La batalla de Guadalete

En 711, el ejército visigodo del rey Rodrigo fue vencido en Guadalete por un gran contingente árabe.

En el año 711, un ejército bereber cruzó el estrecho de Gibraltar y libró una batalla decisiva contra el rey visigodo, Rodrigo. La traición de parte de la nobleza goda dio la victoria a las tropas islámicas. Hay personajes en la historia de los que conocemos pocas cosas, pero las suficientes como para constatar que protagonizaron un trágico destino. Uno de ellos es el rey visigodo Rodrigo. De él apenas sabemos que debió de pertenecer a alguna de las principales familias del reino y que ejerció cierta autoridad en el sur de la Península, concretamente en Córdoba, donde es posible que tuviera un palacio. Rodrigo protagonizó un golpe de Estado después de la muerte del rey Witiza en el año 710, lo que le permitió asumir la corona con el apoyo de un sector de la aristocracia del reino. El golpe supuso el desplazamiento de los hijos y los partidarios del rey difunto en un ambiente de luchas de poder. Sin tiempo de extender su autoridad, Rodrigo sólo emitió algunas monedas de oro en Toledo y Egitania (Idanha a-Velha, Portugal) en las que podía leerse «En el nombre de Dios, Rodrigo rey» y se adivinaba la efigie del nuevo monarca tocado con una corona. Diez años más tarde, y después de que Rodrigo fuera derrotado y muerto en la batalla de Guadalete, el califa de Damasco ordenó construir en torno al 720 un pequeño palacete de recreo llamado Qusayr Amra, a unos ochenta kilómetros al este de Ammán, la actual capital de Jordania. Este palacete alberga un extraordinario conjunto de pinturas murales que representan escenas de caza, bailarinas y estrellas, sin parangón en el arte islámico posterior. En uno de esos frescos aparece una gran figura sentada, posiblemente el propio califa –que en el momento de la conquista era al-Walid I–, ante el cual se presentan varios personajes, hoy en día apenas visibles, pero a los que una inscripción escrita en árabe y en griego identifica como el emperador bizantino, el soberano persa, el monarca etíope y el mismísimo Rodrigo. Por encima de estas figuras aparece la palabra griega Niké, «Victoria», lo que hace pensar que aquí se quiso mostrar a los soberanos sometidos por los ejércitos árabes. Pero la figura de Rodrigo no sólo se representó en un lugar perdido del desierto jordano a más de seis mil kilómetros de Toledo. También alimentó buen número de leyendas árabes cuyo origen posiblemente fue Egipto, y que reflejaban el deslumbramiento producido por el remoto país que ahora se conocía como al-Andalus. Con la conquista de Hispania culminó en Occidente la fulgurante expansión árabe iniciada tras la muerte del profeta Mahoma, en 632. En apenas diez años, los ejércitos de los califas (los sucesores del Profeta al frente de la comunidad musulmana) se habían hecho con todo el Próximo Oriente hasta Egipto. En el resto del norte de África la resistencia, en cambio, fue feroz. Las tropas árabes sufrieron aquí las más severas derrotas que habían conocido hasta entonces. Fueron necesarias siete décadas de guerra para doblegar tanto a los representantes del Imperio bizantino que quedaban en la zona como a las tribus bereberes que dominaban un territorio semidesértico, que se extendía hasta los confines atlánticos. Cuando esa resistencia se apagó, Ceuta, que hasta entonces había sido un enclave bizantino, quedó a merced de los conquistadores. En el 711, Tariq Ibn Ziyad -con toda probabilidad un bereber- cruzó el estrecho de Gibraltar, ocupó la bahía de Algeciras y venció a Rodrigo en el río Guadalete. Tariq y su superior, Musa, gobernador del norte de África, chocaron por el botín obtenido y el papel de cada uno en la conquista.

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