La hipótesis etnográfica

Que en el prólogo a Ficciones argentinas Beatriz Sarlo subraye la presencia –unas veces silenciosa y otras indiscreta– de Roland Barthes, no es un gesto de coquetería teórica; ni mucho menos. Para Sarlo, la teoría es –y fue siempre–, sencilla y prácticamente, una herramienta de trabajo. Su relación con ella es rigurosa y funcional; nunca de pleitesía sumisa o snob. Citados por su utilidad en el contexto de una obsesiva (y, por ello mismo, no necesariamente acertada) interrogación del presente, los nombres propios de la teoría exceden el marco de los créditos explícitos, y los deliberados borramientos no ratifican más que un deseo de escribir “libre de las convenciones teóricas”. Sarlo usa a Barthes cuando lee la inscripción política de las escrituras argentinas (en sus elecciones formales) y cuando un tema específico lo convoca. Pero la pulsión ética en que se yergue su crítica remite menos al espectro de una lectura patética que al de una intervención intelectual franca, que busca interpelar las cristalizaciones de la esfera pública.

Ni la inconsistencia de un corpus errático (sugerido, según Sarlo, por Maximiliano Tomas) ni la genuina modestia con que la autora inscribe la serie (como una exploración sin intención de “demostrar ninguna hipótesis general”) consiguen opacar pues la rigurosidad política de su objeto. Lo que se lee en estos 33 ensayos –que exhiben tanta ironía como la que adscriben al espíritu de la época– no es casual ni caprichoso. De la topografía orillera de Gusmán al hiperrealismo documental de Vanoli, lo que la pesquisa recorta es una emergencia específica: la proyección concreta de zonas de irrupción, ocurrencia y cristalización de lo etnográfico como marca indeleble de lo contemporáneo.

Interrogadas tanto en la moral de sus formas como en la de sus temas, las literaturas abordadas soportan (como pueden) el apronte lúcido e implacable de la lectura que, aún en su táctica alusiva, las enfrenta al redil imaginario progre y humanista que grava extorsivamente el espacio cultural contemporáneo. Sin necesidad de juzgar, Sarlo las expone en sus propias elecciones estéticas y las exhibe en su insumisión o su canallada, su vocación crítica o su acomodo oportunista.

La lectura de Sarlo es clara hasta la transparencia; pero a la vez sutil en sus conclusiones sobre el presente de la literatura. Pone en blanco sobre negro la condición y materialidad del síntoma: el efecto de lo verdadero imponiéndose sobre el efecto de lo verosímil, el plegamiento de la literatura sobre el giro subjetivo de la cultura, la falsa oscilación de espacios y tiempos (que va indiscriminadamente del “costumbrismo globalizado” al “regionalismo de lo nuevo”). Pero el diagnóstico está apenas sugerido entre líneas y, aun cuando revele ciertos visos de optimismo (al notar el retiro de la demagogia y el sentimentalismo populista, o al paladear tenues resonancias –de Saer en Ronsino, de Gandolfo en Capelli, de Chejfec en Coelho), su percepción del presente literario es borrosa sólo por indulgencia: exceptuando algún caso particular, la literatura argentina contemporánea no pasa de ser una conjetura inestable, frágilmente colgada de una convención retórica que en última instancia la determina. Una vez más, Williams y Viñas aparecen confirmados: la materialidad del mundo marca la literatura.

Que la lectura corrida de estos textos acabe por devolver un previsible sesgo de melancolía modernista, dice tanto del estado actual de la literatura argentina como de la historia misma de la percepción crítica. Y hay que hacerse cargo: finalmente, como enseñó Borges, una literatura se define menos por su propia condición que por la manera en la que es leída

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