LA CARA OCULTA DE LA TECNOLOGÍA

CIENCIA Y TECNOLOGÍA

Cualquier reflexión sobre ciencia y tecnología implica, en primer lugar, la necesidad de una definición conceptual de los términos. La ciencia es la curiosidad organizada, el saber sistemático y articulado que aspira a formular, mediante lenguajes apropiados y rigurosos, las leyes que rigen los fenómenos relativos a un determinado sector de la realidad. La tecnología es una praxis, una aplicación y una expansión de los conocimientos que proceden de la ciencia.

Ciencia y tecnología constituyen pilares de primer orden dentro de la estructura cultural, y ambas nociones conducen invariablemente hacia la evolución de la sociedad.

CARA Y CRUZ

Numerosos son los elogios que se le dirigen a la ciencia y a la tecnología desde los albores del Renacimiento a la actualidad. Se considera que sus fines son la «búsqueda de la verdad» y «servir a la humanidad». Pero, como afirma Marcel Roche, «Las cosas no son tan sencillas. La ciencia y, más directamente, la tecnología, constituye un arma de doble filo, que hay que manipular con precaución y sabiduría si se quieren utilizar sus beneficios y evitar sus excesos».

En su favor se manifiesta el aumento generalizado de la esperanza de vida, sobre todo en los países industrializados y en algunos de los llamados «del tercer mundo». También ha favorecido la alimentación y ha aumentado la productividad de las cosechas, la ganadería y la minería, el control de las enfermedades tropicales y la disminución de la mortalidad por la lucha contra las enfermedades infecciosas, la revolución de la microelectrónica, que ha provocado el aumento de la producción y la eficiencia de muchas industrias; la intercomunicación mundial, con el desarrollo de las telecomunicaciones y naves aéreas, acuáticas y terrestres; la preservación de los alimentos; el hallazgo de técnicas anticonceptivas para el control de la natalidad; la invención de nuevas formas de energía; los viajes espaciales y el establecimiento de estaciones orbitales; la construcción de satélites que permiten predecir los estados del tiempo; la realización de estudios de la superficie terrestre para el descubrimiento de recursos y un mejor uso de los mismos; y un larguísimo etcétera.

EL SUEÑO DE LA CIENCIA TAMBIÉN PRODUCE MONSTRUOS

Hablemos ahora de ciertos efectos no deseados de la ciencia y de la tecnología.

Según Roche, «la disminución de la mortalidad (…) ha provocado un aumento logarítmico de la población».(1) Así mismo, el surgimiento de polos de desarrollo ha generado la migración campo ciudad, fenómeno que ha conducido, a su vez, a la edificación de ciudades monstruosas donde una multitud se hacina para buscar bienes tecnológicos y económicos. El aumento de la productividad de la cosecha a través de la «revolución verde» ha permitido evitar muchas hambrunas, pero los beneficios económicos de esa «revolución» son desiguales, de acuerdo con una injusta distribución del poder de producción y compra en la sociedad, y además, sus efectos en la ecología natural están siendo ampliamente cuestionados, porque sus fertilizantes y biocidas están esterilizando los suelos, contaminando las aguas y el aire, haciendo desaparecer los controladores biológicos naturales y propiciando la aparición de nuevas plagas. La progresiva automatización y robotización de la actividad fabril y agro-industrial en los países industrializados ha implicado la centralización del poder económico en unas pocas manos, y el control tecnológico de las naciones no industrializadas ha incrementado el desempleo en grandes masas. La multiplicación de contactos entre culturas, propiciados por la aplicación de la ciencia y acicateados últimamente por el efecto «globalización», ha originado que muchos países comiencen a perder su identidad nacional por la influencia de las diferentes modas científico-tecnológicas promocionadas por las grandes multinacionales asentadas en los países del primer mundo. El desarrollo industrial y automovilístico contribuye al enrarecimiento del aire, y a la muerte y alteración de muchísimos ecosistemas terrestres y marinos costeros, acelerando el efecto invernadero y propiciando la agudización de la lluvia ácida, los cambios climáticos y la perforación de la capa de ozono. El avance de las comunicaciones, especialmente de la televisión, que se ideó con el propósito de ponernos al instante en contacto con los acontecimientos locales, regionales y mundiales, facilitar el sano entretenimiento y servir como medio pedagógico para la transmisión de la cultura, ha derivado en una suerte de droga que adormece y embrutece, con su carga de violencia y muerte, pornografía y manipulación capaz de hacer desaparecer los hermosos instantes de soledad que todo individuo necesita para comprenderse y crecer.

EL MERCADO DE LA GUERRA

La investigación ha acelerado el desarrollo de armas convencionales, biológicas y químicas. Aproximadamente el 50% de todos los científicos y tecnólogos del mundo se ocupan de estos menesteres, y gracias a ellos y a las gestiones del poder político la Humanidad posee al fin los medios para autodestruirse. Naciones de diversos grados de desarrollo destinan más de 900.000 millones de dólares al año a la compra y producción de armamentos.

La energía nuclear ha sido desviada, primero hacia la producción de bombas atómicas simples, y más tarde hacia la creación de misiles, los cuales tienen tal poder destructivo que harían palidecer a las lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki en el año 1945.

La ingeniería genética se ha orientado hacia la producción de bacterias, hongos, virus y toxinas de alta letalidad, cuyos efectos no pueden ser fácilmente combatidos, y que pueden llegar a afectar a grandes conglomerados de población. De su seno emergieron los agentes biológicos conocidos como botulina y ántrax, sólo por mencionar los más venenosos, en opinión de los expertos. La botulina es tan mortal que sólo ocho onzas distribuidas uniformemente bastarían para exterminar toda la población mundial en cuestión de días. El ántrax es una bacteria que con sus toxinas quema y ampolla los revestimientos pulmonares. En unos dos días la persona muere por sangramiento, con la piel ennegrecida y llena de ampollas por dentro y por fuera.

Las investigaciones químicas han derivado en la producción de las llamadas «armas químicas» como el gas nervioso, el gas mostaza, el gas de oxima fosgeno, el fosgeno y el cianuro. Todos ellos destinados a afectar el sistema nervioso, las vías respiratorias, los ojos, la boca, la garganta y la piel.

El prodigioso crecimiento tecnológico que condujo al hombre a la luna ha inducido a la posibilidad de militarizar el espacio por el descubrimiento, en la física cuántica, de los rayos láser, los infrarrojos y los rayos de haces de alta energía.

En este desvío un tanto paranoide de la ciencia ha jugado un papel importante la visión positiva de la neutralidad valorativa en el proceso investigativo, en su producto y en su uso, basado en el principio de que la ciencia es neutral, y el científico es libre de vender el producto de su mente y su creatividad a una industria bélica, que a su vez produce un arma letal de la que se desprende comercialmente, desinteresándose por completo del empleo que se le pueda dar. El científico es sólo un creador y el hombre de negocios es sólo un comerciante. Por su parte el político respeta las reglas de juego del «libre mercado». Se asume así una conducta inconsciente en la que nadie tiene ni quiere tener control sobre el proceso de producción globalmente considerado y se pierde la noción del límite.

HACIA UNA NUEVA TECNOLOGÍA

Como una manera de evitar los efectos indeseados de la ciencia y la tecnología, urge la necesidad tanto a los «hacedores» como a los «aplicadores» de una nueva ciencia donde se construya desde un ideal más humano y trascendente, capaz de comprender que tienen un rol que desempeñar y una responsabilidad que asumir muy importantes en la evolución de la humanidad.

Esta nueva ciencia debe estar amparada por criterios atemporales y ser también metahistórica, como propuso Jorge Ángel Livraga: «Una ciencia sin prejuicios, sin locos orgullos epocales y que exija a quienes quieran practicarla una solvencia moral y espiritual y una independencia de los poderes del día que no puedan forzarles a utilizar lo que saben, o a dejarlo utilizar para cualquier fin que favorezca lo que está de moda». (2) Eso es lo que añoramos los que de alguna manera hemos despertado una chispa de conciencia».

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