La construcción de un empresario

Por ser uno de los hombres de negocios más importantes de la Argentina, la historia de las empresas de Ernesto Tornquist ilustra el derrotero de la economía argentina a lo largo de buena parte del siglo XX.
Comenzaré este relato por el final, cuando la empresa “Ernesto Tornquist y Compañía” fue vendida, en 1974, a un grupo francés que integraban las firmas “Árbol Solo S.A.” y “Tourne S.A.”, representado por Francisco Capozzollo. A partir de entonces, la sociedad vendedora mantuvo la propiedad de la razón social, mientras la compradora habría de identificarse como “Inversiones Unidas Sociedad Anónima”. La operación comprendió la transferencia de todos los activos y pasivos de “Tornquist”, y las sociedades del antiguo holding, dedicadas principalmente a las finanzas, la industria y la construcción. Algunas de estas firmas continúan con sus actividades aún en nuestros días, como la Compañía Introductora de Buenos Aires (CIBA), conocida popularmente a través de uno de sus productos de consumo doméstico -la sal “Dos Anclas”-, o la fábrica de enlozados FERRUM. Al momento de venderse, la propiedad de la “Compañía Tornquist”, estaba mayoritariamente en manos de herederos del fundador de la empresa, en tercera o cuarta generación. La bonanza de los tiempos pretéritos sólo se expresaba en algunos bienes, como el emblemático inmueble de la firma madre, de la calle Bartolomé Mitre 559, ubicado en el centro financiero, que fuera inaugurado en 1925, durante la presidencia de Marcelo de Alvear, y declarado luego edificio histórico. Mientras otras propiedades que hacían visible el poder de antaño, como el “Plaza Hotel” de Buenos Aires, y el casco principal del establecimiento “La Ventana”, en el actual partido de Tornquist, habían sido transferidos desde tiempo atrás, por sucesivas particiones sucesorias, y en consecuencia no eran ya propiedad de la “Compañía”. Diferente había sido la suerte de otros bienes, como la residencia familiar ubicada en la esquina de Florida y Charcas, frente al “Plaza”, o la quinta “Villa Ombúes”, donde se emplaza actualmente la embajada de Alemania, en el barrio de Belgrano, de esta capital, así como otra quinta ubicada en la localidad de Tigre y el chalet de veraneo en Mar del Plata, provincia de Buenos Aires, que habían sido distribuidos entre los herederos después de la muerte de Rosa Altgelt, viuda de Ernesto. Estos espacios constituyeron ámbitos en los que la familia Tornquist había desarrollado su sociabilidad y cohesionado vínculos fraternos, componentes culturales que favorecieron la identificación con la empresa y que permitieron soportar con mayor facilidad las etapas de crisis. Esos registros materiales constituyeron símbolos del status y poder alcanzado por el empresario y continuado por sus sucesores, mediante el control de la empresa heredada, cuyos negocios se expandieron durante varias décadas. En tal sentido, es preciso remarcar que el crecimiento económico de Tornquist se inició en la década de 1880 y se consolidó con posterioridad a la crisis de 1890. Resultan para ello ilustrativos los conceptos de Estanislao Zeballos, contemporáneo y crítico de Ernesto, quien había escrito en 1903, “Desde 1880 van transcurridos veintitrés años de estabilidad política excesiva. Dos influencias han predominado casi absolutamente en la dirección suprema del país. La del general Roca en política; la del señor Tornquist en finanzas”. Esta visión corresponde a una etapa en que efectivamente Ernesto había logrado consolidar su empresa, fundando numerosas sociedades, y participando en otras mediante el control accionario. Cabe entonces preguntarnos quién era Ernesto Tornquist, organizador del que fuera uno de los principales grupos económicos de la Argentina en la primera mitad del siglo XX, cuyo apellido, de origen sueco y familia alemana, no figuraba entre aquellos extranjeros que habían realizado importantes patrimonios a partir de tempranas inversiones en tierras y actividades rurales.

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