La decisión de Benedicto y sus raíces históricas

El lunes 11 de febrero se conoció mundialmente el anuncio de la renuncia del papa Benedicto XVI al pontificado. La declaración la leyó el mismo pontífice ante los cardenales convocados al Consistorio Ordinario Público para tres causas de canonización celebrado en el Vaticano el día anterior.

El motivo de la dimisión que dejará vacante la sede romana el 28 de febrero a las 20 horas es de naturaleza tanto física como espiritual: “Por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino… en el mundo de hoy… es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu”. Palabras escuetas, pero elocuentes. El servicio papal necesita la vigencia simultánea de la potencia psicosomática y la del espíritu, cuyo poder le da aliento. Se trata de una renuncia espontánea y responsable, por más que sorpresiva e insólita, porque hay que retrotraerse en seiscientos años en la historia de Occidente para asistir a un fenómeno parecido, aunque de diferentes características.

Cinco abdicaciones

En el año 1415 el papa Gregorio XII depuso su cargo, pero fue en el período del Gran Cisma de Occidente (1378-1417) durante el que se registran nombramientos paralelos de papas y antipapas. Gregorio XII –cuyo nombre era en realidad Angelo Correr– aceptó la designación como un recurso para lograr la unidad del papado. Si Benedicto XIII –el Papa de Avignon– aceptaba apartarse de su cargo o fallecía él se comprometía a resignar la sede de Roma, para que fuese nombrado un nuevo y único papa de la cristiandad. Lo anticipado sucedió en el Concilio de Constanza en 1417 cuando los cardenales asistentes depusieron a los antipapas Juan XXIII y Benedicto XIII, aceptaron la abdicación de Gregorio XII y eligieron a Martín V. En el siglo XI se tiene noticia de otros dos casos, notables por su irregularidad intrínseca: el de Benedicto XV de vida públicamente desordenada que es excomulgado y abdica en 1032 y el de su sobrino Gregorio VI al que había legado su sede. Acusado de simonía por beneficios otorgados a parientes, admite retirarse por indigno en 1046.

En el siglo III se registra la primera abdicación de un papa, la de San Ponciano (230-235) por una causa de fuerza mayor, por su deportación a Cerdeña por Maximino Tracio, junto con el pretendiente Hipólito. Allí murieron ambos.

Pero el ejemplo más interesante en relación con esta crónica pertenece al siglo XIII y es el de San Celestino V, Pedro Angeleri de Murrone, el eremita del Monte Morrone. Desde aquí se trasladó con dos compañeros a una cueva de la montaña Maiella en la región de los Abruzos, en donde fundó la Orden de los Celestinos. Convocado al pontificado contra su voluntad y gracias a la popularidad de sus virtudes de ermitaño, al ser electo fijó su sede en Nápoles, en donde entró modestamente sobre un asno. Aquí lo protegió y vigiló Carlos II de Anjou, rey de Sicilia, principal interesado y propulsor de su elevación a la silla de San Pedro. Cinco meses después, Celestino pidió que lo liberaran de la pesada responsabilidad por considerarse sin preparación para dirigir la Iglesia. Abdicó de su posición e intentó retornar a la vida ascética.

Diez días después fue elegido papa el cardenal Benedicto Caetano con el nombre de Bonifacio VIII, quien fijó nuevamente su sede en Roma y reconociendo su impopularidad y por miedo a la reacción de la multitud, ordenó a Celestino que lo acompañara. Este huyó en el trayecto y se escondió en su antigua celda del Monte Morrone, proyectando huir a Grecia, pero acosado por Bonifacio, fue apresado y encarcelado en la torre del castillo de Fumone. Falleció por una infección el 19 de mayo de 1296. El 5 de mayo de 1313, a menos de veinte años de su muerte,  lo canonizó Clemente V a instancias de Felipe IV de Francia como confesor y no como mártir, que es lo que pretendía el monarca en venganza contra Bonifacio VIII.

Pietro Angeleri, con larga fama de asceta, taumaturgo y fundador de fraternidades mendicantes, impulsado al encargo pontificio por el sueño del siglo XIII de un “papa ángel” que renovaría el pontificado, en el corto e incompetente ejercicio de su papado, dominado por la nostalgia de la espiritualidad anacorética, le escapaba a las obligaciones del cargo, sembró de privilegios a las órdenes de las que era familiar y fue presa de las influencias del rey Carlos II. Pero decidió crear un jubileo especial, conocido como “Perdón de Celestino V”, que se mantiene y que se celebra anualmente en agosto en la basílica de Santa María di Collemaggio, en el Aquila. Aquí concurrió Benedicto XVI en dos oportunidades después del terremoto del Aquila de abril del 2009 a honrar las reliquias del santo adhiriendo al sentimiento de San Celestino por el retiro del mundo. No habría que desechar este indicio sugestivo como tampoco las palabras del libro-entrevista de Peter Seewald, Luz del mundo, donde señala: “Si no se está en condiciones físicas, psicológicas y mentales para desarrollar el encargo (se) tiene el derecho y en ciertas circunstancias también el deber de renunciar”. Aunque debe tenerse en cuenta que si Celestino V angustiado por la urgencia de abandonar el cargo consultó para su abdicación voluntaria a un canonista célebre de la época, al mencionado Benedicto Caetano, el que le aseguró erróneamente que había antecedentes que la posibilitaban, generando una situación confusa, que concluyó con la elección papal del asesor en Castel Nuevo de Nápoles con el apoyo de la familia Colonna –la que posteriormente lo desautorizaría al desconocer la validez de la abdicación de su antecesor, agravada por las consecuencias desafortunadas de haber seguido su consejo–, en la actualidad el Código de Derecho Canónigo es preciso sobre la posibilidad de renuncia papal: “Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie”. (art. 332, inc. 2).

La renuncia 
de Benedicto XVI

Lo que se debe advertir sobre la declinación del cargo por Benedicto XVI, es que se trata de un hecho de doble dimensión que abarca tanto un aspecto profano como otro sagrado y que ambos son inseparables. Por esto para desempeñar el cargo se necesita “vigor”, o sea, energía, actividad (érgon) operante tanto física como espiritual. La primera desfallece cuando la segunda se debilita, porque es “el espíritu el que da vida, y la carne no sirve para nada” (Evangelio de Juan 6,63). Ante el riesgo hay que preservar la acción del espíritu que alienta por canales dóciles: la contemplación y la oración. El contraste entre los últimos tiempos de Juan Pablo II y el esquema de previsión de Benedicto XVI alecciona y marca a dos personalidades de temple diverso comprometidas en la transformación de la vida de la Iglesia como protagonistas del Concilio Vaticano II.

Con la biografía y funciones de Benedicto XVI/José Ratzinger se ha impuesto entre los creyentes el sesgo del carisma intelectivo pastoral frente al carisma de la voluntad que atrae muchedumbres de Juan Pablo II. Desde el estrato del estudio y la reflexión teológica volcado en la enseñanza analítica y sistemática del dogma puesta en juego en la arena universitaria (Bonn, Münster, Tubinga y Ratisbona) y la confrontación con los enfoques intelectuales de los peritos religiosos del Concilio Vaticano II (H. U.von Balthasar, K. Rahner, H. Küng, Y. Congar, H. de Lubac, J. Daniélou), J. Ratzinger ascendió a la responsabilidad episcopal local (obispo y arzobispado de Freissig-Munich).

Desde aquí circuló durante 25 años en el espacio curial del Vaticano como Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe e imprevistamente fue elevado a la dignidad papal. Si los momentos de inicio y de madurez de su carrera lo definen en un plano de autoritarismo lúcido, fundado en el análisis y la sistematicidad de los conceptos teológicos con tímidas miradas a sus orígenes patrísticos e históricos y el rechazo directo de un naciente cristianismo revolucionario ligado desde 1968 a tendencias marxistas y socializantes –en donde interpretó inscribirse la teología de la liberación latinoamericana–, la convicción lo mantuvo por el mismo sendero intelectual en momentos subsiguientes durante los que llegó a tocar los límites del autocratismo. El cambio esencial de José Ratzinger en Benedicto XVI, empero, lo transformó e iluminó.

La brillante Introducción al cristianismo (1968) es el primer estadio, el Informe sobre la fe (1985), ilustra el segundo, y las homilías catequéticas de los miércoles dedicadas a autores de la “Patrística y Medioevo”, los tres volúmenes dedicados a Jesús de Nazaret (200-2012), junto con las tres Encíclicas magistrales dedicadas al amor, la esperanza y la economía, son signos de cambios graduales hacia la conversión interior, un proceso que ha conducido al centro de la renuncia.

Dimisión sorpresiva 

La renuncia de Benedicto XVI es un gesto de coraje religioso inédito para el presente, estriba en el desapego, que de nada necesita y así todo lo posee. Señala la autonomía de la determinación sin condicionamientos, capaz de interpretar “individualismos, rivalidades y divisiones” desde el espíritu purificado; la modestia del conductor religioso de ascendiente universal, muestra una actitud de emancipación de los poderes efímeros, un llamado de emulación para los poderosos y expresión de entrega a la espontaneidad vital del Espíritu. Sería el ideal del amor cristiano, que quiere resolver la injusticia con justicia y la violencia con mansedumbre.

Si a la difusión sin trabas de la caridad responde la apertura de las voluntades, a su enfriamiento, manifestado en la hostilidad e indiferencia al amor, responde “lo que retiene” (kat’ékhon) la posibilidad de la concentración de la iniquidad en la apostasía y el Anticristo (Epístola segunda a los Tesalonicenses). Es el testimonio del misterio del mal en la historia, que el hombre de fe respeta. El acto dimitente de Benedicto XVI refleja un giro de conversión decisivo que lo lleva del agustinismo que concibe el mal como ausencia de bien en relación con el pecado original, a la lectura activa de la experiencia satánica del Mal. Percepción realista de los acontecimientos, que levantan resistencias irreductibles a la irrupción espontánea del Espíritu, la fuente única de vida.

*Investigador Superior del CONICET, autor de “Jesús de Nazaret y los primeros cristianos”, Edit. Lumen y de “Jesús, el amor y el matrimonio”, de próxima aparición.

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