La Antigüedad tardía y la crisis del siglo III

 

La Antigüedad tardía como período de transición lenta entre el mundo clásico y el medieval. La crisis del siglo III desencadenante y reflejo de los cambios.

 

La crisis del siglo III viene a ser la “marca” que diferencia a la Antigüedad clásica de la Antigüedad tardía, a su vez, la Antigüedad tardía es un periodo de transición entre el mundo clásico y el medieval.

 

El concepto de transición se entenderá aquí como el paso de una época a otra. Y esa transición se contemplará en el más amplio sentido de la palabra, esto es, contemplando lo social, lo mental, lo político, lo económico, lo religioso y todos aquellos factores que van evolucionando y permiten detectar los cambios que dan paso desde la Antigüedad clásica a la Antigüedad tardía y, desde ésta, a la Alta Edad Media propiamente dicha.

 

Ese paso se entiende como un paso “lento” y evolutivo, y en cierto modo se considera que, a través de ese período, la antigüedad se “desliza” hacia la época medieval.

 

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La crisis del siglo III y la decadencia del Bajo Imperio

 

La importante crisis que atraviesa el mundo romano tras la muerte de Cómodo y la desaparición del régimen que F.G. Meier define como el “absolutismo ilustrado del imperio adoptivo» (F.G. Meier “Las transformaciones del mundo mediterráneo. Siglos III-VIII”, página 22). La crisis del siglo III no puede entenderse, únicamente, como una crisis económica, pese a la profunda depresión que llevará pareja y que formará parte del contexto de la crisis, es algo más que eso: es una crisis social, es una crisis religiosa –aunque éste, tal vez, no sea el aspecto más importante ni decisivo de la crisis- y, sobre todo, es una crisis política.

 

Durante el siglo III no falla solamente el sistema del absolutismo ilustrado del imperio electivo, falla también el sistema de la pura y dura monarquía o “dictadura” militar, al derrumbarse este modelo con el fin de la dinastía de los Severo, es a partir de entonces cuando se produce realmente la auténtica crisis del siglo III.

 

Desde ese momento ya no hay una monarquía de corte militar pero más o menos estable, lo que hay es lo que se ha definido acertadamente como un período de anarquía militar, que se limita a seguir el principio de “imperatorem facit exercitus”, pero no el del que el jefe del ejército sea el emperador. Es decir, lo que sucede, es que el emperador no es quién controla al ejército sino el ejército quién controla el emperador.

 

Los mecanismos de la crisis

 

Realmente, en cuanto desencadenante de la crisis político ¿la crisis económica tiene aquí el papel determinante? o ¿es la crisis institucional la que determina la crisis política? Lo cierto es que la crisis económica esta mucho más vinculada a la crisis social –la brutal separación que se va produciendo entre “honestiores” y “humiliores”- y actúa mucho más sobre ésta que lo que puede influir sobre la crisis política.

 

 

A su vez, la crisis económica esta vinculada en gran medida a una crisis de crecimiento del Imperio o, más bien, al fin del crecimiento en lo territorial y en lo económico del mismo. Tampoco es ajena al crecimiento del gasto militar defensivo.

 

Baste recordar el papel importantísimo que las conquistas territoriales, y la explotación económica de las mismas, tenían para la economía del Imperio. Cuando cesan las conquistas exteriores y lo conquistado pasa a integrarse plenamente en el Imperio, a éste no le queda más remedio que explotarse a sí mismo. Dicho de otra manera, ha de buscar su propio modelo de economía sostenible, pero en lugar de eso traslada el modelo de explotación de lo conquistado a su propio interior, y, de ahí, también esa crisis social y esa radical división entre “honestiores” y “humiliores”.

 

Y es en ese plano donde la crisis social y económica se interaccionan con lo político. Lo que se traducirá en el aspecto militar del paso de una política exterior ofensiva a una defensiva y, después, a una lucha por la propia existencia. Esas interacciones negativas repercutirán en el orden externo –menor capacidad de hacer frente a las presiones exteriores- y en el interno –la crisis institucional del sistema-.

 

El resultado de todo el proceso anterior es que las dos crisis que actúan al mismo tiempo (la socio-económica y la política externa-interna) no hacen otra cosa que agravarse mutuamente y, en virtud de su interactuación, influirse mutuamente en un proceso de causa/efecto de la una sobre la otra.

 

Las mentalidades y lo religioso

 

Naturalmente, este panorama, no podía dejar de incidir en el plano de las mentalidades y de lo religioso de la población -como tampoco podía dejar de hacerlo otro factor no mencionado: la crisis demográfica-, citando en este aspecto a Ramón Teja:

 

“Por otra parte, la crisis económica, política y militar que caracteriza el siglo III, con el hundimiento de la escala de valores que se basaba en la cultura greco-romana, proporciona un ambiente favorable a la difusión de las nuevas religiones, que prometen, frente a los males de este mundo, una salvación y una vida feliz ultraterrena. El cristianismo se va convirtiendo así en una religión de masas y en muchas ciudades orientales comienza a ser mayoritaria”.

 

(Ramón Teja, “El cristianismo primitivo en la sociedad romana”, página 25)

 

De este modo, la crisis del siglo III, favorece también la formación o la aceleración de un cambio en lo religioso –no exento de un profundo desasosiego, en lo mental, hacia las expectativas que representa el mundo material, y, por tanto, de una actitud pesimista, muy justificada por la realidad imperante para la mayoría de la población, ante la vida- y la configuración de ese cambio hacia el predominio del cristianismo como un fenómeno muy vinculado al mundo urbano.

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