La economía cubana: ¿reinventando el socialismo?

ras el triunfo de la Revolución, la alianza entre Cuba y el bloque de países liderado por la extinta Unión Soviética empujó a la economía cubana a la adopción del denominado socialismo real. Así, y durante tres décadas, Cuba funcionó conforme a este modelo económico, un modelo cuyos parámetros de funcionamiento básico fueron la propiedad social de los medios de producción y la utilización de la Planificación como mecanismo de asignación de los recursos.

 

El proceso de desintegración de la URSS a finales de los ochenta, la crisis económica en que Cuba queda sumergida así como las reformas con las que dicha crisis se enfrentó, marcan sin embargo un punto de inflexión y obligan a una reinvención del socialismo cubano. Nace de esta manera un socialismo singular que, a modo de una economía mixta, incorpora espacios de mercado y permite la participación de formas de propiedad distintas de la social.

En el transcurso de esta última década, no obstante, son muchos los que han vaticinado (no sin ciertos intereses) que el ajuste que la economía cubana necesita para hacer frente a los problemas que hoy enfrenta, lleva ineludiblemente a su colapso. Para quienes defienden esta tesis, el socialismo cubano no podrá seguir reinventándose a sí mismo. La única salida posible será su sustitución por un nuevo capitalismo, un capitalismo cuya reinstauración satisfará, sin duda alguna, a todos los que pretenden impulsar la denominada transición cubana.

Durante los últimos dos años, las conjeturas respecto a estas cuestiones se han disparado. A ello ha contribuido, por un lado, la delegación provisional de poderes de Fidel Castro el 31 de julio de 2006 y, por el otro lado, su pleno relevo como presidente de los dos máximos órganos de gobierno (los Consejos de Estado y de Ministros) por parte de Raúl Castro, según emanó de la votación celebrada en la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP), el pasado 24 de febrero.

Al hilo de dichas conjeturas, y en este nuevo marco de gobierno, las preguntas no dejan de sucederse: sin Fidel formalmente al mando, ¿se inicia una nueva etapa en Cuba? ¿Hasta qué punto habrá cambios económicos? ¿Tomando qué referentes: China, Vietnam… o ajustes con particular acento cubano? ¿Podrá todo ello ser compatible con la preservación de un sistema socialista? No hay respuestas nítidas a cada una de estas cuestiones, pero sí claves con las que hacerse una idea de hacia dónde va la Cuba que lucha por mantener su esencia revolucionaria.

La economía cubana: luces y sombras

La desintegración del bloque de países socialistas liderado por la extinta Unión Soviética a finales de los ochenta supuso para Cuba la pérdida del 85 por ciento de sus nexos comerciales y financieros con el exterior. El impacto de esa pérdida fue demoledor. En apenas cuatro años, Cuba se sumergió en una crisis sin precedentes: las exportaciones cayeron un 47 por ciento, las importaciones más de un 70 por ciento, y el PIB un 35 por ciento. Como respuesta a esta situación, el Gobierno articuló un proceso de reformas realmente singular cuyos tres objetivos básicos fueron: la reinserción de Cuba en la economía internacional (fundamentalmente a través del turismo y la inversión extranjera); la recuperación del crecimiento; y la preservación de las conquistas sociales de la Revolución (principalmente, la provisión gratuita y universal de educación y salud a toda la población).

Los resultados de dicha reforma fueron parcialmente exitosos. Así, la economía cubana goza hoy de un intercambio comercial fluido con cerca de un centenar de países; ha recuperado la dinámica de crecimiento que su economía requería (no fue hasta el año 2006 cuando consiguió recuperar la producción perdida entre 1989 y 1993; pero en el año 2007 Cuba creció -según reconoce la Comisión Económica para América Latina (CEPAL)- a un más que notable 7,5 por ciento); y ha logrado mantener, aun con cierto deterioro, parte de los mejores indicadores sociales de la región.

Estos éxitos se empañaron, sin embargo, con enormes contradicciones. Las principales emanan de la circulación de dos monedas, peso cubano y peso convertible, cuya tasa de cambio se mantiene estable en torno a veinticuatro/uno. La coexistencia de dos monedas deriva, a su vez, en una doble disociación que dificulta la vida cotidiana de los cubanos: una primera disociación entre formación e ingresos (los más cualificados y los que más aportan a la economía y a la sociedad son los que menos ingresos reciben); una segunda entre ingresos y consumo (resumida popularmente en un «el salario no alcanza»). Ambas derivan a su vez en una incipiente desigualdad e, implícitamente, en pobreza, aún así, a niveles muy inferiores a los registrados por otros países, incluyendo a Chile, paradigma del neoliberalismo en América Latina.

La crisis económica internacional ha agravado el impacto de estas «sombras». En este sentido, la vida cotidiana de los cubanos también se ha visto afectada por el exponencial aumento de los precios del combustible y de los alimentos. Los efectos del encarecimiento del petróleo se han podido paliar, parcialmente, gracias, por un lado, al incremento de la producción nacional de crudo y, por el otro lado, a las innegables ventajas que en este ámbito ofrece la alianza político-económica con Venezuela y con su presidente Hugo Chávez. El freno al aumento del precio de los alimentos se ha convertido, sin embargo, en el principal reto del nuevo Gobierno. Un Gobierno que enfrenta la esquizofrénica situación de tener que importar el 85 por ciento de los alimentos y hacer frente a una factura que, sólo en 2007, supera los 2.000 millones de dólares (900 millones más que en 2006), mientras asume que el 50 por ciento de las tierras fértiles de Cuba se mantiene sin cultivar.

Diagnóstico y respuesta

Hasta finales de 2005 todos estos problemas se asociaron, por un lado, a las contradicciones de la Reforma y, por el otro lado, a las dificultades que emanaban del persistente embargo estadounidense, cuyas pérdidas ascendían ya a más de 80.000 millones de dólares. Pero en su discurso de finales de noviembre de 2005 en la Universidad de La Habana, Fidel Castro añadió un nuevo factor explicativo al porqué de esa situación: en una inusual crítica al sistema socialista, convirtió a la ineficiencia de la economía cubana en el gran problema a batir.

En este mismo sentido, el nuevo presidente de Cuba, Raúl Castro, ha tomado el testigo de Fidel y ha situado la recuperación de la eficiencia de la economía cubana en el eje central de todos sus discursos. Conforme a ello, y en los discursos más emblemáticos pronunciados entre los «26 de julio» de 2007 y 2008, el nuevo jefe de Estado ha desgranado con crudeza las causas de los problemas que hoy sufre la economía nacional. Asimismo, ha anunciado parte de las medidas con las que enfrentar dichas causas, y ha abierto un debate sobre cómo afecta todo ello al socialismo en el que durante 5 décadas se ha enmarcado el funcionamiento diario de la economía cubana.

Así, y en términos del propio presidente, la recuperación de la eficiencia económica va a depender de un «ajuste en un marco socialista». A través de este ajuste, el Gobierno busca un paquete de medidas que le permita generar la siguiente secuencia: aumento de la eficiencia; dotación de contenido, o revaluación, a/de la moneda nacional; fin de la dualidad monetaria; y correcciones en los sistemas salariales y de precios. Como resultado último, un sistema productivo más eficiente y una relación ingreso-consumo que mejore el bienestar de la población.

Tal y como ya se ha advertido repetidas veces, éste no será un camino fácil. Las medidas sólo se implementarán cuando se tenga una visión integral de los posibles resultados: recurriendo a la metáfora del ajedrez a la que parece que se han aficionado tanto Fidel como Raúl, no se dará un movimiento sin que se haya visualizado la secuencia de movimientos posterior. Y es que, en términos del nuevo presidente, mantener dichas medidas en un marco socialista abre en Cuba discusiones de concepto que no son menores. En este sentido, la pregunta que muchos se formulan es: ¿qué implica, en un escenario de ajustes, preservar el socialismo? Y a ello también han respondido las máximas autoridades cubanas. Por un lado, mantener el bienestar de la población y los logros sociales de la Revolución como objetivo del sistema económico. Por el otro lado, preservar el sistema político unipartidista sobre el que se ha construido la institucionalidad revolucionaria. La novedad radica en la admisión de posibles cambios en los mecanismos y las vías sobre los que construir el socialismo: dicho de otra forma, se contempla la posibilidad de que la Planificación ceda espacio al Mercado como mecanismo de asignación, y de que la propiedad social de los medios de producción ceda espacio a una propiedad, si más no, cercana a la privada.

Medidas adoptadas

Las medidas que se han ido adoptando en los últimos meses pueden agruparse en dos grandes bloques. Como se señalará, cada paquete de medidas responde a una lógica distinta. El primero, integrado por aquellas medidas que han permitido, por ejemplo, la libre adquisición de algunos bienes de consumo (DVD, celulares o electrodomésticos, entre otros) se refieren, en realidad y tal y como sugieren las declaraciones de un cubano a un medio de comunicación extranjero, a medidas «que permiten gastar más, pero no ganar más». En este sentido, el Estado (en una lógica muy acorde a la reforma de mediados de los noventa) busca captar parte del circulante de la economía (se estima que los cubanos guardan «bajo los colchones» el equivalente a unos mil millones de dólares), para poder con ello disponer de un dinero que puede ser reasignado a consumo social o inversión, según las necesidades del conjunto de la economía.

Por su parte, las medidas que pueden efectivamente llevar a una mejora de la eficiencia del sistema productivo y del bienestar de la población (modificaciones en el sistema de estímulos salariales, revalorización de las pensiones, nueva Ley de la Seguridad Social o replanteamiento del papel de la libreta de racionamiento, entre otros), son todavía puntuales y están inspiradas en lo que antes se haya podido ensayar en dos ámbitos: el Ministerio de las Fuerzas Armadas (sobre cuyo conglomerado de empresas se aplican medidas -«con resultados exitosos», según el propio Raúl- desde principios de los noventa) y el sector agropecuario, hoy en profunda transformación.

En efecto, las experiencias impulsadas en los últimos meses en el ámbito agropecuario sirven de referente para el ajuste a impulsar en el conjunto de la economía. Las ineficiencias del modelo agropecuario, manifestadas en el insuficiente aprovechamiento de las tierras fértiles, la incapacidad de la producción nacional de cubrir las necesidades internas y la consecuentemente elevada factura que el país paga por importar alimentos, han empezado a ser enfrentadas con medidas que han afectado desde el sistema de estímulos a los agricultores a la mejora de la lógica de comercialización, pasando por la puesta en marcha de nuevas fórmulas de tenencia de la tierra.

¿Socialismo «a la china» o socialismo del siglo XXI?

En síntesis, se impone en Cuba un escenario de continuidad, con ajuste económico pero sin cambio político. Su referente más cercano serían las experiencias china y vietnamita, pero con una importante salvedad: el esfuerzo, en el caso cubano, por preservar los logros sociales de la Revolución y mantener así un sistema social a años luz del conseguido en esos dos países asiáticos. Un sistema social que debe seguir siendo seña de identidad de una Cuba que, aun reinventada, se mantenga como referente para todos los que, en pleno siglo XXI, seguimos defendiendo un mundo de mayor justicia social.

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