La educación de los aztecas

inguna cosa, dice el Padre Acosta, me ha admirado más ni parecido más digna de alabanza y memoria que el cuidado y orden que en criar a sus hijos tenían los antiguos mexicanos. En efecto, difícilmente se hallará nación que, en tiempos de su gentilidad, haya puesto mayor diligencia en este artículo de la mayor importancia para el estado.» (1)

Y Soustelle:

«Es admirable que en esa época y en ese continente, un pueblo índígena de América haya practicado la educación obligatoria para todos, y que no hubiera un solo niño mexicano del siglo XVI, cualquiera que fuese su origen social, que estuviera privado de escuela.» (2)

La educación comenzaba al nacer el niño, que era recibido con serios discursos y prometido por sus padres a alguna de las dos casas de formación: el Tepochcalli (3) o el Calmécac (4), siendo éste el centro de educación superior. La elección de uno u otro dependía de la voluntad de los padres, guíados por los consejos del sacerdote que leía los horóscopos de la fecha del nacimiento del niño, y, aunque el Calmécac era el destino habitual de la aristocracia, no era exclusivo, sino un colegio abierto a todos. Había colegios separados para hombres y mujeres.

«Cuando un niño nacía [..] sus padres [..] lo prometían como un don, y lo llevaban al Calmécac para que llegara a ser sacerdote, o al Tepochcalli para que fuera un guerrero.» (5)

La educación en ambos era, como dijimos, severísima, al grado de no excluir la pena de muerte para los incorregibles. Se esperaba de los alumnos que fuesen «como piedras preciosas», y, por tanto, «labrados y agujerados», como le advertía el padre a su hijo antes de entrar:

«Oye lo que has de hacer, que es barrer y coger las barreduras, y aderezar las cosas que están en la casa; haste de levantar de mañana, velarás de noche; lo que te fuese mandado harás, y el oficio que te dieren tomarás; y cuando fuere menester saltar, o correr, para hacer algo, hacerlo has; andarás con ligereza, no seas perezoso, no serás pesado, lo que te mandaren una vez, hazlo luego; cuando te llamaren una sola vez, irás luego con ligereza y corriendo, no esperes a que te llamen dos veces; aunque no te llamen a tí, vé a donde llaman luego corriendo, y harás de presto lo que te mandaren hacer, y lo que sabes que quieres que se haga, hazlo tú.»

«Mira, hijo, que no vas a ser honrado, no a ser obedecido y estimado; has de ser humilde y menospreciado y abatido; y si tu cuerpo cobrare brío y soberbia, castígale y humíllale, mira que no te acuerdes de cosa carnal. ¡Oh desventurado de tí, si por ventura adquieras dentro de tí algunos pensamientos malos o sucios! Perderás los merecimientos y las mercedes que Dios te hiciere […] Nota lo que has de hacer, que es cortar cada día espinas de maguey para hacer penitencia, y ramos para enramar los altares; y también habéis de hacer sacar sangre de vuestro cuerpo […] y bañaros de noche, aunque haga mucho frío. Mira que no te hartes de comida, sé templado, ama y ejercita la abstinencia y ayuno […] No te cubras ni uses de mucha ropa; endurézcase tu cuerpo con el frío, porque a la verdad que vas a hacer penitencia, y vas a demandar mercedes a nuestro Señor, y vas procurar sus riquezas, y a meter mano en sus cofres…»

«Y también, hijo mío, has de tener mucho cuidado de entender los libros de nuestro Señor: allégate a los sabios y hábiles y de buen ingenio […] Muchas otras cosas te serán dichas y oirás allá donde vas, porque es casa donde se aprenden muchas cosas, y con esto que te digo, juntarás lo que allá oyeres, que es la doctrina de los viejos […] ¡Oh hijo mío muy amado! Tiempo es de que vayas a aquella casa, donde estás prometido…» (6).

La diferencia entre un colegio y otro podríamos ponerla en lo intelectual. El Tepochcalli miraba más a la formación práctica, para la guerra y el trabajo; el Calmécac más a la académica. Los del Tepochcalli, por ejemplo:

«… siendo ya hábil para la pelea, llevábanle y cargábanle las rodelas, para que las llevase a cuestas […] Iban todos juntos a trabajar dondequiera que tenían obra, a hacer barro, o paredes, maizal, o zanja o acequia […] y traer leña a cuestas de los montes…» (7)

En el Calmécac, en cambio, sin descuidar la guerra se atendía más al estudio:

«Tenían ayos maestros prelados que les enseñaban y ejercitaban en todo género de artes militares, eclesiástics y mecánicas y de astrología por el conocimiento de las estrellas, de todo lo cual tenían grandes y hermosos libros de pinturas y caracteres de todas estas artes por donde las enseñaban. Tenían también libros de su ley y doctrina a su modo por donde los enseñaban, de donde hasta que doctos y hábiles no los dejasen salir sino ya hombres…» (8).

Los profesores de ambos establecimientos se ve que tenían un concepto muy «moderno» de la pedagogía, de un respeto muy conciente al plan de Dios manifestado en la personalidad individual de sus alumnos y de que su papel era ser instrumentos de El en su formación. Cuando los padres, al llevar al chico, les hacían una formal petición y presentacion, con toda la humildad y modestia de la buena etiqueta indígena, ellos contestaban:

«Tenemos en mucha merced haber oído vuestra plática o razonamiento. No somos nosotros a quienes háceis esta plática [..] la hacéis al señor Dios […] él es a quien habláis y a él dáis y ofrecéis a vuestro hijo [..] y nosotros en su nombre lo recibimos; él sabe lo que tiene por bien hacer de él. Nosotros, indignos siervos caducos, esperamos lo que será y lo que tendrá por bien hacer a vuestro hijo […] ignoramos los dones que le fueron dados […] Deseamos y rogamos que le sean dadas las riquezas de nuestro señor Dios; deseamos que en esta casa se manifiesten y salgan a la luz […] No os podemos decir con certidumbre esto será o esto hará […] Nosotros haremos lo que es nuestro (deber) que es criarlo y adoctrinarlo como padres y madres; no podemos por cierto entrar en él, dentro de él, y ponerle nuestro corazón; tampoco vosotros podréis hacer esto, aunque sois padres. Lo que resta es que no os descuidéis en encomendarle a Dios con oraciones y lágrimas, para que nos declare su voluntad.» (9).

¡Un Rector moderno de Seminario, «Optatam totius» en mano, no podría expresarse mejor! El ideal que pretendía esa formación no era, pues, imponer «un corazón» al educando, sino ayudarlo a formar el propio lo mejor posible. A desarrollar al máximo -diríamos nosotros- su personalidad y sus talentos, dentro del austero esquema de dominio y autocontrol que eran sus metas:

«El hombre maduro:
un corazón firme como la piedra,
un rostro sabio,
dueño de una cara, un corazón.
hábil y compasivo.» (10)

PREGUNTA DEL J. DELEGADO: -¿Tenían de veras todos acceso a la educación, aun las clases más bajas?

-Según las fuentes, sí, Monseñor. Más aun, Torquemada menciona que era obligatoria:

«… todos los padres en general tenían cuidado, según se dice, de enviar a sus hijos a estas escuelas […] y eran obligados a ello.» (11)

Desde luego, cabe mencionar que no había una sola escuela: cada pueblo tenía una o varias, y las ciudades grandes, muchas:

«… cada parroquia -informa Sahagún- tenía quince o diez casas de tepochcalli.» (12).

También viene al caso explicar que el concepto de «clases sociales» no era el mismo entre los indígenas que entre los españoles, o ni siquiera el mismo que entre los indígenas después de la instalación de los españoles. Había, por supuesto, clases, y muy acentuadamente marcadas, pero simultánenamente existía una gran movilidad entre ellas, pudiendo subir un inferior y caer un superior en base a sus méritos o deméritos personales. No existía aún el prurito de la «pureza de sangre», que es tan típicamente español.

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