La Fe de nuestros Próceres.


Oyendo y viendo las mentiras que se generan a medida que los acontecimientos importantes, y las personas que estuvieron involucradas en ellos, quedan cada segundo más lejos en el pasado, como es el caso de nuestra historia, de la historia de la Patria Argentina, de nuestra Patria; y obviamente toda la línea bajada del estado a las escuelas para que estudien esas mentiras, Mentiras como el “hecho histórico” de que San Martin era masón, promulgada por los mismos masones con la intención de generar una triple mentira para que no se crea que la masonería existe como tal pero sí en que él era masón, y al mismo tiempo tachar a la Iglesia Católica de perversa —de la perversidad propia de ellos—, cuando en realidad San Martín fue un comprometidísimo católico; o el silenciamiento y anonadamiento, y hasta un tilde de homosexualidad, de Belgrano, mediante una reciente película, cuando en realidad fue un hombre que lucho con su vida y con su ejército consagrado a La Generala Virgen María de la Merced, y quien nos regaló la bandera más hermosa del mundo y la primera de América, inspirada en los colores del vestido de nuestra Virgen de Luján (que hace bastante tiempo vienen convenciendo de que se inspiró en algo tan relativo como el cielo y el mar, el cielo y el mar que se ven en todo el mundo y no es propio de Argentina). Movido por estos motivos entre otros, pongo mi pequeño esfuerzo por, aunque sea, ser una piedrita en el zapatos de los historiadores, estratagemas pensadores e impulsores de estos engaños –por más que luego me partan con un martillo– republicando anécdotas y recortes, con la respectiva fuente, sobre la Fe de nuestros Próceres.

1. – Liniers y Pueyrredón

 

 

Santiago de Liniers y Martin de Pueyrredón

El primer domingo de julio de 1806, Santiago de Liniers, después de oír Misa en Santo Domingo, fue a postrarse ante el altar de la Virgen del Rosario y formuló el voto de consagrarle las banderas del enemigo si le daba la victoria: las cuatro banderas que la adornan hasta que se las robaron.

Entre tanto, Martín de Pueyrredón formaba su ejército en Luján y antes de reunirse con Martín Rodríguez en el Fondo de la Legua hace prender a sus soldados sobre sus ropas de gauchos las cintas llamadas de Las Medidas de la Virgen, cintas que aún ostenta los Húsares de Pueyrredón y con las que lucharon entonces en el combate de Perdriel, en el lugar de la casa de José Hernández, hoy museo, en San Martín.

Los colores de la Virgen de Luján son el origen de la bandera nacional, por el anteceder que indicamos, y por el uso común de los porteños conspiradores entre los que trabajó mucho Pueyrredón, de llevar las cintas de las Medidas de la Virgen en la cadena del reloj. Lo cual nos hace remontar a una época muy anterior a la de French y Beruti, al pensar que éstos, al distribuir cintas azules y blancas, respondían a la tradición prexistente, fundada en el manto de la Virgen de Luján, Patrona de la Argentina, y de Sudamérica, antes de que divulgaran las rojas.

Cuando Liniers volvió de Montevideo trayendo las tropas, avanzó hasta Retiro y pasó una noche íntegra en vela ante la imagen de la Virgen del Pilar en el templo de la Recoleta.

El 10 de agosto, previa Misa de Campaña, ocupó Liniers los corrales de Miserere (Plaza Once). La infantería, cuenta Mitre, marchaba con el barro hasta las rodilla a veces apoyándose en los fusiles para no caer, y la Artillería era arrastrada a brazo por la multitud, venciendo todo género de dificultades con verdadero entusiasmo. Muchos pechos lucían el Santo Escapulario y más de una vez, refiere un testigo, Beresford exclamó que deseaba avistarse con la gente del escapulario.

El triunfo se consiguió el 12 de agosto, fiesta de Santa Clara, en cuyo convento de Alsina y Piedras también se habían hecho, a sus instancias, solemnes rogativas, y en cuyo patio histórico se hallan enterrados héroes de aquellas épicas jornadas: el Cabildo proclamó por ello a Santa Clara, Segunda Patrona de Buenos Aires.

En 1807, doce mil ingleses volvieron a atacar Buenos Aires y en recuerdo de la Defensa, la imagen de la Iglesia de Santo Domingo se llama Nuestra Señora del Rosario de la Reconquista y Defensa de Buenos Aires. Al ofrecer también dos banderas a la Iglesia de Santo Domingo de Córdoba expresará Liniers su gratitud a la Madre de Misericordia por el feliz éxito contra los enemigos de su culto. De su culto porque en no se tomaba a los ingleses solo como los enemigos, sino también como herejes, y sí que lo eran.

El apresto bélico de los ingleses había tenido como objetivo todo el Virreynato y acabó por rendirse en el campo mariano junto al altar de la Virgen del Rosario, que fue su último reducto (Recordemos que en las primeras invasiones inglesas ya tenías los ingleses “2 navíos de 64 cañones, otro de 50 cañones, una fragata de 38 cañones, y otra de 32 cañones, un bergantín cañonero con 14. Además la mercante Justina, con 26 cañones y los cinco transportes armados. La desproporción era tanta que solamente un navío de 64 cañones tenía tanta potencia de fuego como toda la fuerza naval española” – Alm. Destéfani).

2. – Belgrano

El General Belgrano estamparía alguna vez con gran razón esta hermosa frase: Salimos bien porque Dios es quien protege nuestra causa.

En la batalla de Tucumán, que decidió la suerte de las Provincias Unidas del Rio de la Plata, los españoles eran nos 3.000 y los nuestros apenas 1.800.

Pero el General D. Manuel del Corazón de Jesús Belgrano puso su confianza en Dios y en Nuestra Señora de las Mercedes: él mismo, frente a la tropa, dirigía el Santo Rosario por las tardes.

En la mañana del día del combate el general patriota estuvo orando largo rato ante el altar de la Virgen.

Y nuestras armas, gracias a la especial protección de la Virgen manifestada en una suma de circunstancias providenciales, obtuvieron una brillante victoria que salvó la causa de la Revolución: no habían faltado una gran tormenta de tierra, una “manga” de langostas que se descargó contra los realistas, y la equivocación de uno de sus jefes abriendo paso a una columna patriota (ser realista para un hijo de España no era desmedrar a la realeza española, sino al rey que quería ser como Dios, o sea Napoleón).

En el parte que transmitió al Gobierno no olvidó Belgrano resaltar que la victoria se obtuvo el 24 de septiembre de 1812, Día de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección se habían puesto los patriotas.

El general vencedor, profundamente conmovido, puso en manos de la Virgen su bastón de mando. La entrega se efectuó durante una solemne procesión que tenía como punto terminal el Campo de las Carreras, donde se había librado la batalla. En dicha manifestación religiosa participó todo el Ejército, incorporándose a última hora, llenos de polvo y sudor, los soldados que volvían a perseguir a Tristán

En un momento dado Belgrano se dirigió hacia las andas en que era conducida la Virgen de las Mercedes y haciéndolas bajar hasta su nivel, le entregó el bastón que llevaba en su mano, y lo acomodó por el cordón en la de la imagen. La conmoción fue entonces universal. Hay ciertas sensaciones que perderían mucho queriéndolas describir y explicar, comenta el General Paz.

Desde allí partirían pronto para Salta, en cuya batalla, refiere el mismo General Paz, los soldados patriotas llevaron sobre sus uniformes el escapulario de la Virgen de las Mercedes que habían recibido al salir de Tucumán y que vino a resultar en la batalla de Salta una divisa de guerra.

El creador de la Bandera en las Baterías del Paraná y que Gorriti bendijera en Jujuy, después de prohibida dos vece por la Junta, la reserva para el día de la victoria, que había sido Batalla de Tucumán, sepulcro de la tiranía.

Belgrano, dice Mitre, desenvainando su espada, dirigió estas palabras señalando la Bandera, inspirada en los colores del manto de la Virgen: Este será el color de la nueva divisa con que marcharán al combate los defensores de la Patria. En seguida prestó en presencia de las tropas el juramento de obediencia a la Soberana Asamblea; y tomándolo individualmente a los jefes de cuerpo, interrogó de nuevo a las tropas con las fórmulas prescriptas por el Gobierno, y tres mil voces repitieron al mismo tiempo: ¡Sí Juro! Entonces, colocando la espada horizontalmente sobre el asta de la bandera, desfilaron sucesivamente todos los soldados, y besaron uno por uno aquella cruz militar, sellando con su beso el juramento que acababan de prestar. Concluido el acto, se grabó a escoplo, en el tronco de un árbol gigantesco que se levantaba sobre el margen del río, esta elocuente inscripción: Río del Juramento (ex río Pasaje, en Salta).

A los pocos días, el 20 de febrero de 1813, ese juramento iba a ser firmado con sangre en la resonante victoria de Salta, de la que Belgrano da cuenta al Gobierno con estas palabras: El Dios de los ejércitos nos ha echado su bendición. La causa de nuestra libertad e independencia se ha asegurado a esfuerzos de mis bravos compañeros de armas; entre quienes cuenta, expresamente, a sus capellanes. Por ello agrega en dicho parte de guerra: No debo olvidar a los capellanes (Belgrano nombra a seis) quienes han ejercido su santo ministerio en lo más vivo del fuego, con una serenidad propia y han sido infatigables en sus obligaciones.

Después de pasar mil calamidades y de llevar su fervor religioso y patriótico hasta el Paraguay y la hoy Bolivia, permanece al frente del Ejército del Norte hasta 1919. Y cuando sustituye la vieja Bandera, la coloca a los pies de la Virgen de las Mercedes en solemne formación por el 4° aniversario de la batalla de Tucumán, arengando a sus soldados: La América y la Europa os miran. Que vean el orden, la subordinación y disciplina que observáis, y al fin admiren vuestros trabajos, vuestra constancia y vuestro heroísmo, como lo desea vuestro general.

Pero avizoraba, como le escribía al Cura Vicario de Luján el monstruo de la anarquía pronto a devorarnos a todos. Por ello su afán de vigorizar su ejército, templándolo en nuestras tradiciones cristianas, con el fin, como él mismo lo afirmó en su proclama del 12 de agosto de 1816, de que fueran la base sólida y permanente de la independencia nacional…

Cuando a principios de 1814, San Martín se hijo cargo del Ejército Auxiliar del Perú, Belgrano le envía entonces una carta con notables conceptos: Conserve la bandera que le dejé y que enarbolé cuando todo el Ejército de forme. No deje de implorar a Nuestra Señora de las Mercedes, nombrándola siempre nuestra Generala, y no olvide los escapularios a la tropa. Acaso se reirá alguno de éste, mi pensamiento, pero Usted no debe dejarse llevar de opiniones exóticas y de hombres que no conocen el país que pisan.

El mismo Belgrano, al recibir de la Asamblea Constituyente un premio de dinero, lo donó para dotar cuatro escuelas. En el “Reglamento” que redactó para las mismas exigió algunas prácticas de devoción mariana: el rezo de las letanías y el rosario, poniendo como Patrona de esas escuelas a la Virgen de las Mercedes.

En 1820 bajó Belgrano a Buenos Aires y volvió a visitar, casi moribundo, el Santuario de la Villa de Luján…

En esta escuela de heroísmo y de fe se forjaron muchos de los oficiales del Ejército del Norte: así José Rondeau, Francisco Ortiz de Ocampo, Martín Miguel de Güemes, quien declaró su reconocimiento a la Virgen en una de sus arrebatadoras proclamas y Manuel Dorrego incorporado a la orden terciaria de la Merced tres meses antes de su trágica muerte: en este momento la religión católica es mi único consuelo, le comentaba a don Miguel de Azcuénaga.

3. – San Martín

El padre de la Patria, el Libertador General D. José de San Martín, otorgó desde “El Retiro” singular importancia al Servicio religioso de su Ejército. El Coronel D. Manuel A. Pueyrredón recuerda en sus memorias: Después de la lista de diana se rezaban las oraciones de la mañana, y el Rosario todas las noches en las cuadras, por compañías, dirigidos por el Sargento de semana. El domingo o día festivo el Regimiento, formado con sus oficiales asistía al santo Sacrificio de la Misa, que decía en el Socorro el Capellán del Regimiento. Todas estas prácticas religiosas se han observado siempre en el Regimiento, aún en campaña. Cuando no había una iglesia o una casa adecuada, se improvisaba un altar en el campo, colocándolo en alto para que todo el Regimiento pudiese ver al oficiante.

El propio General compuso un Reglamento donde se castigaba severamente a todo el que blasfemare del Santo Nombre de Dios o de su adorable Madre, o insultare a la Religión.

Ya en el Plumerillo, los domingos y días de fiesta, dice el General Espejo, se decía Misa en el campamento y se guardaba como descanso. En el centro de la plaza se armaba una gran tienda de campaña (forrada de damasco carmesí, que desde Inglaterra le habían mandado al General), allí se colocaba el altar portátil y decía la Misa el Capellán Castrense Dr. José Lorenzo Güiraldes o algunos de los capellanes de los cuerpos. El Ejército se presentaba en el mejor estado de aseo, mandaba la parada el jefe del día, los cuerpos formaban al frente del altar en columna cerrada estrechando las distancias, presidiendo el acto General acompañado del Estado Mayor. Concluida la Misa el capellán dirigía a la tropa una plática de 30 minutos poco más o menos, reducida por lo general a excitar las virtudes morales, la heroicidad en defensa de la patria y la más estrecha obediencia a las autoridades y superiores.

El 5 de enero de 1817, en vísperas de abrir su memorable campaña, dispuso se juraran a la vez la Patrona del Ejército y la Bandera Nacional.

De la Iglesia de San Francisco sacaron la imagen de la Virgen del Carmen y la condujeron en solemne procesión hasta la iglesia matriz. Antes de la Misa se procedió a la bendición de la bandera y del Bastón de mando de San Martín y terminado el oficio religioso se condujo la venerada imagen hasta un altar que se había dispuesto a un costado de la iglesia con frente a la plaza.

Al aparecer la Virgen y la bandera, los cuerpos presentaron armas y batieron marcha, y al subir la imagen para colocarla en el altar, el general le puso su bastón en la mano derecha. Luego, tomando la bandera, se acercó al perfil de la plataforma, donde en alta y comprensible voz pronunció las siguientes palabras: Soldados, esta es la primera bandera que se ha levantado en América, la batió por tres veces cuando las tropas y el pueblo respondían con ¡Viva la Patria! Rompieron dianas las bandas de música de caja y clarines, y la artillería hizo otra salva de 21 cañonazos.

El General entregó la Bandera al abanderado para llevarla a su puesto, y, al continuar su marcha la procesión, los cuerpos formaron en columna para escoltar a la Virgen para dejarla en Su iglesia. Esta tocante ceremonia hizo exclamar al general Espejo: ¡Qué conjunto de emociones ofrecieron las tropas y el concurso en aquellos solemnes momentos!

Vencedor más tarde en las batallas de Chile, predestinado a recibir los aplausos de medio continente, nuestro gran capitán envió para ser puesto en manos de la Virgen del Carmen su bastón de mando, con esta carta autógrafa: La decidida protección que ha prestado al Ejército de los Andes su Patrona y Generala Nuestra Madre y Señora del Carmen, son demasiado visibles… un cristiano reconocimiento me estimula a presentar a dicha Señora (que se venera en el convento que rige Vuestra Paternidad), el adjunto bastón como propiedad suya y como testimonio del mando supremo que tiene sobre dicho Ejército. Dios guarde a Vuestra Paternidad muchos años. José de San Martín, Mendoza y Agosto 12 de 1818.

En el Regimiento de Granaderos a Caballo se guarda el viejo rosario de San Martín, que una religiosa le había regalado cuando cayó herido en Bailén.

Olazábal, en nota autógrafa, dice: El día 15 de mayo de 1820 me presenté en la revista de Rancagua; el General me abrazó y me entregó su rosario para que me diera buena suerte. La Cruz y cuentas que le faltan las perdí durante la batalla de Médanos el 31 de agosto de 1821, y los demás deterioros se han hecho durante el resto de mis campañas. San Martín lo usó siempre; y hasta, en ocasiones, se lo vi suspendido del cuello debajo de la casaca y a manera de escapulario.

4. – French

El Coronel Domingo French eligió a la Santísima Virgen de Luján como Patrona de su Regimiento, 3 de Infantería, el que a su vez aprobó la elección de su Jefe.

El 25 de septiembre de 1812, de paso en Luján para las provincias del Norte, fue reconocido oficialmente dicho Patronazgo, y después de una Misa solemne celebrada en el Santuario, se juraron las banderas.

El 3 de Infantería se apellidó “El Regimiento de la Virgen” y tuvo destacada actuación tanto en las provincias del Norte como en el sitio de Montevideo. En cumplimiento de un voto formulado, el Coronel French al pasar por Luján el 12 de septiembre de 1815, al frente de sus soldados en marcha hacia el Perú, entregó a la Virgen dos banderas y un trofeo arrancados a los realistas napoleónicos al rendirse la plaza de Montevideo.

5. – Brown

La historia ha recibido la figura del Almirante como antonomasia y Padre de la Armada, recorriendo en sus tiempos libres el puente y la cubierta de la nave, desgranando las cuentas del Rosario. Se sabe que después de cada victoria, la festejaba bajando a su camarote a rezar a la Virgen.

Al templo de las Catalinas solía concurrir frecuentemente a efectuar sus prácticas religiosas y una de sus sobrinas, Juana Paula Brown, vistió el hábito de la Orden. Brown hacía una donación mensual a las monjas Catalinas.

El hogar de Brown era un modelo de familia cristiana. Murió en esta misma fe, asistido por el famoso sacerdote irlandés, el Padre Fahy. Con el práctico a bordo, pronto cambiaremos de fondeadero, José. Le dijo a su amigo Azopardo después de la comunión.

Azopardo, héroe sin tacha, tributaba a su vez invariable devoción a una imagen de María que trajera de Cádiz.

* * *

Así podríamos seguir recorriendo con orgullo las semblanzas de los grandes de la Patria: Saavedra, Díaz Vélez, Balcarce, Las Heras, Lamadrid, Arenales, Avellaneda, Rivadavia, Mitre, Estrada…

Héroes Militares y Civiles que junto a los abnegados hombres de la Iglesia (recordemos a los 11 sacerdotes signatarios del Acta de la Independencia del 9 de julio de 1816 –Acta que hará eterno honor a su memoria, mientras el nombre argentino no desaparezca de la tierra, exclama Mitre– a los Capellanes que acompañaron los ejércitos liberadores, a los fundadores de nuestras Universidades, y a los que, continuando la evangelización de los misioneros, sembraron nuestro suelo de iglesias, escuelas y obras de asistencia) forman todos la pléyade de Patriotas que hicieron nacer y crecer cristiana a la Argentina, hija de la madre España y en ella del Occidente Cristiano.

¡Dios nos libre de renegar de tal estirpe! Porque ahora, cuando la gran guerra del mundo, por encima de todas las luchas subalternas, es la guerra total del anticristo y su nuevo orden mundial, su comunismo y su new age, contra el Cristianismo, solo una férrea juventud que sea fiel a la Fe de Nuestros Padres, podrá mantener en la Patria la unidad de la fe y defender al tope su Bandera.

En un parlamento europeo un diputado cristiano pronunció las siguientes palabras dirigidas a los comunistas: Yo tenía 10 hijos. La mayor, que era toda mi ilusión, ha muerto. Pero yo espero verla nuevamente. No hago otra cosa que esperar. Mas cuando pienso que vuestra doctrina comunista enseña que entre los huesos de mi hija muerta que espera la resurrección y la carroña de un buey no existe ninguna diferencia, entonces os digo: mientras haya hijos que mueren y padres que esperan, se revelarán contra vosotros.

Vosotros tenéis de la vida individual y social un concepto químico, ¡he ahí por qué sois desdichados! Los ácidos y las sales producen una reacción dialéctica de la vida, donde no hay lugar para el amor: he aquí la gran divergencia.

Estáis ensayando un bluff colosal, pretendiendo defender a los pobres y acusándonos de que defendemos a los ricos…

Pero permitidme que os diga con todo el sentimiento y la amargura posible, que vosotros no amáis ni a los ricos ni a los pobres. ¡Vosotros no amáis a nadie!

Los que dicen que el cristianismo es una ilusión, sepan que si es así, entonces es una ilusión mejor que la suya.

América Cristiana, Argentina Cristiana, tiene una misión para salvar al mundo en esta gran cruzada.

Que junto a la Comunión, que es el Pan de los fuertes, no nos falte la Virgen: con esos dos bastiones seremos invencibles.

Precisamente, refiriéndose al Santuario de la Virgen de Luján, Patrona de nuestra Patria, dijo Pío XII: “… al estar en aquellas espaciosas naves, al ver las banderas que Belgrano ganó en Salta o la espada que San Martín blandió en el Perú; al leer los mármoles que recuerdan la solemne coronación de 1887 –la primera América– o el reconocimiento de su patrocinio sobre las tierras del Plata en 1930; al subir a aquel camarín, tan rico como devoto, sólo entonces, nos pareció que habíamos llegado al fondo del alma grande del pueblo argentino.

¡Viva la Patria!
Fuente: Compendio «El Soldado de Cristo». Vicario Castrense para las Fuerzas Armadas de la Nación Argentina – Año 1982

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