La carreta delante de los bueyes POR RICARDO SOCA

HONGOS

Para tomar posición sobre la iniciativa antirracista uruguaya, es preciso tener clara la función de un diccionario, que no es la de determinar qué palabras se pueden decir ni lo que deben significar, sino la de describir –con la fría objetividad con que un entomólogo lo hace con un insecto o un astrónomo con la trayectoria de un cometa– la lengua tal como es hablada en una comunidad, que puede ser tan pequeña como una provincia o tan extensa como el vasto territorio de los 450 millones de hispanohablantes. El trabajo de los lexicógrafos (especialistas en la elaboración de diccionarios) debe ser, pues, objetivo, preciso y completo, basado en el ser y no en el deber ser. Estos lingüistas tienen la obligación de describir las palabras que la gente usa y sus significados, sin dejar ninguna fuera porque sea malsonante, agraviante o grosera, de la misma manera que un manual de botánica no excluye ninguna planta porque esté considerada como una plaga.

Para indicar los vocablos prejuiciosos al lector de un diccionario, existen las marcas lexicográficas, con las que se indica, entre otras cosas, que una acepción puede ser ofensiva, vulgar o discriminatoria o simplemente de uso familiar.

El camino para combatir la discriminación no pasa, pues, por los diccionarios. Si queremos combatir los prejuicios raciales tenemos que suprimirlos de nuestras mentes, eliminarlos de nuestras sociedades, desterrarlos de nuestras actitudes, castigándolos penalmente si es preciso. Cuando eso haya ocurrido, los lexicógrafos no podrán describirlos porque ya no estarán en el lenguaje y desaparecerán de los diccionarios.

*Periodista especializado en Lingüística

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