La deuda de la almohada

El martes 21 de octubre de 1879 finalmente cantamos victoria. Tras unos largos doscientos mil años de lucha, el ser humano domó a la noche. La conquistó. Ahora nadie lo celebra con el mismo desparpajo con el que se festeja un mundial de fútbol hace décadas ganado, pero ese día, entre microscopios, tornos, taladros y tres mil curiosos apretujados en un laboratorio ubicado en la ciudad de Menlo Park, Estados Unidos, la luz aplacó a la oscuridad. Durante 48 horas ininterrumpidas, una lamparita eléctrica incandescente se burló de la naturaleza: resplandeció con furia e hizo que la noche pareciera día. La noticia del invento de Thomas Edison –ni por asomo el primero en su tipo, aunque sí el más mediático– causó tanta conmoción que hizo caer en picada las acciones de las compañías de alumbrado de gas de entonces.

Toda época tiene sus estandartes tecnológicos, artefactos que se coronan gracias a sus promesas de felicidad y confort mientras en silencio esconden sus grietas y efectos nocivos. El tren conectó regiones distantes, dio a luz a la industria del turismo e instaló a la vez la obsesión por el movimiento y la ansiedad que precede a cada viaje. Las primeras máquinas de escribir –que multiplicaron las palabras e industrializaron las ideas– fueron comercializadas por la misma compañía que producía escopetas, rifles y balas, Remington. En el caso de la lamparita eléctrica, por un lado extendió un nuevo sistema nervioso a lo largo del planeta –el tendido eléctrico– y, por el otro, provocó una de las mayores perturbaciones en nuestra historia biológica como especie. “De alguna manera eliminó la noche –señala el médico Daniel Cardinali, investigador superior del Conicet y director del Departamento de docencia e investigación de la Facultad de Ciencias Médicas de la UCA–. Con la luz eléctrica, generamos una mutación en nuestro medioambiente a la que rápidamente nos adaptamos. Y esta nueva realidad alteró nuestros ritmos biológicos. Abrió la puerta a toda clase de trastornos del sueño. Edison provocó una ‘cronodisrupción’. Hoy dormimos tres horas menos que en la época de este inventor estadounidense”.

A pesar de abarcar una tercera parte de nuestras vidas y de haber sido abordado por poetas, pintores y biólogos, el sueño sigue siendo un gran misterio. Es un mundo al que todos entramos y que pocos comprendemos. Los antiguos griegos creían que alguien se dormía cuando el cerebro se llenaba de sangre. Cuando se despertaba, volvía a vaciarse. Durante siglos, dormir fue la experiencia más cercana a la muerte. El árbol genealógico de la mitología griega así lo establece: Hipnos, el dios del sueño, era el hermano gemelo de Tánatos, el dios de la muerte.

Hasta mediados del siglo XX, muchos científicos pensaban que durante el sueño el cerebro se apagaba, se ponía en pausa. O sea, lo consideraban un fenómeno pasivo. En los 50, el descubrimiento del movimiento rápido de ojos –aquel que caracteriza a la fase de sueño más profunda, en la que el cerebro está tan activo como cuando estamos despiertos y que le dio nombre a la banda R.E.M.– barrió con esa idea. Los investigadores comenzaron a considerarlo, más bien, un proceso complejo y con etapas y ciclos bien definidos, que afecta a cada rincón de nuestras vidas y sociedades. Cómo dormimos tiene más impacto e importancia que lo que comemos, cuánta plata ganamos y qué ropa vestimos.

“Nuestra biología está preparada para salir a cazar y para irnos a dormir cuando se pone el sol –advierte Daniel Vigo, médico, investigador del Conicet y uno de los organizadores de la Primera semana de hábitos de sueño saludable en Buenos Aires (www.semanadelsueño.com.ar)–. Hoy, en cambio, vivimos en una sociedad de 24 horas para la que no estamos biológicamente diseñados. El sueño, además, tiene que ver con la vida y con la muerte: el derrame de petróleo del Exxon Valdez en 1989 y el accidente nuclear de Chernobyl de 1986 estuvieron causados, entre otros factores, por casos de fatiga, como ocurre en miles de accidentes de tránsito y en profesiones demandantes como la de médicos residentes y choferes de larga distancia. No le damos al sueño el valor que se merece.” Como pocos artefactos lo hicieron, la lamparita impulsó la extinción de costumbres milenarias y las exilió al olvido. Con el invento de Edison, el atardecer dejó de implicar el fin de nuestra vida social. Más bien, marcó el comienzo de ella. La noche se despojó de sus asociaciones ligadas al miedo y al peligro. Y en el medio, la electricidad nos domesticó de tal manera que cambiamos incluso la forma de dormir. Como cuenta el historiador Roger Ekirch en su libro At Day’s close: Night in the past , hasta hace 200 años las personas solían dormir en dos tramos. Tenían un “primer sueño” – dead sleep en la literatura medieval inglesa o comcubia nocte – y luego un “segundo sueño” o morning sleep . Entre uno y otro, algunos leían, escribían, rezaban y meditaban en las que para muchos eran las horas más relajadas de sus vidas. Un manual médico francés del siglo XVI aconsejaba tener sexo en esa pausa, cuando “se disfruta más y se hace mejor”. Hasta Cervantes lo describió en 1615: “Cumplió Don Quijote con la naturaleza durmiendo el primer sueño, sin dar lugar al segundo, bien al revés de Sancho, que nunca tuvo segundo, porque le duraba el sueño desde la noche hasta la mañana, en que se mostraba su buena complexión y pocos cuidados”.

Sin embargo, como cuenta David K. Randall en su reciente Dreamland: adventures in the strange science of sleep , ya para 1920 la idea de un primer y segundo sueño había sido borrada de nuestros hábitos y recuerdos.

Hoy el escenario es distinto. Vivimos en una época en la que posponemos el dormir, desoímos al hipocampo –aquel director de orquesta dentro de nuestro cerebro que nos dice cuándo dormir y cuándo estar despiertos– en una especie de autoboicot biológico, pese a que los fisiólogos –aquellos que recomiendan las siestas reparadoras– nos recuerdan que el sueño es el service de la memoria, cuando baja la presión y se libera la hormona de crecimiento.

Haber creado una sociedad de 24 horas, dice Cardinali, nos indujo a un jet-lag social, a una somnolencia generalizada en una población más predispuesta a casi cien trastornos del sueño (insomnio, sonambulismo, narcolepsia) que afectan nuestro desempeño, aminoran nuestra concentración, reducen la memoria y la capacidad de tomar decisiones y a la larga provocan la aparición de enfermedades cardiovasculares, depresión y alteraciones en el sistema inmune. Y que, sobre todo, minan nuestra cordura. Porque, como alguna vez escribió Aldous Huxley, “que no seamos más locos y enfermos de lo que somos se debe exclusivamente a la mayor bendición de todas las gracias naturales, dormir”.

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