La fiesta de Janucá – Macabeos

4/12/2012
 Janucá

Janucá conmemora la victoria de la gesta por los auténticos valores judíos en contra de la corriente de abandonar la fe y el cumplimiento de los preceptos, que profesaban propios y extraños. O, lo que no es menos grave, de diluirlos en el océano de la cultura ajena, creyendo que aun así se podía seguir siendo fiel. Janucá puede entrenarnos a eludir las intentadas globalizaciones que siempre se presentaron en la historia para imponer hegemonías anulando el sentimiento y la identidad de las minorías.

El Templo de Jerusalén había sido profanado por la práctica pagana, después de luchas sangrientas. Y, fueron los macabeos quienes consiguieron derrotar a los seléucidas que regían en Siria para purificarlo. Antíoco Epifanio se había propuesto unificar a todos los pueblos que dominaba bajo su cultura. Estética del triunfador, la griega, que se había expandido triunfante.

A pocos kilómetros de Jerusalén, en una comunidad pequeña, Modiín, estaba Matitiahau, un anciano que pudo reunir a sus hijos y convocar a quienes deseaban seguirlo, para emprender una empresa desproporcionada que parecía irremediablemente destinada al fracaso.

Sin mucho debía enfrentarse a la fuerza del conquistador. Sin embargo, y contradiciendo la aparente lógica de las proporciones, los hermanos, hijos del viejo sacerdote, consiguen el triunfo.

Su fuerza provenía de la llama de la fe y el orgullo por la supervivencia judía. Por ello, el veinticinco del mes de kislev se inicia el festejo de esta conmemoración post-bíblica. Tienen en su centro, la última acción de la gesta macabea, ir en búsqueda de aceite y encender un candelabro durante ocho días, celebrando la libertad con cantos de alabanza y gratitud, absteniéndose de duelo público y de ayunos.

Es que el día 25 del mes noveno, se ofrecieron las ofrendas sobre el nuevo altar, con cánticos, laúdes, liras y platillos y celebraron su dedicación con alegría infinita. Se había producido el milagro.

Un milagro en el que se unen varios portentos: que el escaso aceite purificado encontrado entre las ruinas del Templo, bastara hasta la confección de una nueva partida que alcanzaría para ocho días; que un puñado de valientes pudiera derrotar a la potencia de su época y el no menos importante: el poder rescatar incólumes los valores de un pueblo amenazado por la invasión cultural de la descontextualización.

Janucá nos permite unirnos a aquellos que tenían claros los valores judíos y gracias a su amor a ellos, no concebían helenizarse como deseaban más de un propio ilustrado y todos o casi todos los ajenos.

“La luz de Janucá debe ser colocada del lado exterior de la puerta del hogar, pero en caso de peligro es suficiente sobre la mesa” nos prescribe el Talmud. Cuando estamos seguros de nuestros valores, debemos atrevernos sin temores a iluminar el exterior. Cuando hay vientos y amenazas de apagar nuestra luz, debemos protegerla intramuros.

En nuestros días más que nunca debemos encender las luminarias, liberando la vivacidad de unos sentimientos que no se deben reprimir ni se pueden olvidar jamás. Y colocar a Janucá en el contexto de la lucha por nuestra supervivencia.

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