La conmovedora visión de un taxi porteño en la Costa

Hace muchos años –y no sé por qué– me conmueve de una manera exagerada ver un taxi porteño en la prosaica costa argentina (específicamente en ese corredor de veraneo entre La Lucila y Mar de Ajó). Los taxis en la costa son lo que son y a la vez no lo son, porque no funcionan. Si uno, abultado con tejos, sillas plegables y bolsas llenas de paletas, cremas y revistas faranduleras se encuentra deseando llegar a casa tout suite, y levanta la mano para parar el taxi, este no para. Si uno va acompañado por un niño de menos de cinco años no entenderá por qué no se detiene si es, indiscutiblemente, un taxi. Pero este no para de ninguna manera. No sé cual taxi me conmueve más: el que anda vacío, sólo su chofer o –al contrario– el que parece una prototípica guagua colombiana en la cual la familia sale por el techo. En el primer caso imagino que el taxista estaba en una esquina ignota de la Gran Capital, de muy mal humor o un poco nostálgico. Acababa de llenar el tanque de su auto de combustible y algún reflejo aleatorio de luz, o un inesperado y confuso viento con olor a mar, lo condujo de golpe a proustlandia y decidió encarar para la costa. Querría ver el mar. En parte, esta imagen me atormenta porque estoy seguro de haber visto una película con esa trama, pero nunca he logrado ubicarla, ni en mi memoria ni en Internet o en un videoclub.

El taxi familiar en la Costa es menos romántico, por supuesto, pero me imagino a un hábil director haciendo una gran película en la que los personajes nunca abandonen el auto. Un relato que comenzaría cuando todos parten a sus vacaciones y terminaría con la familia saliendo del auto, desesperada, corriendo hacia el mar. Tendría que haber una abuela, por lo menos dos hijos (preferentemente una chica adolescente y un niño), un perro y, por supuesto, el chofer y su esposa. En mi mente la película sería digna de la escena del almuerzo al principio de Amarcord, de Fellini. Tal vez con algo de la persistente imaginación apocalíptica al estilo Mad Max o La carretera. Eso sí, sería una versión alegre, en la que la civilización colapsa por abandono. Los signos y las máquinas de las horrendas ciudades seguirían presentes pero vaciadas de sus viejos significados. Dejadas como recordatorios de un infierno del cual hemos sobrevivido intactos, felices, juntos y en la playa, en el campo, en los montes…

 

El cine, la política y las comunicaciones

La entrega de los Oscar ya pasó pero queda aún un comentario. Entre las obras que fueron nominadas como mejor película hay un grupo que debería verse como un tríptico. Argo, sobre la liberación, por un agente de la CIA, de diplomáticos en una crisis de rehenes en Irán en 1979. Zero Dark Thirty, sobre como las investigaciones –y tortura– de la CIA a miembros de Al Qaeda resultó en la captura de Bin Laden. Y finalmente, Lincoln, sobre los últimos cuatro meses de la gestión del décimo sexto presidente de los Estados Unidos, en los cuales se logro la décimo tercera enmienda a la constitución, en la cual se prohibió la esclavitud. Ver estas tres películas como un conjunto produce conocimientos y provoca preguntas que no emergen al ver cada una por separado. Las tres son obras políticas (y patrióticas) y tienen una función propagandística.

Cada una se jacta de tener un rigor histórico-periodístico, lo cual ya ha sido cuestionado por la prensa. Inevitablemente, hay que estudiar estas películas como casos en los cuales la industria del entretenimiento colabora en la creación de discursos políticos. Les propongo un experimento: Vean o vuelvan a verlas en su orden cronológico histórico (o sea, Lincoln, Argo y Zero dark thirty) concentrándose en el tema de las comunicaciones, con la siguiente pregunta en mente: ¿Cómo es que las tecnologías de la comunicación facilitan o entorpecen la toma de decisiones? En Lincoln los protagonistas conversan cara a cara, utilizan telégrafos o papeles manuscritos. En Argo, ambientada en 1979, no hay teléfonos celulares ni Internet. Zero Dark Thirty sucede en el pasado inmediato, con todas las tecnologías que conocemos. Sin embargo, los terroristas para escapar de la detección vuelven a formas de comunicación propias del siglo XIX. El gran mito compartido de nuestro tiempo es que el avance de la tecnología puede sanar la humanidad. Pero en este experimento no queda para nada clara esta fe contemporánea.

 

Nick Cave y una obra maestra de 8 minutos

Hay que ser guapo, pero muy guapo para escribir una canción llamada “Higgs Boson Blues”, y que salga una cosa sublime. Si me hubieran preguntado quién estaba a la altura, hubiera dicho Thom Yorke, el cerebro de Radiohead. Pero quien lo hizo fue Nick Cave. Comienza así: “No puedo recordar absolutamente nada/ Árboles de llama marcaban el camino/ No puedo recordar absolutamente nada/ Estoy conduciendo mi auto hacia Ginebra”. Lo que sigue es una obra maestra que dura 8 minutos. El disco Dis es extraño e hipnotizador. No se puede decir si es perfecto o un fracaso. Pasa con las grandes obras.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *