuché que uno le decía algo al otro en chino. Sentí como si hubiera escuchado a un compatriota hablar castellano. Les expliqué en chino que no sabíamos usar la máquina.  Se pusieron frente a la máquina, tan desorientados como yo, y reconocieron tres caracteres chinos que yo no había visto: “Mayor de edad.” “Debe ser que hay pasar un documento de identidad”, dijeron. Ah, era eso, pensé. En ese momento los dos chinos vieron un colectivo que paraba a unos metros y salieron corriendo con sus bolsos, diciendo: “Hasta la vista”. “Hasta la vista”, dije, “gracias.” Pero ya se habían ido.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *