La experiencia de la compasión

HONGOS

Todas las grandes religiones dan mucha importancia a la compasión. Ya se trate de la parábola del buen samaritano del cristianismo, de los “trece atributos de la compasión” del judaísmo o de la afirmación de Buda de que “nuestra práctica consiste en amar la bondad y la compasión”, la empatía con el sufrimiento de los demás se considera una virtud especial que tiene el poder de cambiar el mundo. El Dalai Lama expresa a menudo esta idea y sostiene que las experiencias individuales de compasión se irradian hacia fuera y aumentan la armonía para todos.

Como psicólogo social interesado en los sentimientos, hace mucho que me pregunto si esta comprensión espiritual de la compasión es también científicamente cierta. Desde el punto de vista empírico, ¿la experiencia de la compasión hacia una persona afecta nuestras acciones y actitudes hacia otras? De ser así, ¿hay medidas prácticas que podamos tomar para seguir cultivando ese sentimiento? Hace poco, mis colegas y yo llevamos a cabo experimentos que dieron una respuesta positiva a ambas preguntas.

En un experimento, publicado en el Journal of Experimental Social Psychology, reclutamos voluntarios para que tomaran parte en un estudio que en apariencia se refería a la relación de la capacidad matemática con la percepción del gusto pero que, en realidad, era un estudio de cómo la experiencia de la compasión afecta nuestro comportamiento.

A un participante real y a dos cómplices (que secretamente trabajaban para nosotros) se les dijo que tenían cuatro minutos para resolver tantos problemas matemáticos como pudieran de una lista de veinte y que recibirían 50 centavos por cada uno que resolvieran correctamente. La cantidad promedio de problemas resueltos fue de cuatro. Al terminarse el tiempo, el investigador se acercó a cada persona para preguntarle cuántos problemas había resuelto, pagarle la suma acordada y hacer que la persona introdujera su trabajo en una trituradora.

La situación estaba arreglada para que el investigador se quedara sin dinero antes de pagarle a la última persona, Dan, uno de los cómplices. Mientras el investigador iba a buscar más dinero, Dan introdujo su trabajo en la trituradora a la vista de todos. Cuando el investigador volvió, Dan le dijo que había completado los veinte problemas y que había destruido su trabajo para ahorrar tiempo. El investigador le pagó los 10 dólares que le correspondían. Pero era evidente para todos que Dan había hecho trampa. (También había una variante “de control” en la que Dan no hacía trampa.) Después, todos pasaron a la fase de “percepción del gusto”. En ella, los participantes preparaban muestras de sabores que debían probar los demás. A los participantes reales les tocaba preparar la muestra de Dan. Esta muestra les exigía verter una salsa muy picante en un pequeño vaso. Se les hizo creer que todo el contenido del vasito sería colocado en la boca de Dan. ¿Qué hicieron? Los que vieron a Dan hacer trampa pusieron más salsa picante en el vaso que los que no presenciaron la trampa. Actuaban deliberadamente para causarle dolor.

¿Pero qué hay de la compasión? En una tercera variante, Dan hacía trampa pero, antes de preparar las muestras de sabores, la otra cómplice, Hannah, comenzaba a sollozar. Hacía poco se había enterado de que su hermano tenía una enfermedad terminal, decía. Los participantes y Dan continuaban como antes, aunque con resultados muy diferentes: los participantes que habían visto a Dan hacer trampa no colocaron más salsa picante que los que no lo habían presenciado. Antes de preparar las muestras de sabores, también habíamos dado a los participantes un cuestionario sobre sus sentimientos de ese momento. El grado de compasión que sentían predecía directamente la cantidad de salsa picante de menos que sirvieron a Dan.

Al parecer, el Dalai Lama tiene razón: la experiencia de la compasión hacia un solo individuo moldea nuestras acciones para con los demás.

En otro estudio, publicado en la revista Emotion, realizamos un experimento que en apariencia buscaba estudiar la percepción de la música pero que, en realidad, investigaba cómo pueden aumentarse los sentimientos de compasión. Nuestro presentimiento era que es más fácil sentir compasión cuando uno tiene cosas en común con otra persona. Entonces agrupamos a los participantes en equipos de dos: un participante real y un cómplice. Primero, debían tocar sensores con las manos según los tonos que oían a través de auriculares. En algunos casos, los tonos los llevaban a tocar los sensores en sincronía; en otros casos, los tonos los llevaban a tocar los sensores de un modo descoordinado.

A continuación, hicimos que los participantes observaran cómo su compañero era engañado por otro cómplice, lo que determinaba que al compañero se le asignara erróneamente la tarea de completar una serie de complicados ejercicios con palabras. Cuando se retiraban, se les informaba que, si lo deseaban, podían ayudar a sus compañeros a completar el trabajo que se les había asignado. Los resultados fueron sorprendentes: el simple acto de tocar los sensores en sincronía con otra persona hacía que los participantes informaran tener sentimientos más parecidos a los de sus compañeros y más compasión por sus dificultades.

Lo que indican estos resultados es que la compasión que sentimos por los demás no es sólo función de lo que les ocurre: si nuestra mente traza una asociación entre una víctima y nosotros, la compasión que sentimos por su sufrimiento se amplifica.

¿Qué significa esto en lo que hace a cultivar la compasión en la sociedad? Significa que la adhesión a máximas religiosas o filosóficas (meditación, plegaria o educación moral), aunque es valiosa y capaz de producir efectos, no es el único camino. La mayor compasión por el prójimo puede surgir, por ejemplo, de algo tan simple como alentarnos a pensar en él como habitué del mismo restaurante en lugar de como miembro de una etnia diferente. Aprender a recategorizar mentalmente a los demás teniendo en cuenta las cosas que tenemos en común generaría más empatía entre todos y promovería la armonía social sin demasiado esfuerzo.

© The New York Times, 2012. Traducción de Elisa Carnelli.

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