Kurdistán: escenas de la vida política de un país inexistente

HONGOS

En la sede del Partido por la Paz y la Democracia de Gaziantep no cabe un alfiler. Han dividido el local en dos partes. A la derecha, las mujeres. A la izquierda, los hombres. La mayoría son mayores, algunos incluso muy mayores. Ellas llevan trajes tradicionales, tatuajes en las barbillas, pañuelos coloridos y están sentadas en el suelo, muy juntas unas de otras. De vez en cuando gritan al estilo tradicional, más bien parecen ulular, chasquean sus lenguas y hacen el signo de la victoria. En el otro lado de la habitación, sentados también en el suelo y cubiertos por sus kefias, los hombres se reclinan sobre unos cojines. Las kefias llevan los colores del pueblo kurdo: rojo, amarillo y verde, como los pañuelos de las mujeres. También ellos hacen el signo de la victoria, fuman sus cigarrillos, toman chai, el imprescindible té turco.

Entre todos, procuro caminar por el breve espacio sin tapizar del suelo, esquivando zapatos, en equilibrio sobre una pasarela por la que caminan también políticos de toda ideología. De pronto, alguien reparte camisetas blancas con una leyenda en negro: huelga de hambre. Porque todos los presentes son kurdos y la escena se ha repetido por todo el país durante semanas. Son padres, hermanos, o tan sólo simpatizantes de presos kurdos encarcelados por sus lazos con el PKK, el partido de los trabajadores, o tan sólo porque el gobierno lo sospecha, y eso es suficiente para pasar años en prisión. Decidían, a pesar de su edad, secundar una huelga de hambre simbólica de dos días como apoyo a los suyos.

Hace casi setenta días, Faysal Kirilyidiz pasó a la trágica historia de los kurdos cuando decidió declararse en huelga de hambre en la prisión de Mardin, al sur de la Anatolia. Pedía el reconocimiento de la lengua kurda en las universidades y en los tribunales pero también el fin del aislamiento del preso kurdo más conocido, Abdullah Ocalan, el líder de la guerrilla del PKK. El ejemplo de Faysal cundió entre los presos de su etnia: primero unos cuantos, más tarde unas decenas, luego cientos, para terminar en una huelga de hambre de diez mil presos, hombres y mujeres, en la mayor protesta de este tipo que se recuerde.

Faysal, el pionero, cumplía sesenta y siete días sin comer y estaba al borde de la muerte cuando Ocalan desde el aislamiento de su celda de castigo, donde lleva incomunicado del resto del mundo nada menos que cuatrocientos días, ordenó el fin de la protesta. Los abuelos que languidecían en la sede del Partido por la Paz y la Democracia de Gaziantep, como los que protestaban en otras ciudades del inexistente Kurdistán, respondían al llamado de su líder y deponían su actitud. El gobierno turco respiraba aliviado porque una sola muerte, en plena ofensiva por entrar en la Unión Europea, hubiera devuelto a la década de los noventa, cuando el PKK y el ejército rivalizaban en crueldad y el reguero de atrocidades inició su carrera hasta la cifra de hoy: casi 40.000 muertos. Claro que la sonrisa del gobierno turco puede congelársele: Abdullah Ocalan, encarcelado desde 1999 en una prisión olvidada levantada en una isla perdida y en régimen de aislamiento, sigue, a pesar de todo, manteniendo intacta su ascendencia sobre el pueblo kurdo.

Durante los casi setenta días que ha durado la protesta, la huelga se ha repetido en 67 cárceles, ha involucrado a diez mil presos y ha salpicado toda la Anatolia de protestas que terminaban, de manera casi que habitual, en graves revueltas callejeras, con lanzamiento de piedras y cócteles molotov por parte de los revoltosos y de gases lacrimógenos y fuego real por los policías.

El presidente de Turquía, Recep Erdogan, lejos de calmar las aguas llegó a salir en la televisión asegurando que más que romper el aislamiento del que denomina enemigo de la patria turca su gobierno está barajando resucitar la pena de muerte para ejecutarlo por asesino. Así que la huelga de hambre volvió multiplicada, para repetir protestas en las puertas de universidades, en las calles de pueblos remotos y hasta en las sedes de partidos como este de la Paz y la Democracia. “Si muere algún huelguista, arderán las calles”, me decía Mehmet Turkman, líder del partido EMPE de Gaziantep, también de orientación comunista. Pero las calles ardían igualmente porque la policía evita las manifestaciones con toda la contundencia de sus tanquetas y los kurdos –acostumbrados a una lucha que dura ya treinta años– se empeñan continuamente en romper las prohibiciones y ofrecer mítines públicos y marchas ilegales que acaban, normalmente, en violentas luchas callejeras.

Conforme la huelga se alargaba, eso sí, se vivieron momentos históricos. Como aquel en el que el gobierno de Ankara dejó saber que estaban estudiando el uso del kurdo en los tribunales. Hasta hace pocos años el kurdo no existía, y no existía por ley y por decreto, porque, dice la ley, en Turquía sólo hay turcos y su único idioma es el turco. Una ley interesante que deja fuera de la legalidad a un tercio de la población. Y cualquier intento de demostrar que sí, que hay kurdos, acababa en cárcel, tortura y hasta asesinato. Muertos han caído alcaldes, concejales, parlamentarios y defensores de los derechos humanos, muertos a manos de los policías y los soldados pero también a manos de grupos de paramilitares que actuaban siniestramente por las noches. Una medida extrema que se veía acompañada de otras más ridículas, como aquel alcalde de Dogubeyazit, que fue multado por felicitar a sus vecinos el año nuevo en kurdo, o el alcalde de Diyarbakir, multado también por publicar un libro con nombres kurdos para bebés. Por no hablar de los políticos de etnia kurda que intentaban mencionar el problema kurdo en el Parlamento y terminaba atacados a puñetazos por los más conservadores.

El gobierno turco teme, sobre todas las cosas, el auge del islamismo y el de los nacionalismos porque los considera la amenaza más grave a los restos de lo que en tiempos fue uno de los mayores imperios del mundo: el Otomano. Así pues, la religión está prohibida en política, y junto a ella las referencias a minorías étnicas y lenguas y culturas que no sean la turca. Todo sea por la patria.

Como réplica, un taciturno empleado público, Abdullah Ocalan, herido su espíritu étnico y fanatizado por las lecturas de los grandes ideólogos del comunismo, inició a finales de los ochenta una guerra contra el estado turco que ha dejado, además de esos 40.000 muertos, una poderosa estructura cimentada sobre su partido, el PKK, un modelo político a imagen y semejanza de Stalin, al que incluso imitó en purgas internas que dejó miles de muertos kurdos acusados de traidores, de agentes del enemigo, de blandos, de estar en el lugar equivocado en el momento menos oportuno. Su captura en Kenia, en 1999, pareció abocar al PKK al fracaso, descabezado de un Amado Líder que manejaba con mano férrea el partido, la región y a todos los kurdos. Entre los kurdos la figura de Ocalan es sagrada, tanto como el Che Guevara, un icono que desconcertado me encuentro por doquier en la Anatolia kurda, porque Ocalan es el único que dejó a un lado las peleas dialécticas que tanto gustan a los políticos y se decidió por la acción directa, la guerra de guerrilla, con sus fallos y excesos, dicen los kurdos, pero el único que les ha devuelto el orgullo de raza y la esperanza de tener algún día una nación. Durante los años en prisión el gobierno aspiró a que su memoria se borrara pero ahora, con su aparición desde la oscuridad más olvidada y hablando a través de su hermano, Ocalan demuestra que sigue presente aunque esté en una fría mazmorra desde hace más de una década. Y el gobierno, de algún modo, ha demostrado su debilidad porque finalmente ha acudido a su odiado enemigo para evitar que los presos mueran a puñados en las cárceles.

En el belicoso municipio de Cizre, pegado ya a la frontera con Siria e Iraq, una multitud inunda la calle. Las mujeres, como en Gaziantep, ululan y gritan a todo pulmón: Ocalan, Ocalan. Van a celebrar un mitin en apoyo a los huelguistas pero la policía interviene y la ciudad queda, durante horas, envuelta en una molestísima nube de gas pimienta. Las mujeres lloran pero no dejan de gritar: Ocalan, Ocalan. Han sido muchos años de guerra, sobre todo en las aldeas más remotas, años de leyes de emergencia y de desapariciones nocturnas como para que unas bombas de gas les callen la boca. Esta zona, muy alejada de la oficina del BMP de Gaziantep, ha sufrido traslados de pueblos masivos y la persecución sistemática de cualquier reivindicación kurda. Pero, al final, el gobierno ha dejado abierta una posibilidad.

Palo y zanahoria, tal vez, pero la sola mención al uso del kurdo en los tribunales y dejar que la voz de Ocalan salga de la prisión hacia sus seguidores abre la puerta de que el conflicto pueda tener una salida. A Ankara no le queda otro remedio si quiere mantener intacta su aspiración a integrarse, algún día, en la Unión Europa. Pero, al tiempo, ha demostrado que el sanguinario estalinista, Abdullah Ocalan, el hombre que forjó una guerrilla en Siria, la entrenó en el Líbano y la esconde en las montañas del norte de Iraq sigue siendo una amenaza para el estado turco. A pesar de estar aislado en una celda de castigo en una prisión perdida en una isla remota en mitad del mar.

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