La casa de la Palabra, morada de la belleza

La Iglesia es “la casa de la Palabra”1, la convocación de los llamados a la familiaridad con Cristo, Palabra del Padre2. En ella se vive la vida según el Espíritu en proporción a la capacidad de hacer espacio a la Palabra3. Pero ¿cómo hacer espacio a la Palabra de Dios si hay tantas cosas aparentemente más importantes que hacer?
San Lucas esboza la arquitectura de esta casa basada en cuatro columnas, a saber: la asiduidad en la enseñanza de los apóstoles, la comunión, la fracción del pan y las oraciones (Hch 2, 42).
Esta asiduidad en el texto griego (proskartereo) hace referencia a una firmeza y perseverancia con tesón, fuerza y continuidad en el tiempo propias del sabio en la cultura griega. No es una asiduidad cualquiera, expresa una gran tenacidad frente a las contrariedades en los miembros de la comunidad-madre de Jerusalén4. A esta firmeza estamos llamados todos los bautizados para levantar estas cuatro columnas y hacer lugar a la Palabra.
De estas columnas nosotros nos vamos a centrar en las oraciones, objeto de nuestra reflexión. Éstas en la comunidad monástica se concretan especialmente en la Liturgia de las Horas y en la lectio divina que iremos desarrollando en estas líneas.

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