La depresión: un nuevo humor negro

HONGOS

Hoy los seres humanos han llevado tan adelante su dominio sobre las fuerzas de la naturaleza que con su auxilio les resultará fácil exterminarse unos a otros, hasta el último hombre. Ellos lo saben; de allí buena parte de la inquietud contemporánea, de su infelicidad, de su talante angustiado.

Sigmund Freud

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Nunca sabía de dónde venía y probaba de todo para sacudírmela de encima, pero nada funcionaba.

¿Qué probabas?

Bueno, probaba todo eso, todos los antidepresivos que había antes del Prozac: el Demerol, la desipramina, los inhibidores de la MAO.

¿El Valium? ¿Las morfinas?

No, morfina no. Eso habría sido mortal. Pero probaba de todo, hasta el Zoloft y el Wellbutrin. Probaba todo lo que tenían. La mayoría de esas sustancias hacían que me sintiera peor que antes.

De modo que sos un experto en esos productos farmacéuticos cuando se trata de la depresión.

Creo que sí. Pero nada funcionaba.

Leonard Cohen

 

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Hace poco más de un mes, la Organización Mundial de la Salud (OMS) hizo públicas las cifras sobre la cantidad de personas afectadas por alguna forma de la depresión en los 194 países donde ese instituto tiene sedes y se supone mide y evalúa el estado de la población, en este caso, de su salud mental. Las cifras resultan alarmantes: 350 millones de personasdeprimidas sobre un total de 7 mil, con las consecuencias que ese dato tiene para la estabilidad del lazo social, la economía, la demografía y el supuesto de que en el futuro, eldolor de vivir, si no desaparecería, al menos, gracias a los avances de la farmacología, estaría herido de muerte.

Por el contrario, todo parece indicar que hay una involución causada por una multiplicidad de factores entre los que no deberían descartarse los “errores” en los diagnósticos, los intereses electorales en juego y una concepción de la biopolítica como dispositivo de homogeneización masiva y operador de una devolución de los sujetos, acobardados, individualizados y vigilados, al universo de la producción.

En la provincia de Santa Fe, a la depresión le ha seguido el autismo, que por una ley provincial, apoyada por todos los bloques, primero se intentó ahogar el tratamiento de los autistas por medio del psicoanálisis y después, por el esfuerzo de analistas de esa provincia y el apoyo incondicional de Jacques-Alain Miller y Judith Miller, se logró levantar la tapia (que incluía como definición de ese modo de ser la propuesta por el DSM) a un sistema más abierto, de acuerdo a los casos. Sin embargo, eso no quiere decir que el poder de lobby de la industria farmacológica y de los cognitivistas haya cedido sino que se ha redoblado, pero con menos esperanza de un “triunfo” en todo el frente y que continúa. Esa discusión, idéntica o muy similar, es la que se está librando en Francia.

El psicoanalista francés Eric Laurent –que en unos días más llegará a la Argentina–, conversó con Ñ digital desde París. “La depresión de la cual habla la OMS es una enfermedad nueva producida como tal en la encrucijada entre diversas extensiones semánticas. La primera es la compresión de una serie de trastornos, y la segunda, la integración completa con las indicaciones farmacológicas”.

-¿Cómo entender eso?
-Fácil: las enfermedades, antes distinguidas cualitativamente, ahora lo son cuantitativamente (grado de gravedad del trastorno). Esto produce el mismo efecto de los llamados espectros del autismo, una extensión sin límite asignable por decreto epidemiológico (tipo DSM).

“Por eso la integración con la industria farmacéutica gracias al manejo de los ECR (ensayos clínicos randomizados) –es decir, asignar, aleatoriamente, a los participantes en un ensayo a dos o más grupos de tratamiento o de control–, permite promover también una extensión de la depresión sin límites claramente definidos (por ejemplo, la tentativa del DSMV de introducir la prescripción a un nivel infraclínico).

“La tercera es la extensión global de las categorías a través de metáforas que permiten introducir la depresión en culturas que no tenían a su disposición la descripción de esastimmung (atmósfera). El ejemplo clásico es Japón, donde el marketing produjo la metáforacatarro del alma.

“Pero estas tres extensiones no explican todo porque existe un gusto y un temor a desear; en otras palabras: resistir la presión identificatoria por una depresión implica un modo de rechazo que puede ir hasta la forclusión.

“Y como las mujeres padecen depresión tres veces más que los hombres, y ahora se hacen escuchar, el conjunto  forma parte de la feminización del mundo”.

 

Ahora bien, ¿qué se quiere decir cuando se dice depresión?

El psicoanalista Gerardo Arenas es claro. “Efectivamente, las cifras son alarmantes en algún sentido. Según creo haber leído (en ese informe o en uno similar), el número de deprimidos sólo es superado por el de enfermos cardíacos. El gran desafío es cómo leer esas cifras, y qué hacer con ellas”.

“En primer lugar, es necesario preguntarse qué criterios se toman para clasificar a 350 millones de personas bajo una misma etiqueta. La disolución de la clínica clásica (con sus finos y delicados matices diagnósticos), más su remplazo por cuestionarios estandarizados en función de manuales (los DSM y similares), han erradicado del mapa las precisas nociones de melancolía y locura maníaco-depresiva (dos padecimientos de muy baja incidencia en la población); y se han sustituido por la noción de bipolaridad (una categoría más amplia y, por ende, capaz de incluir muchos más casos), y finalmente han producido el grueso pseudoconcepto depresión, tan desdibujado y amplio que, más que un diagnóstico debería considerarse una bolsa de gatos. Es difícil saber si la enorme cifra informada por la OMS se debe a que hay cada vez más gente deprimida o cada vez menos psiquiatras clínicos”, ironiza sobre un fondo tenebroso.

Y continúa. “En segundo lugar, los criterios empleados son tan amplios, arbitrarios y difusos, que cabe incluso preguntarse si en todos los casos así catalogados estamos hablando de una verdadera enfermedad (que, además, debería ser tratada y, si todo va bien, curada). Según la OMS, la depresión ‘se caracteriza por la presencia de tristeza, pérdida de interés o placer, sentimientos de culpa o falta de autoestima, trastornos del sueño o del apetito, sensación de cansancio y falta de concentración’.

“Ahora bien, supongamos uno de los españoles desalojados tras la ruptura de la burbuja inmobiliaria. Perdió el trabajo y por eso perdió su casa, sus ahorros, y además contrajo una enorme deuda con el banco, que no tiene cómo pagar. Es muy probable que se sienta triste, que pierda el interés por las cosas, que no sienta placer, que se culpes por haber querido comprar una propiedad o que su autoestima se haya ido a pique por no haber podido pagarla o por no tener empleo, y que eso le quite el sueño, el apetito, lo canse y no le permita concentrarse. Pero según la OMS, no tiene la reacción más lógica y humana que pueda pensarse frente a la iniquidad del mercado financiero en connivencia con el gobierno de turno, sino que en verdad… está enfermo, y su enfermedad se llama depresión.

“Hay más de un millón de españoles en esas circunstancias, y no quiero pensar en cuáles serán las cifras en el resto del mundo. Lo que sí vale la pena pensar es cuántos de los 350 millones de deprimidos (según la OMS) están en la misma situación que estos. ¿Será necesario pensar que si te pasa todo esto es porque estás enfermo, deprimido, y que entonces bueno sería que te recetaran alguna pastillita contra la depresión, o más bien deberíamos pensar que si esto no te sucede se debe a que eres extraterrestre o no corre sangre por tus venas?

“Obviamente, la OMS considera que es una enfermedad, ya que en caso contrario no tendría el descaro de hablar de epidemia, y no dudo que muchos de los hombres y mujeres sustituidos por un número que los representa dentro de esos 350 millones deben de tener algún síntoma que merezca atención y tratamiento. Pero es imposible saber cuántos.

 

Si las mujeres se deprimen tres veces más que los hombres, son objeto privilegiado de la llamada violencia de género y existe cierto aire de época donde el sujeto masculino parece estar de más, suena pertinente escuchar a una mujer, psicoanalista y argentina, Gabriela Grinbaum.

“Es un hecho que la depresión es un signo de la época. Por un lado lo vinculo a la exigencia posmoderna: hay que pasarla bien y todo el tiempo, lo que se vuelve para el sujeto un ideal inalcanzable y esto puede conducir a estados depresivos.

“En un mundo en el que se manifiesta el desengaño, el cinismo pulula, los valores están devaluados, allí donde reina el imperativo del amo que exige gozar, se entiende que los sujetos se depriman.

“Y es bien cierto que el discurso actual no quiere a la depresión ya que ella va a contrapelo de la producción y eso ha venido como anillo al dedo a la industria de los laboratorios que reinventan la píldora de la felicidad cada día.

Pero, siempre hay un pero.

“Encuentro –dice la especialista– que el aumento de la depresión, en particular entre las mujeres, se debe a la falta de amor. Nadie en este mundo desconoce que el amor es la mejor de las píldoras de la felicidad; el amor es entonces el tratamiento natural de la tristeza. Y en tanto que ser amada, para la mujer, equivale a adquirir un ser, ser algo para alguien, el amor es lo que funciona como efecto antidepresivo en las mujeres, pero sabemos que no ocurre todos los días.

“Pero cuando el amor se produce y la depresión se reduce, existe el riesgo del desencanto y las consecuencias van desde el duelo más extremo, la pérdida de las ganas de vivir hasta las peores cobardías morales.

Es que no existen cláusulas ni aseguradoras ni garantías que sostengan al amor ni al deseo en un mundo estragado por el individualismo que se disfraza de ecumenismo o nuevo humanismo, semblante de concilio que estos días se escucha como fracasa, estrepitosamente, en Medio Oriente.

Psicoanalista y especialista también en las consecuencias subjetivas de las enfermedades de transmisión sexual, Carlos Gustavo Motta se orienta en la misma dirección: “la OMS dice que la depresión es el mal de la época; y el panorama continuará empeorando. El mal de Saturno existe con esa denominación desde la antigüedad, tal como lo han referido Raimond Klibansky, Erwin Panofsky y Fritz Saxl en Saturno y la melancolía. La escuela francesa, a partir de 1854, describió una patología que llamó folie circulaire o folie a double forme, donde los pacientes experimentaban de forma alternativa estados de depresión con estados de manía.

“Atrapados en un vacío y divorciados del deseo, el trastorno resultó en una época el peor de los pecados. Ese sentimiento de tocar fondo representaba nada más y nada menos que un corte entre el sentido y un vacío de sentido.

Robert Burton en Anatomía de la melancolía, al contrario que la nueva propedéutica, afirma que no existe un remedio universal para este mal.

Motta: “este desgaste de sentido se intensifica de acuerdo a la estructura psíquica singular teniendo un carácter insoportable en las variables del ánimo. El concepto de Big Felicidadpropuesto por la industria farmacológica nunca esclarece de entrada los efectos adversos de una medicación. La promesa de transitar por un parque de diversiones no incluye que allí mismo nos encontremos con la pequeña Tiendita del Horror (fundante) de cada uno. Este comentario admite además que en algunos casos el recurso de los antidepresivos puede revelarse eficaz y hasta permite ser coadyuvante al tratamiento analítico (el buen uso del medicamento que le dicen)”.

Pero “la propuesta cognitivista que entiende como ventaja en el tratamiento de la depresión el desarrollo del pensamiento lógico que asegura la mejor forma de confrontarse a los obstáculos proponiendo así cambiar las creencias y pensamientos depresores, a decir verdad, no dista en nada del psicoanálisis, que brinda el método de la asociación libre asegurando así la máxima introspección”.

Porque “la depresión resulta extranjera para uno mismo. Y es probable que un proyecto construido en relación al deseo ubique un límite a un vacío insostenible dando paso a un vacío necesario. Contingencia posible indiferente al tiempo, algo así sostenía Oscar Wilde cuando señalaba que las desgracias que podemos soportar vienen del exterior y por eso se consideran accidentes. Pero cuando se sufre por las propias faltas ahí se encuentra el tormento de la vida”.

La joven psicoanalista Luján Iuale, sin perder de vista el informe, sitúa la cuestión en coordenadas más clásicas: “la depresión se ha constituido en uno de los nombres del malestar en la cultura, y como tantos otros, ha proliferado. Y uno de los problemas centrales es que como todo lo que de pronto se hace masivo, tiende a perder especificidad”, dice.

“Suele nombrarse como depresión a una serie de afectos de lo más diversos: tristeza, angustia, desgano, desazón, falta de interés por la vida, insatisfacción, entre otros. Esto hace que el famoso estoy deprimido se disemine con rapidez. Claro que muchas veces no es el propio sujeto el que se nombra, sino el agente de salud que sanciona el usted está deprimido”.

“Bajo este manto poco piadoso se suele perder de vista que estar triste por una pérdida no es estar deprimido. La tristeza es indicio de afectación. ¿Alguien se imagina una vida sin afectos, sin sensaciones, sin sentimientos? Y por otro lado ¿qué hacemos con lo que sentimos? ¿Le damos lugar, lo acallamos, lo rechazamos como si no existiese? Creo que como sociedad tenemos que proponernos una interrogación rigurosa de lo que es para el ser hablante encontrarle un sentido a la vida, antes que cerrar la cuestión en términos psicopatológicos”.

¿Aclarar más? Oscurecería.-

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