La fascinación de Oriente

HONGOS

Al filo de los setenta años, Claude Lévi-Strauss (Bruselas 1908 – París 2009), el más mitológico de los antropólogos del siglo XX, realizó la primera de las varias visitas que haría a Japón y comenzó así a cumplir el sueño de conocer un país que lo atraía desde niño, cuando coleccionaba estampas e intentaba en vano descifrar su caligrafía.

La otra cara de la Luna apenas disimula esa emoción y despliega un amplio conocimiento de la historia japonesa, si bien su autor se disculpa todo el tiempo por carecer de especialización e ignorar el idioma. Su objetivo principal implica una operación compleja: volver menos exótica para nosotros la cultura de la isla sobre el Pacífico pero sin suprimir su peculiaridad. Lévi-Strauss intenta resaltar el parentesco de esa cultura con aquellas situadas al otro lado del océano, las prehistóricas de América, sobre las que era un experto, así como también destacar los vínculos que la unen a la cultura griega clásica e incluso identificar ciertos paralelismos entre Japón y Francia.

El autor no cesa de subrayar toda una serie de contactos entre los mitos del continente americano y los de Japón (u otras regiones y países, como Indonesia, por ejemplo). ¿Hay entonces mitos universales? La cuestión ronda las reflexiones de Lévi-Strauss, quien parece inclinarse menos por la especulación a la que esa pregunta daría lugar que a compilar datos históricos sobre posibles vínculos entre grupos humanos localizados en áreas todavía hoy tan distantes entre sí. Los relatos no sólo se trasladan por el espacio, también lo hacen a través del tiempo. Durante sus visitas, Lévi-Strauss escuchó narraciones en sitios apartados de Japón que reproducían episodios similares a los contados por Heródoto o que parecían tomados de la Odisea de Homero. El antropólogo se muestra fascinado por el hallazgo de estas conexiones no sólo entre Oriente y Occidente sino entre el presente y el pasado.

Menos humanistas y más estrechas parecen las simetrías geográficas que traza entre Japón y Francia. Ambos países, asegura, se encuentran ante un vasto océano, enfrentados a las lejanas costas de EE.UU. A Francia la baña el Atlántico y mira hacia Occidente; Japón navega en el Pacífico y mira hacia Oriente. Los dos países se ubican en los extremos de sus respectivos continentes: Asia y Europa. La naturalidad con que las observaciones geográficas de Lévi-Strauss pasan por alto al extremo ibérico son muy propias de los franceses de su generación, para quienes esa península era casi una estribación de Africa del Norte. El gran pasado imperial de España o Portugal resultaba ya remoto para ellos, y su última aparición histórica digna de mención de la zona había sido la Guerra Civil española, que la volvió súbita, aunque apenas episódicamente, de nuevo europea. En las conferencias pronunciadas en Japón que componen este libro se repiten una y otra vez las comparaciones entre ese país y el del autor; en ocasiones resultan triviales, pero muchas veces logran deslumbrar por sus detalles y situarse a la altura del inmenso prestigio. La cultura japonesa se caracteriza por el predominio de la invención, la concisión y la economía de medios, una especie de tonalidad cultural (pero no lingüística), la resistencia a la mezcla tanto en la música como en la cocina. Francia, en contraste, y como escribe sin modestia (ni precisión) Lévi-Strauss, “ha llevado tal vez más lejos que ningún otro pueblo el don del análisis y la crítica sistemática en el orden de las ideas”. Cabe derivar de estas palabras que, de tanto mirar hacia las costas americanas a través del inmenso Atlántico, Francia pareciera olvidar a sus quizá menos amables, pero no menos analíticos, vecinos del otro lado del Rin.

Como sea, desde mediados del siglo XIX, según sostiene Lévi-Strauss, París fue el centro de difusión a lo largo de Europa de la moda conocida como “japonismo”. Rousseau ya había admitido los privilegios de la cultura japonesa por sobre cualquier otra oriental; Balzac, más tarde, prefirió el arte que generaba a las “invenciones grotescas de la China”. Estas señales de atracción e interés, así como los paralelismos geográficos, encuentran, sin embargo, límites precisos a un nivel más profundo. El mayor contraste entre Oriente y Occidente es filosófico.

La posición del sujeto en ambos ámbitos culturales difiere radicalmente, argumenta Lévi-Strauss. Mientras que para la filosofía occidental, en particular para la moderna, el sujeto constituye una referencia esencial para justificar la vida social y económica tanto como para explicar nuestro conocimiento del mundo; Oriente prefirió rechazar esa centralidad y la consideró una mera ilusión. Del mismo modo, Oriente sospechaba del discurso, al que no valoraba como un posible reflejo fiel de la realidad, tal como lo hacía desde sus orígenes la ciencia occidental. Oriente se inclina por la autoridad de la intuición y la experiencia.

¿Persiste alguno de estos típicos contrastes culturales entre ambas mitades del mundo bajo la globalización? ¿Sigue siendo Japón tan indiferente a la idea de sujeto? ¿Continúa libre de las mediaciones sobre la experiencia y el conocimiento que impone la razón argumentativa en Occidente? Al menos en parte, es posible que, para este maestro de las mitologías, Japón no hubiera dejado de ser un mito personal embellecido con el paso del tiempo, siempre remoto y atractivo.

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