La Francmasonería en la actualidad

Una logia en el siglo XXI PDF Imprimir E-Mail 
Cuando nos preguntamos como queremos que sea o como creemos que será la masonería del siglo XXI, tenemos que hacer un serio trabajo de reflexión personal. Al fin y al cabo, tenemos que pensar en cómo creemos que debe ser nuestra propia vida masónica y cómo ésta debe reflejarse y ser vista en la sociedad, ya sea de modo individual, pero también colectivamente.
Es un hecho cierto que la imagen que tiene la sociedad no es quizás la que nosotros deseamos. Rápidamente echamos mano de la dura represión, de la persecución política, de los 40 años de travesía. Pero si en lugar de España vamos a otros países, la imagen que se tiene de nuestra institución tampoco es que sea mucho mejor. Por supuesto que no es la misma, pero los retos a los que tenemos que hacer frente si son básicamente los mismos.
Pero antes de entrar en opiniones más o menos polémicas podemos repasar una serie de conceptos y una serie de elementos que merece sean tenidos en cuenta.

La masonería es obra humana. Por tanto, su creación y su evolución responde a cada momento histórico que le ha tocado vivir, a los hombres que estaban dentro de ella y a la sociedad en la que se situaba.

La masonería surge como institución organizada en 1717. Podemos asumir esta fecha como convención. Es innegable que existía antes. Cuando 4 logias de Londres deciden reunirse y constituir una Gran Logia (la de los Modernos), éstas existían antes. En su seno encontramos tradiciones que, por una razón o por otra han ido agrupándose y fundiéndose. Desde la tradición de los constructores, con sus símbolos y sus logias, a las tradiciones más esotéricas de los rosacruces, pasando por otros grupos diversos, más o menos iluminados, más o menos desconocidos.
La masonería organizada rápidamente se pone manos a la obra y se dota de normas y principios, normas y principios acordes con su tiempo. Ello explica, entre otros motivos como, desde un entorno católico y religioso de las antiguas cofradías de albañiles, controladas por la Iglesia, se llegan a unas logias abiertas y donde la figura de Dios se intenta “despersonalizar”, permitiendo que hombres de diferentes creencias y diferentes ideas puedan encontrar un lugar común. Y eso explica cómo, rápidamente, nacerá otra Gran Logia (los antiguos) que ven en los primeros unos individuos “peligrosos”, si podemos decirlo así.
Ese espíritu abierto responde igualmente a la necesidad de la sociedad inglesa del momento de abrirse después de casi dos siglos de luchas de religión que habían dejado al país agotado.

El nacimiento en un momento determinado y en un lugar determinado explica igualmente el papel de la mujer en la masonería. Esta hereda la visión medieval de la mujer, como un ser peligroso en ocasiones, o una menor a la que hay que cuidar. Y dado que es una menor, pues no puede ser libre, y al no poder ser libre, no puede tener su lugar en la masonería.

Por supuesto, cuando los ingleses empiezan a extender la masonería por el continente, ésta se va adaptando a lo que va encontrando. La realidad hace que, sin perder una noción común, sin embargo las peculiaridades darán lugar al nacimiento de rituales que expresarán, en cada momento, una realidad y una necesidad para satisfacerlas. La Francia del XVIII no es la Inglaterra del XVIII, tanto política como social y culturalmente. Sus peculiaridades darán lugar a un rito más burgués, más elaborado, como es el rito escocés antiguo y aceptado. Por otro lado, en Alemania, las influencias también son distintas, la realidad religiosa es distinta, y ello dará lugar al Escocés Rectificado, con una componente crística impensable y para muchos contradictoria con el espíritu inicial.

Pero sigamos. Tenemos ya las grandes logias, los ritos, las bases fundamentales. Como empieza a verse todo ese mundo. A finales del XVIII en Inglaterra hay una figura preeminente, un gran pensador, que dio a la masonería del momento una interpretación que permanece hoy en día como una de las corrientes básicas de nuestra forma de entender la masonería. Preston entiende la masonería como conocimiento, como la obligación de difundir la luz. ¿Nos suena, verdad?
Unos años después, en Alemania, un personaje muy famoso en España, nuestro amigo Christian Friedrich Krause, se produce un cambio que lleva a ver a la masonería como un instrumento de mejora de la vida humana, de perfeccionamiento de la sociedad.
Una tercera corriente se da más o menos por la misma época. Nos encontramos con el reverendo George Oliver. Un fruto del romanticismo y un hombre religioso. Ambos elementos le llevarán a alejarse del intelectualismo del siglo XVIII, en beneficio de la especulación y la imaginación. Para él, la masonería nos permite conocer lo absoluto, sus principios son los mismos de la religión, esto es, un mundo moral, aunque presentados de forma tradicional. ¿A qué nos resulta todo muy familiar?
Un cuarto pensador, esta vez del otro lado del Atlántico, también influirá en la masonería, a su vez influido por su momento y su lugar. Hablo de Albert Pike. Para él, sólo hay un Absoluto y todo fuera de este Absoluto es relativo. Los credos y dogmas son sólo interpretaciones. Por tanto, debemos buscar por nosotros mismos el principio último por el cual podemos llegar a lo real.

Como podemos ver, todo nos resulta conocido y todo tiene su explicación. Al fin y al cabo, somos hombres y creamos cosas por y para los hombres, aunque nos guste crear toda una parafernalia, unas leyendas, unas supuestas eternidades.

Hay muchos ejemplos de inmovilidades estériles y de petrificaciones, tanto en la vida real como en la masonería. En su momento nos hablarán de los landmarks, y de cómo se codificaron y de cómo llegaron al convencimiento de que son inmutables aunque en todos los casos haya notables diferencias. ¿Y si hablamos de ciertos principios inamovibles móviles? Vayámonos a los EE.UU. Por ejemplo: Sólo los hombre libres pueden ser masones. Un hombre negro no es libre. Por lo tanto, no puede ser iniciado y no puede ser masón. Ahí está la base de una de las mayores vergüenzas de la masonería, la segregación racial todavía existente. Es ahora cuando por fin las logias Prince Hall en los EE.UU. están obteniendo su reconocimiento, pero todavía no se ha conseguido del todo
Otro de los principios sacrosantos es el de la unicidad territorial: una sola logia, un solo territorio. Algo que ya cae por su peso, como lo demuestra las mismas Logias Prince Hall y su progresivo reconocimiento interno y externo. Y que decir del Vaticano masónico, según unos, la propia UGLE, que ya ha empezado a reconocer en Brasil a dos Obediencias en un mismo territorio: el GO y las GGLL estatales. ¿Para cuándo en Europa?.
¿Y podremos seguir negando el derecho de las mujeres a recibir la Luz? La mujer ha conseguido alcanzar en el siglo XX un papel antes impensable, porque filosóficamente, política, legal y culturalmente era inadmisible. Negarlo basándose en la tradición no es argumento posible ni inteligente, y hasta en cierto modo ofensivo a nuestra propia naturaleza masónica, sobre todo después de estudiar nuestra propia evolución y nuestra propia historia. Es un reto que está ahí y que tendrá que ser resuelto en el siglo XXI. Otra cosa es cómo se resuelve. Pero fórmulas, seguro que hay muchas

La masonería nos ha demostrado que sabe adaptarse. Como la vemos hoy es cómo ha ido evolucionando según ha ido pasando el tiempo. Con la evolución de las mentalidades y del pensamiento humano la masonería ha visto como iba modificando su sentido, sumando y no perdiendo, que es algo también muy importante. Si no se adapta tiene el riesgo de convertirse en una camarilla de sacerdotes de su propia religión, en un juguete a capricho de unos pocos completamente alejados de lo que, se supone, son dos de los fines de la masonería universalmente aceptados: la perfección del hombre y de la sociedad en la que vive.

Voy a ir acabando. Creo que he aportado elementos de discusión. Pero hay otro aspecto final que quiero tratar, aunque sea muy de pasada. Y es el compromiso personal. Nuestras instituciones son un reflejo de nosotros mismos. Decimos que un pueblo tiene el gobierno que se merece. Y ello es aplicable a nuestra Orden. Las Logias son un reflejo de sus integrantes. La falta de formación, la falta de estudio, la falta de compromiso, la falta de rigor, la falta de fraternidad, vacían de sentido nuestros juramentos y, lo que es más grave, suponen un autoengaño patético, ridículo y sin sentido.
La masonería del siglo XXI requiere de una regeneración individual, de un esfuerzo individual por el trabajo, por la interiorización, por el uso y aprovechamiento de todas y cada una de las posibilidades que la institución nos ofrece. Es absurdo pretender la uniformidad, como es absurdo pretender la perfección. Hay que evitar el empobrecimiento mental y espiritual. Hay que ser exigentes con los demás, pero sobre todo consigo mismo. Cada uno aprovechará mejor una de las caras del cubo, pero necesita trabajar todas y cada una de ellas para tallar su piedra bruta.

El VH A.C., en su veneratura, decidió regalar a cada compañero que él Pasaba al 2ª grado, con una pequeña piedra cúbica de granito, en recuerdo de la ceremonia y como recordatorio del trabajo realizado. Yo siempre he visto otro significado adicional. La sociedad nos puede ver a todos y cada uno de nosotros como hombres buenos si nos comportamos de acuerdo con nuestros principios y con nuestras creencias. Pero hay que dar un paso más. Cada una de esas piedras ha de servir para construir la casa común, para que los profanos se admiren no sólo de cada uno de nosotros, sino de nuestro esfuerzo colectivo. Ese es otro reto que tenemos delante para este siglo XXI

 

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