LA HIPÓTESIS GAIA

Cuando James Lovelock presentó la Hipótesis Gaia, se fundamentaba en el hecho de que, desde que apareció la vida en nuestro planeta hasta nuestros días, las características de la superficie de la Tierra, la composición de su atmósfera y la cantidad de calor solar recibidos han experimentado grandes variaciones, mientras que el clima de la Tierra no ha cambiado demasiado en ese lapso.

Por otra parte, la composición de la atmósfera terrestre, incluyendo la presencia de gases como el metano, el óxido nitroso y el nitrógeno en la oxidante atmósfera actual, viola hasta cierto punto las reglas de la Química, hace pensar que la atmósfera es una construcción biológica diseñada para conservar las características de un determinado entorno.

La concentración atmosférica de gases como el oxígeno o el amoníaco se mantiene a unos niveles óptimos, cuando una alteración, por pequeña que fuese, podría tener desastrosas repercusiones en los seres vivos.

A lo largo de toda la historia de la Tierra, su climatología y su química parecen haber sido en todo momento las óptimas para el desarrollo de la vida. Que esto se deba a la casualidad es tan improbable como salir ileso de un atascamiento de tráfico conduciendo con los ojos vendados.

Todo ello nos lleva a postular la existencia de un vasto sistema regulador de las condiciones que permiten la estabilidad de la Vida, en pro de su conservación.

Pero, ¿quién es esa Entidad que «vela» de ese modo por el conjunto de los seres vivos?

Desarrollar en detalle los argumentos a favor de la Hipótesis Gaia, de manera que pueda apreciarse cómo opera a favor de la expresión vital del planeta, es algo que, además de resultar excesivamente científico, escapa a los márgenes de este breve artículo divulgativo. Baste indicar tan sólo que a nivel planetario, una pequeña oscilación en tan inmenso Ecosistema puede provocar la desaparición de las condiciones posibles para la Vida.

¿POR QUÉ EL NOMBRE DE «GAIA»?

Fue el Premio Nobel de Literatura, William Golding, el que acudió a la diosa griega de la tierra, la del – según Hesiodo- «ancho seno, y eterno e inquebrantable sostén de todas las cosas, la sucesora del Caos», para pedirle prestado el nombre que designara a la Hipótesis.

Sólo falta que se le conceda a nuestra moderna GAIA la intencionalidad inteligente, para acercarnos desde otro planteamiento, otro lenguaje al concepto antiguo de la «Madre Tierra», cuyo simbolismo, en relación con los hombres, generase tanta riqueza cultural y mitológica.

Quizá pueda resultar escandaloso imaginar un planeta realmente vivo, pero lo cierto es que esta idea se ha mantenido hasta nuestros días, presente en algunas épocas y culturas, sumergidas en otras, pero siempre latente aunque sólo sea como «realidad psicológica».

Y ahora la Ciencia vuelve a la Tierra, y se extiende en algunos sectores sociales la moda de regresar a la naturaleza. Es posible que nuestro alejamiento sólo haya sido un inmenso error teórico y práctico, porque en cierto sentido más profundo, el hombre está en estrecho contacto con los ciclos vitales del Planeta.

Detrás de los juicios de valor de una época determinada, los seres humanos, como criaturas terrestres, estamos sometidos a sus influencias.

Aun en los momentos más imperantes del positivismo científico, nada ha impedido que en todas partes del mundo los hombres se unieran al nacimiento de la Primavera, celebrando el resurgir de la Tierra generadora y el incremento de la vitalidad en sus criaturas, en ritos que nos hablan de una resonancia, a veces desde lo más profundo del inconsciente humano, del ritmo que aportan los movimientos vitales de la Naturaleza.

Y en el peor de los casos, desde la más artificial de las ciudades, pocos han dejado de estremecerse en la oscuridad del invierno, de sentirse tristes con los cielos plomizos, ansiosos con los cambios de los vientos, afectados con los días largos de mayo, cuando los vencejos se persiguen piando enloquecidos bajo los colores del atardecer, o impactados por el esplendor luminoso de la luna llena de agosto.

Sin querer, nuestros huesos acusan las oscilaciones del clima, y nuestros órganos los ciclos diarios y estacionales.

Y toda la creación, a todos los niveles, responde a los grandes y pequeños cambios que se introducen en su entorno; desde las variaciones en el calor solar que señalan las eras temporales, hasta las que caracterizan los veranos, desde las alteraciones de la luz que rigen la vida de la plantas, despiertan a las aves el momento de la migraciones, y a algunos mamíferos les indica la hora del sueño de invierno, hasta la que le dice a la lechuza que es ya el tiempo de volver a la caza.

Tal vez debiésemos contemplar nuestro pequeño mundo como un gran Ecosistema, un «Macro-Bios», relacionado e integrado en Sistemas Vitales cada vez más amplios, formando redes de vida. De hecho así lo sugieren las grandes tradiciones sagradas de la Humanidad

La actual Teoría de Sistemas sostiene algo parecido, sólo que sin admitir, al menos en su vertiente estrictamente científica, los aspectos que irían más allá de las interacciones físico-energéticas, y que entroncarían, según se creía en la viejas civilizaciones, con el mundo del Espíritu.

Es precisamente ese aspecto vincular el que subyacía en los universalmente difundidos conocimientos astrológicos, cuyos restos tan torpemente se divulgan en la actualidad.

Todas estás ideas tan extraordinariamente creativas empiezan a retomarse de nuevo ahora bajo otra perspectiva por los investigadores de los biorritmos, los ciclos y los ritmos cósmicos. 

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