La historia de «el Petiso Orejudo», el asesino y torturador de niños

Doctores: ¿Es usted un muchacho desgraciado o feliz?
Cayetano Godino: Feliz.
Doctores: ¿No siente usted remordimiento de conciencia por los hechos que ha cometido?
Godino: No entiendo lo que ustedes me preguntan.
Doctores: ¿No sabe usted lo que es el remordimiento?
Godino: No, señor.
Doctores: ¿Siente usted tristeza o pena por la muerte de los niños?
Godino: No, señor.
Doctores: ¿Piensa usted que tiene derecho a matar niños.
Godino: No soy el único, otros también lo hacen.
Doctores: ¿Por qué mataba usted a los niños?
Godino: Porque me gusta.
Doctores: ¿Por qué producía incendios?
Godino: Porque me gustaba
La anterior es parte de la entrevista que le hiciera un cuerpo medico, encabezado por los doctores Negri y Lucero, a Cayetano Santos Godino luego de ser detenido y recluido en el Hospicio de Las Mercedes, en 1914, al confesar que entre 1904 y 1912 mató a cuatro niños y que atentó contra la vida de otros tantos; además de provocar serios incendios. Fue recluido a los 16 años cuando recién comenzaba la segunda década de 1900, pero fue tal el impacto de su frío accionar que hasta hoy los investigadores criminalistas y la prensa policial del mundo lo consideran como uno de los criminales más temibles y nefastos de la historia. Su infancia estuvo marcada por golpes y malos tratos que tradujo con sello propio a la hora de descargar su furia contra sus victimas: niños indefensos.
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«el Petiso Orejudo» mató a sus victimas ahorcándolas con una piola.
Cayetano fue uno de los ocho hijos de Fiore Godino y Lucía Ruffo, un matrimonio de inmigrantes calabreses que desembarcaron en Argentina en 1884 para buscar una nueva vida. Al igual que cientos de familias, fueron parte de los conventillos que se alzaban en los inminentes barrios porteños, donde el 31 de octubre de 1896 nació quien una década más tarde fuera conocido como «el Petiso Orejudo». Rodeado de gente, golpes, gritos -y a la vez en el más silencio más solitario- creció el niño que no gustaba de estudiar y cuya predilección era vagar por las calles, pensando quién sabe qué al grado de convertirse en la maldad personificada. Su apariencia de niño -consecuencia de los serios problemas de salud que tuvo en los primeros años de vida y su cuerpo diminuto- distaba del despertar sexual temprano motivado por los horrores que cometía. Al ser arrestado confesó que recordar el momento en que mataba lo excitaba.
Su accionar delictivo comenzó en los terrenos baldíos y conventillos de los barrios de Parque Patricios y Almagro, que entonces eran zona de quintas y conventillos poblados por extranjeros y personas llegadas de distintas provincias. Cayetano pasaba tiempo masacrando animales. Solía descargar su furia contra aves, gatos y perros. Un día su padre descubrió debajo de su cama una caja con cuerpos de aves decapitadas. Ese fue el inicio.
Cansados de su mal comportamiento sus padres lo entregaron a la policía para que lo encierren. Estuvo en un correccional de menores por tres años. Salió convertido en un monstruo
El 28 septiembre 1904, cuando apenas tenía 7 años, Cayetano llevó a la fuerza a Miguel de Paoli, un niño que no llegaba a los 2 años, hasta un terreno baldío, Allí lo golpeó y lo tiró arriba de un montículo de espinas que le provocaron graves heridas. Un policía vio la confusa situación y llevó a los dos niños a la comisaría, de donde los buscaron sus madres. Meses más tarde, volvió a golpear a una beba de 18 meses, esa vez fue con una piedra en la cabeza. Una vez más fue un agente quien impidió que la masacre. Godino fue llevado a la comisaría por segunda vez pero, por su corta edad no pudo ser detenido.
El ansias de crimen era evidente, aunque insospechado, y no tardó en llegar: Maria Rosa Faze, de 3 años, fue su primera víctima, pero la muerte de la niña pasó desapercibida por seis años, cuando confesó el hecho. Según los registros de la época, Cayetano intentó estrangular a la niña en un baldío de la calle Río de Janeiro y como no pudo la enterró viva en una zanja que cubrió con latas. Recién en 1912 constataron que el 29 de marzo de 1906 se denunció desaparecida a la pequeña que nunca encontraron porque en el lugar que el mismo «petiso» señaló se había construido una casa de dos pisos.
El 5 de abril 1906, su padre encontró en sus zapatos un ave muerta y debajo de la cama una caja donde guardaba los cadáver de otras tantas y sin cabezas. Dándose por vencido para criar al niño que no podía controlar lo denunció por violencia, por molestar a los vecinos y pidió a la policía que lo aísle. Estuvo recluido poco más de dos meses y tras el «escarmiento» fue liberado. Esos días de encierro lo enfurecieron y a poco de volver a vagar buscó en quien descargar esa ira: el 9 septiembre 1908 encontró a Severino González, de 2 años, y lo llevó a un corralón cercano donde había una pileta de la que bebían agua los caballos. Allí lo sumergió. Quería ahogarlo y como sus brazos débiles se lo impedían le colocó una tabla de madera encima. Una vez más el azar jugó a favor de la victima y Cayetano fue descubierto por el propietario del lugar. No dudó en decir que el pequeño había sido llevado allí por una mujer vestida de negro, de quien hizo una descripción particular y sin titubeos. Confundido por el hecho el hombre lo llevó a la comisaría, pero al día volvió a ser liberado.
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Godino aún no cumplía los 12 años y en plena sociedad en desarrollo, pero de descuidos, le era fácil encontrar a sus pequeñas victimas entre los corredores de algún conventillo o jugando en la vereda. Fue así como el 15 septiembre 1908 dio con Julio Botte, un bebé de 22 meses y le quemó los parpados con un cigarrillo. La madre del pequeño lo vió, pero Cayetano corrió para escapar de otro posible encierro.
Luego de tres meses de vagabundeo y largos días de borrachera que molestaba a los vecinos, el 6 diciembre del mismo año sus padres cansados de los serios problemas que ocasionaba lo entregaron a la policía. Esa vez fue enviado a la Colonia de Menores Marcos Paz donde permaneció tres años. Allí hubo intentos fallidos para educarlo e instruirlo, aunque apenas aprendió a leer y a escribir. Los informes de los investigadores aseguran que su estancia ese lugar terminó de endurecerlo. El 23 de diciembre de 1911 regresó a las calles convertido en un criminal frío y potenciado. Su liberación se habría dado por pedido de sus padres que dijeron que viviría con ellos.
«Me gusta ver trabajar a los bomberos, es lindo ver cómo caen en el fuego»
Al volver a las calles, Cayetano -ya conocido como «el Petiso Orejudo»- ingresó a trabajar en una fábrica, pero duró solo tres meses. Incansable en el ocio decidió ampliar sus zonas de vagabundeo y establecer contacto con personas de «baja calaña», asegura un informe que agrega: «Tenía severos dolores de cabeza que, sumado a su inminente alcoholismo, todo se traducía en intensas ganas de matar y producir daño». Tanto así que el 17 de enero 1912 irrumpió en una fabrica para darle rienda suelta a otra de sus pasiones: los incendios. Al confesar esa serie de hechos, dijo: «Me gusta ver trabajar a los bomberos, es lindo ver cómo caen en el fuego».
 
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Conventillo de la Ciudad de Buenos Aires (imagen ilustrativa)
El 25 enero 1912 los padres de Arturo Laurora, un niño de 3 años, denuncian su desaparición. Su cuerpo fue encontrado el día siguiente en una casa abandonada de la calle Pavón 1541. El pequeño cuerpo estaba golpeado y semidesnudo, con un trozo de piolín atado en el cuello. Las investigaciones no llevaron a ningún lado, pero tiempo más tarde «el Petiso» confesará ese crimen.
Alienado por el reflejo del fuego en sus retinas, el 7 de marzo de 1912, Cayetano prendió fuego las ropas de Reina Bonita Vainicoff, de 5 años, quien luego de 16 días de agonía murió en el Hospital de Niños. El 24 septiembre 1912, mientras trabajaba en una bodega, mató de 3 puñaladas a una yegua. No fue detenido porque no pudieron comprobar ese hecho. Días después vuelve a provocar incendios que rápidamente fueron controlados si dejar victimas.
El psiquiatra forense español José Cabrera analizó la personalidad de «El Petiso» en un programa para la tevé de España: “Podría ser un monaguillo porque su cara tiene mirada nostálgica, sus orejas son llamativas, pero no aparenta una violencia particular. Sin embargo, es microcéfalo, con cerebro patológicamente pequeño y probablemente con lesiones graves que hace que casi no tenga corteza cerebral y de ahí esa agresividad tan extrema”. De esa manera, la psiquiatría contemporánea intenta descifrar qué llevó a este hijo de un padre alcohólico, con sífilis y golpeador a ejecutar a sangre fría tremendos actos.
El crimen final y sus días como condenado
 
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Roberto Russo tenía 2 años y, como todo niño de esa edad en esos años, jugaba con sus amiguitos y ante la atenta mirada de Cayetano Santos Godino. El 8 de noviembre de 1912 llevó al pequeño Roberto a una tienda diciéndole que le compraría caramelos, pero en realidad tenía otros planes. Para efectuarlos obligó al niño a ir a un terreno donde plantaban alfalfa, lo tiró al piso y le ató los pies con una cuerda e intentó ahorcarlo con el mismo piolín con que sostenía sus pantalones. Esa vez fue descubierto por un peón que lo llevó ante las autoridades. Hábil para las excusas inventó que había encontrado al chico así y que solo lo estaba ayudando. Fue liberado por falta de mérito.
Desilusionado por no haber logrado su cometido, en la mañana del 3 diciembre 1912 descargó toda su furia en Gerardo (Jesualdo) Giordano, de 3 años. Luego de desayunar el niño salió de su casa ubicada en Progreso 2185 para jugar con sus amiguitos, quizas al mismo tiempo en que Cayetano sale de su vivienda (Urquiza 1970) y después de vagar un rato vió a los niños que jugaban en la calle Progreso. Es imposible imaginar ese momento en el que quizás lo miró casi como un depredador a su presa, y fue por él. Se sumó al juego de los pequeños porque su aspecto le permitía ganar la confianza de sus víctimas. Con el cuento de comprar caramelos logró que Jesualdo lo acompañara a un almacén (Progreso 2599) donde compró dos centavos de dulces de chocolate. El niño insistió por ellos, pero el habilidoso criminal le dio algunos y prometió el resto solo si lo acompañaba a una quinta que pertenecía a Perito Moreno (hoy Instituto Bernasconi). El niño se resistió. Furioso lo entró a la fuerza y lo arrinconó al costado de un horno de ladrillo, para inmovilizarlo le colocó una rodilla sobre el pecho. Se quitó el piolín con el que sostenía sus pantalones (de esos que usan los albañiles para la plomada) y los hizo dar vueltas en el cuello del pequeño. Fueron trece los giros y comenzó a estrangularlo. Cuando el pequeño intentó levantarse lo ató de pies y manos. Impensado que a su edad, el niño luche por su vida. Godino no logró ahorcarlo, por lo que salió de la quinta para buscar algún elemento para golpearlo. Entonces se topó con el padre de Jesualdo -nombre que le dio el dario La Prensa al contar el hecho del menor- que le preguntó por él. Respondió que no lo había visto y hasta le aconsejó que se dirija urgente a la comisaria mas cercana a efectuar la denuncia. El hombre se fue y Cayetano encontró un clavo de 4 pulgadas. Era lo que «necesitaba» para acabar lo que empezó. Usando una piedra como martillo enterró el clavo en la sien del niño agonizante, luego cubrió el cuerpo con una chapa y se fue a la casa de su hermana a comer y tomar mate. Esa misma noche Godino se presentó como un deudo más al velorio de Jesualdo. Observó durante varios minutos el cadáver y salió corriendo. Durante la tarde del crimen dos policías lograron atar cabos al recordar los hechos anteriores, por lo que en la madrugada del 4 de diciembre de 1912 allanaron la casa de la familia de Godino donde arrestaron al pequeño criminal.
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parte de la entrevista que le hacen los doctores a Cayetano Godino luego de confesar sus crímenes.
Cayetano Godino, apodado «el Petiso Orejudo» fue detenido a las 4:30 de esa mañana. Al revisarlo encontraron en sus bolsillos varios pedazos de piolín similares a los que tenía el cuerpo de Jesualdo y un recorte del diario La Prensa que contaba la muerte del niño. Ante las autoridades confesó los cuatro asesinatos, las numerosas tentativas y los incendios.
La justicia de 1912 lo declaró «penalmente irresponsable» y derivó la causa a la justicia civil que mandó a internarlo por tiempo indefinido. Tiempo después fue recluido en el pabellón de alienados delincuentes del Hospicio de Las Mercedes. Allí atacó a dos pacientes (un inválido que estaba en cama y otro que estaba en una silla de ruedas) y luego intentó huir. El caso pasó a la Cámara de Apelaciones donde se resolvió en forma unánime que debía ser confinado y trasladado a la penitenciaria de la calle Las Heras. En 1923 fue trasladado al penal del Fin del Mundo, donde en 1927 los médicos decidieron operarle las orejas porque creían que en el tamaño se ocultaba su maldad.
Poco se conoce sobre su estadía en ese penal, pero las anécdotas señalan que un día de 1933 mató al gato que los demás reclusas habían adoptado y a quien cuidaban. Lo tiró vivo al horno de leños y recibió tal golpiza que estuvo más de 20 días en la sala médica.
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Al día de hoy no se conocen las causas reales de su muerte, ocurrida el 15 noviembre de 1944, aunque se presume que murió a causa de una hemorragia interna provocada por una úlcera gastroduodenal. Otras versiones cuentan que fue violentado sexualmente en varias oportunidades y debido a su pasado como niño de poca salud, todo empeoró en el presidio. Lo que se sabe es que murió sin confesar remordimiento.
Los policías del penal dijeron que falleció por los golpes que recibió cuando mató a otro gato que los presos habrían tenido luego de que matara al anterior. Otras versiones mantienen que los presos le rompieron cada uno de sus huesos y dejaron su cuerpo roto en un barril y que luego lo arrojaron al mar. El penal fue clausurado en 1947 y cuando fue removido sus huesos no estaban. Las leyendas urbanas de la ciudad austral cuentan que un fémur de Godino era usado como pisapapeles en la casa del director de la prisión. Su imagen impacta al mundo y su saña es ejemplo de lo que puede pasar por la mente de un criminal, también es defendido por quienes sostienen que fue victima de los maltratos que recibió en su infancia. Una figura de yeso sigue atemorizando a quienes visitan la celda en la que Cayetano Santos Godino pasó sus últimos días. Allí espera para causar temor y escalofríos.
 
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Figura de «El Petiso Orejudo» que permanece en la celda que ocupó en el Presidio de Ushuaia, hoy convertido en museo.

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